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GRANDES DEUDAS - OTRAS

Desde el tiempo de los conquistadores, pasando por el Virreinato, Mayo y los sucesivos gobiernos, la basura fue un constante problema para las autoridades. Una historia que esconde otras basuras como la que quiere Rodriguez Larreta (1).

Por Emiliano Vidal (*)

Desmenuzar sus orígenes con relación a las medidas que se fueron tomando en torno de los desperdicios de cada día son el propósito de esta nota. Una  historia que puede ventilar en parte el presente

En la epopeya de refundar la Ciudad de Buenos Aires, 1580, similar camino al iniciado por su par en exploraciones, Pedro de Mendoza casi cuarenta años atrás, Juan de Garay se topó con un problema tan inesperado como sorprendente: la cantidad de desperdicios que generaba su propio grupo de viaje formado por en su mayoría por marinos e indígenas autóctonos.

Hombre de su tiempo, con el fin de paliar el grado de putrefacción contaminante, el segundo refundador de Buenos Aires dictaminó la construcción de un foso que rodeaba el primitivo fuerte, futura sede de la actual Casa de Gobierno y que pronto se convertiría en una especie de primer vaciadero de basura de la flamante ciudad.

La basura, eterno problema, sigue alcanzando ribetes feroces como el reciente disputado en la ciudad de Quilmes, entre los camiones de Hugo Moyano y el jefe comunal porteño, el metalúrgico Francisco Barba Gutiérrez.

Escasean las investigaciones en torno de este flagelo -que envuelve, como si fuera una bolsa más, la caterva de de problemas nacionales- con excepción de los estudios de Daniel Schávelzon sobre la vida cotidiana de los porteños con relación a los desperdicios.

El crecimiento demográfico y la explosión urbana reflejada en la construcción de edificios como negocio inmobiliario al margen incluso del impacto ambiental, patetiza la falta de previsiones y, por ende, pone en evidencia el agravamiento del problema.

Un largo viaje de fracasos.

El 28 de diciembre de 1803, por disposición del Cabildo, se reglamentó la labor de carros tirados por mulas o caballos que recorrían en cuadrillas de tres el caserío con el primero de ellos portando un cencerro para avisar de su paso.

En las puertas de sus casas Los vecinos debían juntar los residuos en cueros, transformados así en los  primeros tachos de basura.

Una vez terminado su recorrido, los carros iban hasta el Bajo de la Residencia –actuales arterias Paseo Colón y Humberto 1°- para volcar la carga. Comenzarían así los contados días del Corralón de Limpieza de Buenos Aires.

En 1861, las autoridades de la aldea bifurcaron la recolección de residuos en orden de importancia. En primer lugar, había que separar lo que podía ser reciclado (muebles, huesos, trapos, papel) y lo que no servía debía ser quemado para lo cual se usaban parrillas de hierro, sistema creado dos años antes por Domingo Cabello, funcionario de la limpieza.

Pero Buenos Aires siguió siendo todo lo contrario a su nombre: un olor nauseabundo era dueño del centro porteño.

Las constantes quejas obligaron a las autoridades a buscar un sitio alejado y despoblado en el suroeste. Lugares como el Camino de las Cina Cinas (actual avenida Amancio Alcorta), el Paso de Burgos y el Puente Alsina; las estribaciones de los Altos de la Convalecencia (inmediaciones de la actual Vélez Sarfield); el Riachuelo y la actual Av. Sáenz, en el barrio Nueva Pompeya.

Basura, de allá para acá.

Buenos Aires siguió siendo lugar de perros callejeros y ratas. Y ese olor.

* Privatización del servicio

El 1º de julio de 1861, la Comisión de Higiene suscribió un convenio con el empresario Francisco Bellville para que se hiciera cargo de recoger la basura en carros de limpieza. Sería el primer contrato que con el tiempo se transformaría en un gran negocio.

Esa misma basura  se transformó en riqueza, principalmente por el valor de los metales, botellas, vidrios, huesos, trapos, cartón, papel. También para quienes aprovechaban las grasas que se extraían hirviendo huesos y carnes.

El negocio obligó a buscar un mayor espacio, despoblado y apartado del centro porteño. Una oportunidad aprovechada por el comerciante José Gregorio Lezama, quien persuadió a las autoridades de que parte de sus terrenos sean los lugares de tratamiento de los residuos.

