PostHeaderIcon ABORTO, LA MUERTE, LA LEY, DEBATE Y CONDENA

GRANDES DEBATES - OTROS

La fuerza de la experiencia, de la realidad que nos sumerge en la muerte con los abortos clandestinos, golpea en todas las conciencias. Aquí, un ejemplo concreto. Al final, la opinión del editor en el serio dilema.

Por Alberto Ferrari Etcheberry

Hace muchos años, estudiante de abogacía en la UBA, mi profesor de Derecho Penal, el Dr Mario H. Pena.  en ese curso de promoción,  buscaba hacernos pensar para que no nos perdiéramos en abstracciones.

Católico, diría que conservador, al igual que sus colegas Laplaza y Aguirre Obarrio, nos hizo conocer los casos de su experiencia como juez de Menores, su realidad cotidiana.

A veces las disyuntivas de un juez son dramáticas, nos explicaba y un día ejemplificó:

Una chica provinciana (de provincia pobre) había sido traída a Buenos Aires por una familia como servicio doméstico, sirvienta era la expresión habitual en ese entonces. No conocía a nadie, menos aún la ciudad. El hijo de la familia se le metió en la cama y ella quedó embarazada. La chica se fajaba para que no se notara y finalmente el bebé nació cuando ella estaba sentada en el inodoro. Ella cortó el cordón umbilical y lo ahogó. Así fue como se conoció la situación. Clarísimo: Cadena perpetua. Pero yo no podía condenarla y recurrí al delito de infanticidio.

Nosotros sabíamos que era esa figura delictiva de infanticidio (derogada desde hace unos cuantos años). Nada que ver con lo que parece surgir del término: por el contrario, un caso muy atemperado del homicidio simple con una sanción mucho menor, ni qué hablar de la cadena perpetua. Se trata del recién nacido a quien la madre mata estando ella en estado de locura puerperal y para salvar su honor.

Estaba claro: una figura para señoras de las clases altas. Ninguna de esas condiciones, obviamente, estaban presentes en el caso pero “yo me veía obligado a forzar la ley penal y salvar la vida de esa niña, en realidad una víctima, evitando la cadena perpetua. Difícil, muy difícil, pero para mí, inevitable”.

Así concluía su relato el profesor católico, conservador, juez de Menores y luego ascendido a camarista durante el proceso militar del terrorismo de estado.

Ninguno de nuestro curso podía criticarlo. Seguramente muchos conocíamos episodios similares de sirvientitas con el nene de la casa.

Al año siguiente el Dr. Pena nos llevó a conocer los Institutos de detención de menores, de niñas y de niños, porque, nos decía, los que estudian derecho tienen que conocer la realidad que cotidianamente no se ve. Hoy, no lo dudo, la muy buena calidad de esos institutos sería impensable, del mismo modo que innecesarias las visitas: los menores abandonados están en todos los barrios y a la vista en este país de 30 ó 35 por ciento de pobres y de innumerables villas miseria.

Yo entonces comencé a colaborar en el Departamento de Extensión Universitaria de la UBA que trabajaba en la villa de la Isla Maciel. La Isla ya no era el lugar de turismo, similar al Tigre, que supo usar el presidente Alvear, alojándose en un imponente caserón de madera que entonces todavía existía y yo visité.

Lo concreto es que yo conocí bien a la villa de Isla Maciel. He comido y he dormido en alguna de esas casillas construidas a la vera de las vías del tren. Hace unos años, el entonces ministro de Cultura de la Nación del presidente Kirchner, Torcuato Di Tella ( quien seguramente también había conocido la villa de la Isla Maciel colaborando en Extensión Universitaria) fue con su hija y una amiga norteamericana de ella, en su auto oficial, a visitarla, me imagino que recordando y ejemplificando viejos tiempos.

Salieron sin el auto y todos en paños menores.

Era otro país y tal vez por eso Torcuato prefirió pasar a ser embajador en Italia.

Dejé de ver al Dr. Mario Pena cuando en 1976 fui obligado a exiliarme con mi familia. En 1982, ya vuelto, primero la reacción por la trágica aventura de Malvinas y luego mi colaboración con Raúl Alfonsín me hicieron creer que había una probabilidad concreta de volver a ese país de “mi” Isla Maciel .

Hoy recuerdo al Dr. Mario Pena a propósito del supuesto debate sobre la despenalización del aborto, el dramático y a veces trágico momento que para los millones de mujeres pobres supone una situación similar a la de aquella sirvientita.

Se habla de miles abortos por año. Una enormidad. Pero ¿cuántos juicios y cuántas condenas? No lo sé; aseguran que pocos. Si así fuera, ¿acaso es porque existen médicos o jueces sensatos que de alguna manera se comportan como el Dr. Pena? ¿O es el efecto de la hipocresía, enlazada con cinismo, tan habitual en “la clase dirigente”, hoy dedicada a soslayar la realidad de la vida concreta de millones de mujeres, discutiendo cuando comienza la vida.

Lo único cierto es que lo más probable es que las niñas, las jóvenes y las mujeres pobres seguirán sufriendo su calvario como lo sufrió la sirvientita del relato del Dr. Mario Pena. (Este texto lo escribí el 28.02.18, esto es, antes del 8M, la imponente manifestación del 8 de marzo y antes también de la exhortación del presidente Macri a tratar legislativamente la despenalización del aborto.

Confieso que no esperaba ninguna de esas dos situaciones y que ambas pusieron una cuota de optimismo en mi ánimo como también un profundo desagrado respecto de la opinión de quienes reducían la conducta de Macri a un intento de cambiar la agenda pública para ocultar los aspectos negativos de la realidad y de su gobierno: hechos son hechos y nunca antes la cuestión del aborto había recibido ese respaldo.

Puede ser, espero, que la sirvientita esté camino a ser considerada un ser humano.

Titulo: Aborto, un recuerdo pertinente.


DEBATE SOBRE LA MUERTE

Hay algo que se interpone, me bloquea e inhibe: y es la concepción del derecho legal a matar, porque contradice lo que siento, que es más fuerte que lo que pienso. Estoy contra la pena de muerte. El reclamo de la despenalización del aborto se inserta en un país empobrecido por decisión de sus autoridades. ¿Cómo harán los hospitales públicos abandonados si los supera el sinnúmero de necesidades que afrontan desde hace tiempo como pueden?. Dar licencia para matar es matar por decisión del Estado. Es un dilema extremo porque la muerte clandestina reina hoy en la pobreza y también en la no pobreza. Aun así prefiero apoyar la vida en tiempos de muerte con auspicio del gobierno.

Armando Vidal,  editor

Actualizado (Sábado, 24 de Marzo de 2018 13:48)