Home CUÁNDO FUE QUE... EN LA HISTORIA HACE CUARENTA AÑOS, EL RETORNO DE PERÓN

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CÚANDO FUE QUE...

El editor escribe aquí como testigo y lo hace de memoria sobre el retorno de Perón hace cuarenta años,  luego de 17 años de exilio, incluso  a riesgo de algún corregible error en la agenda de los primeros días.

Por Armando Vidal

El 17 de noviembre fue declarado el Día del Militante, homenaje a la movilización popular ese día de 1972 hacia el aeropuerto de Ezeiza con motivo del

retorno transitorio que, poco después, sería definitivo del general Juan Domingo Perón a la Argentina.

Ese día de lluvia y tensa situación por el desafío que implicaba para la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse la presencia en el país del ilustre enemigo que cerraba así 17 años de exilio, gruesos cordones de soldados y fuerzas de seguridad impidieron que la gente llegase al lugar. Unos 30 mil hombres temerosos, como Lanusse, de un 17 de noviembre de jovenes, no de obreros como el 17 de octubre.

A falta de mejor foto, quedó para la posteridad aquella en la que Perón aparecía bajo el paraguas sostenido con mano y brazo firme por el peronista ortodoxo José Rucci, titular de la CGT, que había declarado un paro general para ese dia. Eran 154 los integrantes de la comitiva que fue a buscar al ex presidente a Madrid y que formó parte de la variopinta comitiva que lo acompañó en el charter de Alitalia. Estuvieron, entre otros, Emilio Mignone, Carlos Mugica, Abel Cachazú, José Sanfilippo, Eduardo L. Duhalde, Rodolfo Ortega Peña, Nilda Garré, Juan Manuel de Anchorena, Leonardo Favio, Roberto Pettinato (padre), Nélida de Miguel, Horacio Farmache, Carlos Menem, Héctor Cámpora y Antonio Cafiero.

Perón llegaba con los ojos abiertos pero en paz sobre un mar de manos que querían abrazarlo y algunos puños que ya habían hecho sentir su locura el 22 de agosto, con la Masacre de Trelew, horas en que la Marina aparecía decidida a todo con tal de detener la irremediable marcha de Perón hacia el poder. Ese mismo 17 noviembre, un grupo de marinos de la ESMA, encabezados por un joven oficial, se sublevó en apoyo del retorno de Perón. Era Julio Urien, hijo de un conocido juez de la época y que el 31 de agosto último declaró en el juicio por aquellos crimenes en base Almirante Zar.

Otros enemigos, además de la Marina y en otras aguas,  trabajaron con más sigilo: caso Brasil que ya tenía desde 1970 un acuerdo con Paraguay para hacer Itaipú sobre la frontera con la Argentina y no tierras adentro de su propio territorio. Con Perón en el gobierno jamás lo hubiera logrado porque hubiera impuesto primero la construcción de una represa de la Argentina con Paraguay, que en 1954 tenía en sus planes, como siempre ha enseñado Héctor Dalmau, ex diputado y especialista en el tema.

Lanusse flotaba, entre debilidades propias y enojos descontrolados como los expuestos en la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas el 7 de julio  de ese año cuando dijo que Perón no venía al país “porque no le daba el cuero”. Y había declarado el estado de sitio. Su ministro del Interior, era el radical Arturo Mor Roig.

Ahí estaba Perón, de pie, vestido con su elegante traje azul oscuro,  querido general de 77 años, a quien el propio Lanusse le había devuelto el rango, lo mismo que el cadáver de Evita, la virgencita laica del pueblo peronista.

El 17 de noviembre de 1972 era un viernes. Un viernes que fue muy largo por las tensiones que generó el régimen que retuvo todo lo que pudo a Perón en el aeropuerto, que condicionó hasta el modo de descender del avión y que pretendió conferirlo en una habitación del Hotel Internacional de Ezeiza, en medio de una gran cobertura internacional de prensa para la época, aprovechada por él para declararse en un momento en calidad de detenido.

Lanusse sabía lo que ello significaba porque las escenas podían seguirse incluso por televisión. Una cosa había sido no ir a recibirlo, como muchos que miraban el espectáculo desde sus casas, y otra muy distinta, salir a rescatarlo.