Se intensificaba el depósito de basura en los terrenos que hoy conforman los barrios de Parque de los Patricios y Nueva Pompeya.

Laa basura fue un negocio para algunos, pero también un modo de subsistencia para otros. Historia, que es presente.

Numerosas familias fueron poblando esas tierras marginales.

Con el tiempo, esos lugares fueron llmados Pueblo de las ranas y Del cirujeo por la tarea -no exenta de precisión y rapidez- a cargo de mujeres y niños al separar los residuos.

Subsumir la política a la economía nunca fue la mejor idea en pos de una sociedad más igualitaria y pujante. Y menos aún si el sector empresarial se hace cargo de las cuestiones estatales. Historia y presente.

Pero esos primeros patrones de la concesión no solucionaron el problema.

 * Otro sistema

En 1871, el flamante cargo de Inspector General de Limpieza recayó en Ángel Borches, quien comenzaría su tarea aplicando el sistema de hornallas a cielo abierto.

En poco más de tres meses fueron consumidas por el fuego todas las existencias y, además, las que diariamente volcaban los aún en función carros recolectores.

Todo servía para Borches, incluso la ceniza generada, funcional para la nivelación de caminos y terrenos bajos. Así, serían cegados algunos pantanos de La Boca y Barracas. Unas treinta carradas se volcaron en el paseo de Palermo.

El tren basurero Domingo Faustino Sarmiento , que llevaba el nombre del Presidente que promovió, no alcanzaba: debían aprobarse los proyectos que su antecesor, Bartolomé Mitre, no había culminado por haber estado dedicado a la guerra probritánica contra el industrial Paraguay de los Solano López.

Al mismo tiempo que se tomaba la decisión de habilitar el sistema de quema al aire libre en la zona sureña porteña, se resolvió el traslado del matadero del sur, en la confluencia de las actuales avenidas Caseros y Amancio Alcorta, parte de cuyo predio hoy ocupa la plaza España, límite entre los actuales barrios Parque Patricios y Barracas.

 En 1869, el directorio del Ferrocarril del Oeste elevó a consideración del Ministerio de Hacienda de la provincia un presupuesto de 760 mil pesos para realizar las obras necesarias y poner en funcionamiento un sistema más rápido para el tratamiento de la basura.

Los flamantes rieles se desprendían de la línea troncal a la altura de la actual calle Agüero para atravesar en diagonal la manzana de las hoy arterias Bartolomé Mitre y Sánchez de Bustamante, cruzaban luego la larga avenida Rivadavia para tomar Sánchez de Loria hasta Carlos Calvo, donde torcían por Oruro hasta la avenida Chiclana y cerraban recorrido en las orillas del Riachuelo.

Hasta que fuera terminada y aprobada la traza del futuro ramal, transitoriamente los residuos fueron depositados en un terreno perteneciente a la familia Sillitoe comprendido entre las actuales Sánchez de Loria, Rivadavia, Esparza e Hipólito Yrigoyen.

Con el tren de la basura en funcionamiento, el embarcadero mencionado tomó el nombre de Vaciadero, pues era el lugar donde las chatas recolectoras vaciaban su contenido. La Quema era el lugar del fuego y humo.

Vaciadero y Quema quedarían hermanados por el legendario Tren de las Basuras durante casi veinte años, que ni la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871 logró frenar.

Eso pasaría después y no por un decreto del entonces Intendente Municipal, Antonio Crespo del 27 de junio de 1888, ni por las medidas que tomaría su sucesor, Guillermo Cramwell, incluyendo la decisión del 14 de septiembre de 1895 de desactivar para siempre el servicio.

Fue el alto crecimiento urbano y la cantidad de nuevas edificaciones las que terminarían con ese tren.

* En el Centenario

Verano de 1910. En pleno preparativo por los festejo del Centenario de la Revolución de Mayo, se concluyó la construcción de 72 hornos provisionales en el antiguo sitio de la Quema, próximo a la avenida Amancio Alcorta y Zavaleta.

Una década después, fue puesta en marcha la construcción de las Usinas Incineradoras de Chacarita, Flores y Nueva Pompeya, con hornos Baker, inauguradas el 6 de abril de 1926.

