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REPORTAJES y ARTÍCULOS ESPECIALES

Los relatos de Chiquito Dalmau, peronista, ex diputado nacional, maestro siempre, no son cuento. Son parte de una historia política llena de vida, con sus personajes y filosofías. Como la que aquí se ofrece (1).

Por Héctor Dalmau

Mamá, la primera peronista de la familia, siempre refunfuñaba: “Si hay cosa que odio es a los autos” . Y cuando le preguntaban  por qué decía: "porque peronista que se compra auto se vuelve radical".

Esta apreciación tuvo plena vigencia cuando los oprimidos pudieron comprar sus autos, gracias a un gobierno que se los puso al alcance de sus sueldos en cuotas mensuales, que al año y medio pagaban gracias a la inflación, a la par que podían llenar el tanque sin tener que apelar a un crédito usurario.

Tiempos cercanos  en los que muchos hicieron lo que repudiaba mamá porque, después, votaron a Macri

Por allí, en mis andares por diferentes congresos, aprendí (sin poder confirmarlo) que el ser humano tiene la misma cantidad de neuronas que el Pitecántropus Erectus, considerado el eslabón perdido entre el hombre y  un simio que aprendió a caminar en dos patas, para que, pienso teniendo presente a los afiliados del Pro, no se le ensuciaran las uñas y pudieran rasguñar mejor.

Eso de tener la misma cantidad de neuronas debe estar vinculado al mismo tiempo con las conductas para que funcionen de la misma manera sea en París, Washington, Madagascar o Campo Ramón.

En un relato anterior en Congreso Abierto, titulado “Los pobres siempre viven del otro lado” la protagonista era la compañera Catalinita, tambén llamada Ernestina Florencia Da Silveira de Souza, simplificando Cata, a quien en mi campaña electoral en 1973  para intendente municipal le había prometido hacerle una casita.

Una casita que reemplazara la tapera en la que vivía, del otro lado del arroyo, todo un problema que le dificultaba cruzarlo cargada como las mulas del contrabandista al ir y volver del pueblo, que por su lado lleva el nombre de un tal  Ramón, dueño de esos campos y/o ocupante furtivo, en los tiempos en que Misiones era Territorio Nacional,  allá por los años treinta del siglo de las dos equis mayúsculas.

Pude cumplir con ella, con sus gallinas, pavos, chanchos y sus indolentes perros, al hacerle una casita “de este lado del arroyo” y gracias a los planes de extensión cultural, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), cuyos docentes la visitaban dos veces por mes, y la ayudaran a crear una pequeña, pero organizada granja,  se transformó en una productora autosustentable que comercialiba lo que producía.

Así, Cata, a secas, pasó a ser Doña Cata, lo cual en aquellos pagos no es poco.

Pasó el tiempo y pasaron cosas. Una de ellas fue el caso de Juan, otro cuento real, el primer cuento publicado en esta saga, al que ungimos concejal en 1973 y, diez años después, intendente de Campo Ramón. ¿Qué hizo?. Se pasó al bando del oficialismo del PJ misionero con el que nunca hemos comulgado ni comulgo.

Diputado nacional en 1983, en la elección para gobernador de Misiones de 1987, donde estaba abrochada mi reelección para otro mandato, fui a verla a Cata, con la seguridad de que  nos apoyaría otra vez junto con los compañeros que ella conducía en su calidad de ser veterana jefa de una numerosa familia desperdigada por todo el municipio.

Llegamos en auto por el camino que también le habíamos construido  y nos recibió con toda la amabilidad de siempre. Nos hizo pasar a su casita, a la que mantenía pulcramente, y así mateando y hablando porque desde 1976, con la dictadura, muy pocas veces nos habíamos encontrado, ya que ella se dedicaba a su granja, y yo dividía mis tareas entre dirigir la escuela, resistir a los milicos  y manejar mi viejo camión  Chevrolet Canadá Guerrero, modelo 1942, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial,

Así mate va y recuerdo viene,  llegaron por mi parte las palabras de ablande, propias de los políticos, como felicitarla por la linda casa; por estar del otro lado del arroyo; por lo bien organizada que tenía su granjita; y sobre la renta que a ella le dejaba, en fin, era como que yo jugaba de local y con el réferi a favor,  porque todo eso lo había conseguido con mi apoyo.

Tamaña sorpresa me llevé con Doña Cata.

Con la simpleza que tienen los pobres cuando se deciden a poner los puntos sobre la íes, me dice: 

- Mire don Chiquito, yo y todos los míos que usted sabe que somos muchos, vamos a votar radical.

Seguramente al ver mi cara, se apresuró al decir:

- Yo a usted y a los compañeros de Campo Ramón los voy a apoyar y hacer votar, hasta que me muera, pero a gobernador voy a votar radical ….

- Pero por qué compañera va a votar a los radicales, ¿la han ayudado mucho…?

- ¡Qué va! Si esos se roban todo y nunca vinieron a mi casa, ni me invitaron a una reunión como usted, siempre hizo.

- ¿Y entonces...?

- Le voy a explicar, usted se acuerda de fulano, mengano y perengano, antes de la elecciones del 83?

- Sí, claro.

- ¿Se acuerda de que andaban  tiriqueando (en relación a los Yaguá Tirica de las selvas, especie de perro salvaje,  generalmente flacos), y eran más pobres que usted, que era el director de la escuela?

-Si…

- Bueno,  ahora son todos ricos, con autos lindos, no como ese galambeque suyo (cachivache).

- ...

- No la cosa es muy clara, don Chiquito, así de flacos, como andaban los radicales hasta 1983, anda hoy la compañerada y si ganan van a ser como los "ñande gente" (así se autodenominaban los radicales). Y harán lo mismo: se comerán todo. Pero quédese tranquilo, don Chiquito; a usted lo vamos a reelegir diputado y a éste que nos puso lo vamos a elegir intendente, pero entienda: yo ya engordé muchos chanchos y no quiero tener que engordar otros. 

Doña Cata no se había comprado un auto. Manejaba otra manera de pesar.

Chupate el dedo, Chiquito, me dije en silencio, la saludé con el cariño de siempre y me fui.

(1) El 22 de abril, Chiquito Dalmau cumplió 80 años que festejó en Oberá, Misiones, con una fiesta inolvidable, con casi 150 invitados, dos de ellos sus amigos de Buenos Aires. Uno, el editor que falló con aviso y lamentará sin consuelo no haber estado. Pero el otro estuvo: es el canillita que hace 60 años atiende su kiosco en la Av. Corrientes 3960 y le lleva el diario todos los días. Los periodistas fallan, los canillitas nunca. ¡Feliz cumpleaños querido Chiquito! 

Actualizado (Viernes, 27 de Abril de 2018 12:46)

 
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