Un descontrol podía terminar en un desastre.

Por eso, por la tarde, le franquearon el paso y Perón pudo dirigirse a la casa de la calle Gaspar Campos al 1065, en Vicente López –hoy propiedad de la provincia de Buenos Aires-, entonces alquilada, donde constituyó su cuartel general.

En su estadía que se prolongaría hasta diciembre, hubo cuatro días fundamentales que quien escribe, uno de los encargados de la larga cobertura para el diario Clarín frigerista de aquellos tiempos podría resumirlos así:

* Viernes 17, arribo a la casa tipo siete de la tarde, entre jóvenes que esperaban en esa calle, calle larga y cortada en la esquina norte y con la residencia del General mirando hacia el oeste, cerca de la otra esquina. Gaspar Campos es una calle casi sin espalda porque tiene atrás casas que lindan a otra calle (Madero), de modo que, en conjunto, más que una manzana cuadriculada conforman un largo rectángulo.

* Sábado 18, recepción de amigos y visitas partidarias, como una jornada dedicada a conciliábulos y sociabilidad peronista. Perón está acompañado por Isabel y el ya despreciable López Rega. Una de las primeras inquietudes a cargo de Héctor Cámpora era ubicar a Ricardo Balbín, su alterego en la Hora del Pueblo, que reunía a peronistas, radicales y otros partidos menores desde 1970. Cámpora, ese mismo año, había reemplazado como delegado personal de Perón a Daniel Paladino, a quien Perón estaba considerando más delegado de Lanusse que propio en procura de un Gran Acuerdo Nacional que quedaba así desbaratado.

* Domingo 19, bellísima mañana. Perón abre las dos hojas de la ventaja superior de la casa de dos plantas y con un estruendoso “Buenos Días, General” lo saluda un sólido compacto de jóvenes que cubre toda la calle y veredas. El General, mira, saluda, mueve los brazos y cabeza y mira de frente a un pibe que trepó a un palo de luz y está en la horqueta, agitando una bandera argentina y por momentos con sus brazos extendidos para abrazar a quien bien puede ser su abuelo. “Bajate de ahí vos, que te vas a matar”, le pide el General. Y el chico hace caso. Los diarios de ese día dicen que Perón había convodado a dirigentes políticos.

Algo más ocurriría ese domingo. Y sería un hecho histórico dentro de un acontecimiento que ya lo era. Los cronistas no lo sabían pero estaban allí. Aguardabann en un garaje de una casa ubicada en el medio de la cortada de Gaspar Campos. El lugar estaba abierto para ellos por el dueño de casa, con lo que el garaje se transformó en una de sala de periodistas. El cronista que escribe ahora se recuerda caminando esa tarde de sol hacia la calle trasera (Madero) y que vio autos recién llegados en el otro extremo. No sabía de quién se trataba. Era Ricardo Balbín que entraba a una casa para saltar la pared divisoria con la que ocupaba Perón. Una escalera doméstica ayudó al esfuerzo. Lo acompañaban Juan Carlos Pugliese, Luis León y Enrique Vanoli. “Balbín saltó la tapia” fue uno de los títulos periodísticos de la época.

* Lunes 20, reunión multipartidaria en la desaparecida confitería de Nino, en Vicente López.

* Después llegarían -15 de diciembre- los anuncios en el Hotel Crillón, con la decisión justicialista de la fórmula presidencial Héctor J. Cámpora- Vicente Solano Lima en las elecciones del 11 de marzo de 1973.

A esa altura, Perón estaba en Paraguay -escala de su viaje de vuelta a Madrid- donde se proclamaría “General del glorioso ejército paraguayo”. Un desagravio equivalente a la devolución de los trofeos en 1954 por la infamia cometida por Bartolomé Mitre, Pedro II y Venancio Flores, en la oprobiosa guerra de la Santa Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay) contra Francisco Solano López y su noble pueblo.

Cuarenta años, con cuatro días, evocados aquí de memoria, quizás, con alguna alteración en la agenda. Pero no en los hechos.

Actualizado (Viernes, 16 de Noviembre de 2012 16:55)

 
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