El  ingeniero Enrique Espina y Amancio Alcorta (desde 1902, la vieja calle de las Cina Cinas lleva el nombre de ese jurisconsulto porteño que fue diputado, ministro, juez, canciller y director de Colegio Nacional, entre otros cargos) supervisaron las obras que quedarían habilitadas en su totalidad en 1929.

Esas obas compartían el cartel del tratamiento de la basura junto con los flamantes incineradores domiciliarios impuestos a través de una ordenanza en diciembre de 1908.

* Apenas ayer

Para la década de 1970, la ciudad Buenos Aires tenía entre 16.400 y 17.400 incineradores que servían a 1,4 millones de habitantes y que serían prohibidos en diciembre de 1976 por la dictadura cívico/militar junto con las usinas de Flores y de Nueva Pompeya, que poco tiempo después todas fueron demolidas.

El sisema operaba así como bien recuerdan los mayores: se arrojaba la bolsa de basura al incinerador por un conducto especial en cada piso, cercano al ascensor y se procedía al quemado en el mismo edificio, transformados en algo así como chimeneas de fábrica.

En 1977 se reglamentó el uso de las bolsitas de plástico que en los tiempos concordantes a la guerra de Malvinas, se dispuso que fueran depositadas en la vereda de domingos a viernes, después de la hora veinte, sistema parcialmente vigente en la actualidad dada la facilidad que significa dejarlos a cualquier hora en los contenedores de cada esquina.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires el eterno problema de la recolección, transporte y disposición final de los residuos sólidos culminaría en un método de ingeniería sanitaria utilizado hasta la fecha: el relleno sanitario desde la empresa mixta Cinturón Ecológico Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE) integrada por la entonces municipalidad porteña –Ciudad Autónoma desde la reforma constitucional de 1994- y la provincia de Buenos Aires.

El cierre del vaciadero del bajo Flores en 1977, y la creación de este organismo no logró terminar ni con el flagelo de la basura ni con el cirujeo.

* Bienvenidos cartoneros

Los otrora carros empujados con las manos o tirados por caballos, que venían de los tiempos del Virreinato, fueron visualizados mejor tras el estallido de la crisis social, política y económica del  2001, que volvió a arrojar a esas personas al centro de la ciudad,  al mismo lugar del que todas las políticas implementadas durante más de un siglo no pudieron alejarlos siquiera.

La crisis transformó al desocupado en otro sujeto: el cartonero, cuya recolección y reciclaje de residuos posee desde 2002 una protección legal tras la sanción de la ley porteña 992/02 que constituye el Registro Único Obligatorio. Hace una década, además, se sancionó la norma Basura Cero -Ley 1.854- que fuera recién reglamentada en 2007, semanas antes de que el actual jefe comunal capitalino, Mauricio Macri, asumiera el cargo el mismo día que lo hacía Cristina Fernández de Kirchner en la primera magistratura de la República.

Son los hijos de la pobreza, trabajadores fuera del sistema, argentinos y no argentinos argentinizados por el destino, son nuestros hermanos, que algunos no quieren ver y que otros abrazan sin hacerlo para no aumentar sus propias penas, sus propias culpas y sus verguenzas.

En el rico país de los ricos la basura esconde otra basura, la misma que impide que el país rico de los ricos sea de todos.

(1) Esta nota extraída del archivo de Congreso Abierto recobra interés ante el propósito del jefe porteño Horacio Rodriguez Larreta, destacado exponente de la gestión macrista, de volver a los años setenta para quemar la basura en incinadores domiciliarios, pese a la gran contaminación ambiental que habrá de generar.

(*) Abogado y periodista. Conductor del programa De acá para allá, viernes 22 a 23, Radio Gráfica. FM 89.3 www.radiografica.org.ar

Bibliografía utilizada: Aproximaciones a la Historia del Cirujeo en la Ciudad de Buenos Aires, de Verónica Paiva y Mariano Perelman, 2008; Basura, roña y otras fetideces en Todo es Historia, N° 87, 1999, de Ángel Prignano. Una guerra de cuatro siglos: La lucha de Buenos Aires por deshacerse de sus basuras”por Ángel O. Prignano 2010 .

Actualizado (Viernes, 27 de Abril de 2018 11:55)

 
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