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GRANDES DEUDAS - ÉTICA PÚBLICA

En un pueblito fronterizo misionero, el ex maestro y ex diputado nacional cuenta el comienzo en 1983 de una historia, esta historia de empresarios en el gobierno y de políticos afuera. Pero no todo se compra.

Por Héctor Dalmau

Cuando llueve,  puede que el lugareño misionero piense... ¡hoy Dios no quiere que trabaje" y siga durmiendo. En esos días, mis alumnos no venían a la escuela, ni siquiera, pobrecitos, traidos por el hambre.

Como decimos allá,  ni estaba por levantarme, mientras mi estómago me lo permitiera. Salvo que fuera un día de elecciones.

 Y aquel domingo treinta de octubre de 1983, justamente lo era. Y no una elección cualquiera, sino la elección, que alumbraría una nueva democracia, parto que para quien escribe, por esas cosas inescrutables de los designios de Dios, lo había trasnformado en candidato  a diputado de la Nación, por el Frente Justicialista de Liberación Nacional (FREJUI).

No era, por lo tanto, un día para remolonear, por lo cual desde las primeras horas estaba recorriento las picadas, con mi Chevrolet, modelo 1977, con sus ruedas envueltas con las usuales cadenas que, obligatoriamente, debía colocar para no quedar arrumbado en alguna cuneta de los caminos terrados y ondulados de Campo Ramón, convertidos por esa lluvia de Luna nueva en una especie de hielo colorado.

Si es como dicen muchos, que los políticos merecemos el castigo divino, sin excepciones, tener que salir a buscar gente en esas condiciones, en medio de selvas,  yerbales, teales y todos los ales, que se les ocurra, creo que de alguna manera comenzamos pagando a cuenta de mayor cantidad.

Narrar en detalles lo que es para un político el día de una elección, en la que el votante al que muchos por años tratan como lo que son, esclavos del poder, y que ese día, y sólo por ese día, se transforma en el esclavizador de su opresor y, encima con lluvia, no creo que sea posible ni siquiera para grandes narardores.

Así las cosas, con la tremenda desventaja de que nuestros viejos camiones no podían transitar, mientras que de todas las picadas brotaban como sarpullido las camionetas, y camiones medianos livianos cero kilómetro de los radicales.

Sin duda, una realidad para demoler cualquier espíritu guerrero. Imposible para nosotros realizar todo lo planificado. La situación pintaba muy mal.

Había que llegar a la hora del recuento de votos, a las seis de la tarde,  luego de haber peleado contra las circunstancias adversas, mojados hasta los huesos,  con un chori galleta como sustento, y devolviendo a sus viviendas a los compañeros, vecinos y amigos.

Que siempre creyeron en Don Yiquito, para decirlo con la musicalidad de la pronunciación con que lo dicen, desde el primer día como maestro de la escuela rural levantada con la manos de todos casi veinticino años atras.

Ponían en la urna la boleta que encabezaba como candidato a presidente de la Nación a Italo Argentino Luder; a Julio C. Humada como gobernador; a Nestor Correa, mi mano derecha, como intendente de Campo Ramón, y a mí entre los candidatos peronistas a diputados nacional, en mi caso en el tercer lugar.

Todos mis compañeros en acción ese día estuvieron en sus puestos de trabajo, bajo la coordinación de La Lorita (1), en tanto que en mi caso elegí estar en la escuela donde votaban los apellidos  después de la "p". Es decir, la de los extranjeros, todos patrones, que no le perdonaron nunca a  Perón el estatuto del peón rural, el aguinaldo, los Derechos del Trabajador.

Esa tarea era la única preocupante en los actos eleccionarios, ya que si en esas mesas perdíamos por pocos votos, ya festejábamos, porque era seguro que en las que votaban los Peréz, Gómez, Gonzales, Pereyra, Da Cunha, Dalmau etc., o sea el primer escalón de esa sociedad,  nos poníamos a cantar La Marchita. Y así fue.

Ni bien cerramos las mesas difíciles, le pedí a mi hijo de 18 años que fuera hasta Oberá, a 12 kilómetros, para ver cómo salimos en la provincia y el país, ya que en nuestro pueblo no se escuchaba ninguna radio.

Estábamos organizando los los festejos cuando volvieron los emisarios.

Con el rostro demudado, mi hijo me dice:

- Papá, estamos perdiendo hasta en Avellaneda.

- ¿ Y en la provincia, también?

- Sí papá, también.

Lo dijo  mordiéndose para no llorar.

- No te preocupes, ya vamos a repuntar, siempre dan los datos de los lugares cercanos al centro de cómputos.

Con esa esperanza, volvimos a casa, y sin comer, ni sentir hambre, pasamos la noche escuchando radios brasileñas (las únicas que se escuchaban), esperando el milagro que  no se produjo. Me dormí, sin saber que me había transformado en diputado nacional electo.

Otros estuvieron más atentos.

Unos golpes a la puerta, nos despertaron. Mi señora abrió la puerta y entró uno de los dos más poderosos industriales de la yerba y el té, de la República. Repito: de todo el país.

Entró sin saludar a quien le abriera la puerta y estiró los brazos para abrazarme al tiempo que expresaba:

-  ¡Vengo a felicitar a nuestro diputado nacional!

Los ojos de mi esposa, que había quedado detrás del visitante, y por ende frente a mí, se abrieron tanto de sorpresa como de alarma para y por mi reacción.

- ¿Cómo, es eso, de "nuestro" diputado?-, inquerí, sin sonrisa alguna.

- ¡Siii... desde este momento usted es nuestro diputado !

- Perdone señor, pero no había tenido en cuenta de que desde ayer soy el diputado nacional de treinta y ocho millones de ciudadanos.

- Usted. no me entiendó, que no es lo mismo ser un diputado más, que un diputado nuestro...

- Sí que le entiendo, pero pudiendo ser empleado de millones ,¿por qué voy a ser empleados de unos pocos?

- ¿Usted se da cuenta de lo que rechaza?

- Yo no rechazo nada. Simplemente, que no me había dado cuenta que tengo tantos jefes a quienes obedecer…

No respondió, pegó media vuelta y salió dando un portazo.

Esa visita y esa propuesta, fue la primera lección de mi carrera de diputado nacional, que duró ocho años.

Actualizado (Domingo, 10 de Diciembre de 2017 05:43)

 
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