PostHeaderIcon RECREO DE MAESTRO EN TIEMPOS DIFÍCILES

GRANDES DEUDAS - EDUCACIÓN

Empeñados en seguir disfrutando de los recuerdos de Don Chiquito -el autor, ex diputado-, en sus veinticinco años como director de una escuela rural en Misiones, va aquí el retrato de La Lorita. Una evocación real y risueña dedicada a todos los maestros en lucha por la educación.

Por Héctor Dalmau

Hay situaciones que obligan a enfrentar necesidades con acciones impensadas por los planificadores urbanos. Y menos en plena selva. Este es el caso. Fue a poco de comenzar como director de la escuela selvática que me enseñó a creerme hombre apenas pasada la adolescencia, con mi joven esposa y una pequeña (1).

Una de las labores fue la pequeña villa que rodeó a esa casa de estudios primarios, casa levantada por los paisanos y mis propias manos. Era 1961. Era al año siguiente del Sesquicentenario de Mayo, que también tuvo sus festejos. Y comenzó a poco de la llegada al enterarme de que no era sólo el espacio que ocupaba la escuela sino también las cincuenta hectáreas de monte que la rodeaban.

En el catastro provincial figuraban como “Reserva para pueblo”. El pueblo era Campo Ramón. Misiones.

A los veinte años que tenía no era cosa de andar pidiendo permiso para obrar en lo que sentía era mi deber y, por eso,, cuando encontraba a alguna familia que no tenía dónde vivir, cual si fuera el todo poderoso de la región, la ubicaba en un terrenito dentro de esa reserva.

No había tiempo para respetar los parámetros establecido para las urbanizaciones, por lo que el caserío fue creciendo hasta contar con su propio almacén de comestibles.

Como todo centro urbano, no podían faltar casos especiales como el de una mujer que para poder criar a su prole atendía las necesidades de pobladores cercanos y de otros pagos, servicios prestados en la propia selva, entre los yuyales, lejos de la humilde casa donde estaban sus hijos que llegaron a ser…dieciocho.

Su nombre distaba mucho de ser Magdalena, Margot, o de cualquier francesita que entre tango y mate un argentino alzó de Paris. Era simplemente La Lorita.

Vivía en un ranchito muy cerca de la escuela. Y del aula donde vivía el director con su familia. Dato que tiene su importancia porque más de una vez, cuando algún cliente se pasaba de vivo, La Lorita se enojaba, sacaba su machete y corría al atrevido entre los árboles en dirección obligada a la escuela al grito del desesperado de “¡socorro, don Chiquito, La Lorita me quiere matar”, mientras la perseguidora insistía con “ Pagame añamembuí, porque te pico en pedacitos”.

Mientras daban vueltas, yo me vestía lo más rápido que podía, y con mi linterna de cinco pilas (otros la llamaban Elementos), cuando pasaba el hombre, me interponía en la carrera justiciera de La  Lorita para calmarla, mientras el paisano se perdía en la oscura selva. Tenía autoridad y sobre todo confianza con mi distinguida vecina que era peronista y una de mis colaboradoras en eso de juntarme votos, por cierto poder de convencimiento que naturalmente poseía.

Más allá de sus actividades, Lorita era muy buena persona, y siempre estaba bien dispuesta a colaborar en lo que sea para que los alumnos pasen de la mejor forma posible su estadía en la escuela, y dadas sus reacciones que siempre desembocaban alrededor de mi casa, era la ídola y amiga total de mis pequeñas hijas.

Así las cosas en una de las tantas elecciones, La Lorita, comandaba a un grupo que entregaba las boletas en los camiones que transportaban a los votantes, tarea que realizaba desde la primera vez que fui candidato a intendente en 1973, sin dudas una tarea fundamental para que no se escapara ningún voto.

Esta compañera de los montes tenía una condición que yo consideraba imprescindible para que pudiera realizar semejante vital tarea, que la obligaba a dormir en el lugar donde concentrábamos los vehículos, que a las cinco de la mañana partirían hacia los lugares de votación por los diferentes camionales (caminos), que en nuestro municipio sumaban más de veinte mil kilómetros, ya que cada 500 metros había un cruce entre ellos. 

Y esa condición era que La Lorita no tomaba un solo trago de bebidas alcohólicas. Sin dudas una garantía.

Así las cosas, y comiendo lo que venga, con cada camión que llegaba a uno de los dos locales donde se votaba, entre ella y  Rolo mi hijo, me hacían llegar las sumas aproximadas de los  acarreados, como era de costumbre, hasta casi el medio día, ya que los pobres siempre votan temprano, porque los medios de transportes salían desde las primeras horas de la mañana.

Este conteo y comparación con los autos, camionetas 4 x4, ómnibus y taxis alquilados en Brasil por los radicales, a la sazón únicos adversarios de cuidado, sabíamos si debíamos esforzarnos a la tarde para conseguir más votos, cosa que no recuerdo haber hecho nunca en las elecciones de Campo Ramón.

Esa seguridad nos permitía aflojarnos un poco, y comer unos de los infaltables  choripanes , que no sé por qué razón esos días eran más ricos.

Jamás La Lorita,  querida compañera dejó de sentarse a mi lado, desparramando su docena y media de hijos, de todas las edades partiendo del más pequeñito que tenía los treinta y cuatro brazos de sus hermanos mayores para acurrucarse, y dormir ajeno al momento en que vivíamos.

La experiencia me había enseñado que los primeros votos de los mesas en que votaban quienes iniciaban sus apellidos con las letras F,G,H,I,J y K ( es decir las mesas de los no criollos) marcaba la tendencia definitiva.

Y allí era mi lugar para el conteo donde al conocer el contenido de los primeros cincuenta sobres, daba yo por seguro de otro nuevo triunfo, siempre con La Lorita a mi lado y su  collera de críos, luego de lo que cual ultimaba los detalles del ya tradicional festejo, en el que el único que no hablaba era yo.

Uno de los camiones sin baranda servía de escenario y allí nos apiñábamos los capos, entre los que no faltaban mis hijos pero no mi señora, ya que ella se encargaba de cerrar las actas, con la documentación pertinente para ponerlas en las urnas y entregarlas a la Gendarmería para su traslado adonde correspondía.

El festejo a chupi  libre y gratuito, se desarrollaba como siempre con absoluta normalidad, es decir el compañero que hablaba, siempre bajo la dirección de La Lorita, se bajaba del camión para que subiera otro, y entre los vivas a Perón y a Evita , los aplausos y los infaltables sapucay, fueron hablando todos, hasta que al quedar última, por ser organizadora, le tocó a La Lorita, que sin dudas estaba muy feliz y que discurseaba bien en su papel de comandanta en jefa porque siempre le surgía algo de emocionada inspiración.

Y así frente a todos, frente a sus hijos y mis hijos, dijo enfáticamente La Lorita:

 - ¡Cómo no va a ganar don Chiquito, con el apoyo de los pobres, como yo, que soy una colona muy pobre y tengo dieciocho hijos ,si don Chiquito… es el padre de mis dieciocho hijos.

Cuando se aplacaron las risas, bromas, gritos y aplausos, Zulema, la mayor de mis hijas, me dijo al oído:

- Nunca te hagas rico papá porque la repartija de la herencia va a ser un despelote.

(1) Escuela Nº 456, Campo Ramón, Misiones.

Actualizado (Martes, 14 de Marzo de 2017 12:31)