RÍO URUGUAY, EL DE LA VIDA QUE YA DEJÓ DE SER

Un viaje de un niño en las aguas de la vida, que fueron del río Uruguay y ya no son. Viaje de quien sería custodio del medio ambiente del PEN. Y también un viaje sobre los serios problemas de ese curso de agua estaqueado por las represas existentes y las que están en camino como las muchas más de Brasil que no quiere controles de ninguna naturaleza.
Por Héctor H. Dalmau (*)
Mamá preparaba a sus cinco hijos para entregarlos limpitos y almidonados a papá cuando, en aquellas mañanas de sábado, los llevaba al puerto, de la Concordia natal. El sólo hecho de llegar, de ver sus instalaciones y la costa uruguaya con sus cerros, así como las playas y las aguas azules, representaban a mis siete u ocho años un cuadro de bellezas que jamás podría olvidar.
Recorrer las ocho cuadras que separaban a nuestra casa del puerto, hacía que con cada paso palpitaran más rápidamente nuestros corazones. Es que en ese puerto íbamos a encontrarnos con el vapor de pasajeros que recorriendo el río Uruguay unía nuestra ciudad con Concepción del Uruguay y Buenos Aires.
Y lo que realmente nos fascinaba era que veríamos acuatizar al hidroavión, que luego de las maniobras de descarga y carga de pasajeros, volvía a despegar, con las aguas divididas que se elevaban a sus costados hasta casi taparlo, carrera excitante por el rugir ensordecedor de los motores que era mayor en el despegue. Realmente, espectacular.
Eran días mágicos, y tan fuerte la impresión que producían que durante la semana jugábamos entre los hermanos a adivinar que vapor y/o “ paquete “, como lo llamaba mi papá, iba a aparecer. A mi me gustaba el “Washington”, con sus enormes ruedas de paletas laterales y sus enormes chimeneas de la cual salían bocanadas de humo negro. Cada uno de mis hermanos tenía su preferencia, como ser el “Washington”, “Artigas” , “Ciudad de Buenos Aires”, “Ciudad de Asunción”, etc.
Todos los días discutíamos sobre cual era el más lindo, seguros de que jamás podríamos viajar en ellos dado que los costos de sus pasajes eran prohibitivos para la familia de un ferroviario. Mañanas inolvidables, a lo que se le sumaba la visita al hermoso balneario por la tarde para gozar de las aguas y aprender a nadar en ese curso que un poeta uruguayo ( Sampayo) denominara “ Un cielo azul que viaja “ y otro misionero ( Ramón Ayala ) lo comparara con una serpenteante Curiyú.
Pero la vida - que tiene sus cosas-, nos sorprendió un día con la novedad de que utilizando los pasajes con camarote gratis en el ferrocarril ya nacionalizado podíamos viajar en esos barcos a la ciudad de Buenos Aires. El servicio se iniciaba en Posadas y luego de parar en todas las estaciones mesopotámicas, llegaba a Concepción del Uruguay, en cuyo puerto transfería pasajeros y cargas a uno de esos vapores que tanto admirábamos y que creíamos que nunca íbamos a poder gozar.
Imborrable experiencia, comer de noche en su más que elegante restaurante, para lo cual papá nos había preparado dibujando previamente una mesa con sus platos diferentes, cubiertos y tipos de vasos y copas, sin dejar de lado las servilletas. Y sin olvidarse de enseñarnos como comportarnos cuando quien nos atendiera nos ofreciera una especie de compotera de plata para que allí, en la misma mesa, nos laváramos las manos.
Papá denominó a esa especie de ceremonia como “ Agua Manil”. Antes de zarpar dado que el trasbordo del tren al vapor era muy lento, papá se dedicó a que repasemos todo lo que nos había enseñado, remarcándonos que al igual que en casa debíamos limpiarnos los labios antes de beber y nunca apoyar los codos en la mesa. El viaje nocturno no ofrecía nada más interesante pero al amanecer cuando el “Artigas” se introdujo en la zona de confluencia con el Paraná, el barco comenzó a moverse de tal forma que nos dio miedo.
Esta situación mejoró mucho cuando mi padre nos mostró la isla Martín García y nos dijo que ya estábamos en el Río de la Plata y que pronto llegaríamos a destino. Ël quería que viésemos la aparición de la ciudad de Buenos Aires que, según decía, brotaba de golpe de las aguas del río color de león. Y así fue, apoyados en la baranda ubicada en la toldilla mirando hacia la proa del buque apreciamos por primera vez la redondez de la tierra, y cómo en ese límite que formaban las aguas y el cielo llamado horizonte, sorpresivamente, comenzaron a aparecer desde el corazón del agua los rascacielos de esta maravillosa ciudad.
