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GRANDES DEUDAS - DEUDA EXTERNA

Se acelera la necesidad de acordar entre quienes comparten que toda división de la sociedad facilita la tarea colonizadora del enemigo. Acordar entre los políticos y sectores representativos. La deuda externa impuesta por el PEN al pueblo como soga del ahorcado, no impide el  gran cometido.

Por Emiliano Vidal

En la Argentina y en América latina hay una lucha en las calles contra los intereses neoliberales y sus gobiernos que aniquilan el papel del Estado como promotor del pleno empleo, la capacidad de consumo y el desarrollo de la producción. Devaluadas, mueren las industrias locales.

Esa lucha es la que transcurre entre nosotros, lo cual parece obvio consignar si no fuera porque un sector todavía importante de la población no se dio cuenta, otro lo niega y un tercero lo celebra porque favorece a sus intereses.  Como eso no está en la lógica del macrismo, nada reflejó el gobierno ante el marco del G-20, que transformó a Buenos Aires en un escenario para ajenos.

 “Hay una dialéctica entre la producción y el consumo de la que el liberalismo y el neo abominarán siempre. Es, sin embargo, sencilla y notoriamente razonable: lo que requiere una industria productora es un mercado consumidor y lo que requiere un mercado consumidor es una industria productora”, dice el filósofo José Pablo Feinmann.

El Presupuesto para el año electoral que se avecina -la batalla perdida por el proteccionismo-, dispuesto por el FMI y votado a favor en el Congreso por prácticamente los mismos que aprobaron el acuerdo con los fondos buitre,  incluye esta dicotomía.

Hernán Brienza, escritor conocido por sus enfoques en asuntos y personajes de nuestra historia, asegura que la devaluación y la inflación son acciones de origen político y no económico porque atacan al sistema democrático por dos frentes.

En primer lugar, porque se intenta quebrar la confianza de la sociedad en los políticos y generar un rechazo al estilo del  “que se vayan todos”.

En segundo lugar, porque se apunta a terminar con la ley del voto universal, secreto y obligatorio, aprobada en 1912 y la primera víctima de todas las dictaduras, así como enterrar toda muestra del orgullo nacional, fundamental para enfrentar las decisiones de todo imperio.

Cuando la casa de la democracia aprueba un Presupuesto para toda la Nación (el Parlamento es el único poder de la República que integran oficialistas y opositores) es porque se atiene a la necesidad de mejorar el perfil productivo de la Nación, asentar las exportaciones, avanzar hacia una equidad tributaria, asegurar la eficiencia de la inversión, controlar el gasto público y expandir la economía.

No hacerlo es hacer lo contrario y más como en este Presupuesto que estruja, asfixia y condena al hambre y a la muerte por imposición del FMI. Sus recortes sólo apuntan a que el Estado argentino pague los intereses de la deuda externa, deuda que incrementó este mismo gobierno en niveles tres veces superior a los siete años de la dictadura. La deuda opera aquí como la soga del ahorcado.

Votado por varios legisladores peronistas pese al repudio en las calles, este Presupuesto es el documento oficial de la dependencia. 

Es evidente que el grado de extranjerización de la Argentina es elevado y se profundiza la onda de los noventa de las privatizaciones, a lo cual colabora una burguesía acomodada que Aldo Ferrer identificaba como “ausencia de densidad nacional” porque nunca llegó a conformar una estructura económica autenticamente propia.

 “Muchos empresarios ven a la empresa como unidad absolutamente independiente, no ven un tejido social alrededor de la empresa, no hay trabajadores. No existe una conciencia clara de la trascendencia de la empresa como grupo económico inserto en una sociedad. Eso es un gran problema”, sintetizaba Ferrer.

Los procesos y proyectos de un país son de larga data, años, requieren mucho tiempo, lo cual acentúa la necesidad de avanzar hacia un gran acuerdo nacional entre las representaciones políticas, empresariales y sindicales. Fue el sueño de Juan D. Perón, expuesto ante la asamblea legislativa del 1° de mayo de 1974.

¿Deben los sindicatos ser meros gestores intermediarios de convenios y servicios, aceptando, sin cambios, la sociedad capitalista actual, como ocurre en Estados Unidos, siendo que en la Argentina están desapareciendo las empresas que son la razón de sus propias existencias?

¿Debe el Estado, que es la suma de la riqueza de un país, más un pueblo que ocupa un territorio propio, más una historia común y un apellido compartido de norte a sur y de este a oeste, entregar su destino a un gobierno transitorio?

 ¿O deben los poderes y actores políticos, sindicales y empresariales -incluyendo a los medios de comunicación de capitales nacionales-  elaborar un compromiso programático para unir esfuerzos en salvaguarda del país que sigue en deuda con quienes han dado la vida por él?

Las políticas de austeridad matan.

Despedir masivamente empleados públicos, reducirles los sueldos, bajar las inversiones en salud y educación, privatizar los servicios públicos, profundizan la crisis.

El pensador Bernardo Kliksberg remarca que fue el Estado el que impidió que la economía de los Estados Unidos pasara de la recesión a la depresión en la gran crisis de una década pasada. Lo mismo sucedió allá en los años treinta.

En la Argentina, durante los gobiernos anteriores al macrismo, programas públicos masivos han mejorado los derechos sociales, con la mayor excelencia gerencial y eficiencia. 

“Un Estado débil, pasivo y sin recursos es ideal para que el uno por ciento más rico siga ampliando sus fuentes de ingresos principales, como la especulación financiera, los monopolios, los salarios ínfimos y la elusión fiscal”, decía el pensador Ernesto Laclau, fallecido hace cuatro años.

Remodelar la democracia de concepción liberal decimonónica para incorporar institucionalmente una democracia popular captadora de movimientos del estilo del varguismo y del lulismo en Brasil, del primer aprismo en Perú, del ibañismo en Chile y del peronismo en la Argentina, es parte de un cometido que se aproxima. Las experiencias vigentes  del chavismo en Venezuela y de Evo Morales en Bolivia -primer presidente representativo de su pueblo-, son parte de ese futuro.

La irrupción reciente de regímenes retrógrados alineados con los peores intereses de los Estados Unidos no frenan los cambios, más bien los estimulan. Razón, en consecuencia, de la necesidad de no dividir la sociedad sino de integrarla, fortalecerla con todas sus diferencias, porque el enemigo aplasta sin miramientos ni distinciones.

 

 

Actualizado (Martes, 04 de Diciembre de 2018 14:39)

 
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