Ese inolvidable viaje marcó en mí una pasión por el río Uruguay, de tal manera que al conocer Salto Grande –donde luego se construiría la represa- creí que nada en el mundo superaría semejante belleza, Claro no había conocido todavía las Cataratas del Iguazú.
* Cuando los ríos eran libres
Por eso es que hoy en mis nerviosos desvelos afloran los recuerdos de aquellos tiempos en los que nuestros ríos, especialmente nuestro Uruguay, para los que nacimos a su orilla, discurrían libres de represas, o sea libres también de contaminaciones por agrotóxicos y efluentes industriales.
Era cuando los caudales de sus aguas los proveía la naturaleza ya que, hace tan solo 60 años, las selvas eran las productoras de las evaporaciones necesarias para mantener el ciclo del agua, intacta en sus nacientes y recorrido ya que no faltaban lluvias.
Hoy el mal llamado progreso se llevó los vapores y a los hidroaviones y está matando a esta maravilla de la naturaleza –lo mismo que en la cuencaplatina- con las temidas represas que aumentan el efecto invernadero con focales cambios climáticos, aparte de promover la multiplicación de los vectores de muy duras enfermedades erradicadas en el pasado por la acción de honorables médicos, como el doctor Ramón Carrillo.
Algo más grave aún: cinco son las represas que regulan y retienen las aguas desde sus nacientes pero la planificación de diecisiete diques más, sumados a la falta de lluvias por la desaparición de las selvas, marcan la inexorable pérdida de caudales de todos nuestros ríos condenados a perder la operabilidad de sus puertos y la distribución de sus aguas para la potabilización y distribución a las ciudades que hasta hoy atienden esos servicios.
Estas obras rompen los equilibrios en el esquema hídrico de la región no proveyendo sus aguas al Río de la Plata, puerta de entrada y salida de nuestra producción. Buenos Aires ni siquiera mira la irremediable pérdida de sus intereses como ya se está reflejando con sus lechos sin agua.
Alcanza con visitar la isla de Martín García a la que no dentro de no mucho se llegará caminando desde Uruguay. Si en estos momentos notamos ingentes pérdidas de caudales en el río Uruguay, por la retención que realizan tan solo cinco represas, ¿qué ocurrirá cuando estén colmatadas a pleno las ventidos sobre lo que fuera el “Río de los Pájaros”.
¿No será el momento en que nuestros diplomáticos y legisladores pongan sus ojos sobre la desactualización de los tratados del Río de la Plata , así como también del Uruguay? ¿Acaso Brasil, país de aguas arriba que controla ambos cursos, puede quedar al margen de los acuerdos que defiendan los cursos? ¿Acaso no gravita el tratado firmado por tres dictadores ( Videla , Stroessner y Garrastazú Medicci.) por Corpus e Itaipú que habilita a Brasil a casi secar el Río Paraná como lo hace por momentos con las Cataratas del río Iguazú por la retención de cinco represas? ¿Se puede dejar de acordar y reglar el manejo del Río Paraguay y sus afluentes como el Bermejo, el Pilcomayo, además del Iguazú, para asegurarnos que no se termine la producción de aguas pluviales en sus altas cuencas? ¿Cómo lograr sino la recepción de volúmenes similares a los que bajaban antes de esas nefastas construcciones?.
Qué lejos quedaron aquellas aguas profundas y ese puerto al que una vez, allá por 1946, papá nos llevara ya no para admirar los vapores y los hidroaviones, sino para apreciar un pequeño barquito, casi un yate, que se llamaba “Tecuara” desde cuya cubierta un apuesto señor nos sonreía y una hermosa mujer rubia nos tiraba besos. Eran Perón y Evita llevados por las aguas del río de nuestros sueños.
“Cuando la Patria está en peligro todo es lícito; menos dejarla perecer”, nos enseñó el padre de la Patria, don José de San Martín, nacido en las riberas de ese río. No es con guerras que se triunfa sino con decisiones inteligentes de sus gobernantes. El Bicentenario debe ser la adaptación de ese llamado de “argentinos, a las cosas” de Ortega y Gasset para que por fin construyan su futuro y no mueran por la inacción y estupidez del presente.
Foto: Vapor "Washington" y a lo lejos la costa uruguaya.
Nota: Este texto fue hecho llegar a la embajada del Uruguay para ser entregado al presidente de la República hermana con motivo de su visita del 28 de junio de 2010 en la que se firmaron con la presidente argentina Cristina Kirchner acuerdos de monitoreo sobre las aguas de ese río.
(*) Ex diputado nacional y subsecretario de Recursos Naturales y Medio Ambiente de la Nación. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Actualizado (Miércoles, 18 de Agosto de 2010 15:14)







