PostHeaderIcon EL DIPUTRUCHO Y LA INEXPLICABLE OMISIÓN

GRANDES ESCÁNDALOS - DIPUTRUCHO

A veinticinco años del escándalo del diputrucho, el editor recrea la historia convencido de que las lecciones aprendidas no hay que olvidarlas. Por eso lamenta al final, con defraudación y cierto malestar, que en el gran trabajo de Martín Sivak con sus libros sobre Clarín no haya dicho nada.

Por Armando Vidal

El 26 de marzo de 1992, a las 16.30, un hombre bien vestido, de años gastados, levantó una mano y votó una ley en la Cámara de Diputados de la Nación,  aventura que salió mal porque lo vieron y lo agarraron. Era la privatización de Gas del Estado, una de las joyas de la abuela.

Votada como correspondía  a la semana siguiente del bochorno, la Cámara creó una comisión investigadora para cubrir las apariencias que meses después, como no podía ser de otra manera, confirmó la denuncia. Muchos años más tarde se pronunció la Justicia con sanciones de carácter simbólicos contra los responsables, comenzando por el pesado e ingenuo bonaerense Julio Manuel Samid (el hermano de Alberto), prematuramente fallecido, que en Ramos Mejía, donde vivía, tenía como colaborador ad honorem a un vecino dispuesto a todo mandado.

Ese intruso pescado in fraganti, también fallecido, era Juan Abraham Kenan, un hombre de 72 años al que le gustaba vestirse bien para, según las circunstancias, hacer de diputado como ese mismo jueves pero por la mañana cuando ocupó una banca, junto con otros empleados de la Cámara, para cubrir la ausencia de muchos legisladores y no desairar con la indiferencia de tanto vacío, en lo que supuestamente era una Asamblea Legsilativa brindada a un presidente o autoridad extranjera.

Ese día del doble turno de Kenan fue en honor a la visita de la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro,  la viuda del periodista Pedro Chamorro, asesinado en 1978 por la dictadura de Anastasio Somoza, crimen que a la postre terminaría con su dinastía y posterior asesinato en el Paraguay de Alfredo Stroessner. 

En aquella tarde de ese marzo el que agarró de un brazo a Kenan -y parece no querer soltarlo más- fue un periodista que sabía por experiencia la importancia que tenía cazar un fantasma, hecho que no volvió a repetirse por los controles que aparecieron después (votación digital en cada banca, por ejemplo) aunque no hayan decrecido las ganas con ciertos oficialismos de opereta.

A los veinticinco años de la desvergüenza, debería hablarse más del grave episodio porque los tiempos que corren son peores que aquellos reflejados en un Congreso que expresa debilidad y resignación frente a los constantes atropellos del PEN, pese a que no hay una fuerza política que lo controle desde el PEN.  Hay, sí,  obras públicas para los gobernadores y una cartera política (con Mauricio Macri tiene mucho que ver una cosa con la otra) manejadas por el ministro del Interior de nombre y apellido paradojal: Rogelio Frigerio.

Hay que resaltar que si quien esto escribe se consagró como cazador, fue porque alguien le dio el dato. Y fue allí mismo, en el palco de Clarín, a la hora señalada, cuando, después de la votación con 130 diputados levantando la mano (el presidente de la Cámara no lo hace pero su voto cuenta) el más joven entonces de los periodistas parlamentarios, Diego Mandelman, acreditado por una radio de Córdoba, le dijo: “ese viejo no es diputado”. Pavada de dato.

También hay que mencionar en la evocación a los compañeros colegas que siguieron la carrera del que era jefe de la sección Parlamentarias del diario en el que trabajó toda su vida, quien se lanzó escaleras abajo, atravesó salones de pisos brillosos sin derrapar ni desarmarse contra alguna columna del Salón de los Pasos Perdidos hasta llegar a la otra punta, entrar al hemiciclo del recinto y sorprender al inconsciente veterano que salía del lugar del delito para confesar ante su primera pregunta de sopetón que no era diputado.

Kenan parecía tan ajeno a la situación en la que quedó atrapado que ante la segunda pregunta del mismo acosador de por qué estaba en una banca si no era diputado, respondió que lo hizo porque le dijeron que se sentara allí ya que se sentía mal.

Kenan salía en ese instante del recinto y fingía necesidad de ayuda para caminar sostenido por personal del bloque Justicialista que también podía ingresar al lugar sagrado como podían hacerlo los periodistas.

Ese fue el último día de tanta libertad operativa. Hoy, no hay extraños en los pasillos.

Otros principales actores no visibles en esta evocación son el presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Pierri, responsable mayor por su alto cargo y un colaborador dispuesto a cualquier servicio, Juan Carlos Cora, encargado de controlar la presencia de los diputados en las sesiones, que era la tercera desde la recomposición del cuerpo con la llegada, en diciembre, de nuevos legisladores. Cora y Pierri sabían bien lo que estaba pasando.

Entre los radicales con mandato cumplido, se había ido César Jaroslvasky y en su lugar había llegado Fernando de la Rúa. Una fácil presa en las negociaciones con la bancada justicialista que presidía Jorge Matzkin. El mismo De la Rúa que después volvió a ser senador como en 1973, luego jefe de la CABA y finalmente presidente de la Nación de la que huyó en helicóptero tras la tragedia desatada por su gobierno en diciembre de 2001.

Los radicales, que generalmente están donde no deben, estaban reunidos en el bloque hablando de lo que había pasado la noche anterior sin siquiera mandar un avanzada para ver qué hacían los menemistas, entre éstos Eduardo Amadeo y  Graciela Camaño, entre otros tantos conocidos.

Tan cómplice fue De la Rúa como presidente de la bancada que hasta se opuso a que el radicalismo –el designado había sido su amigo José Octavio Yuyo Gauna- integrada la comisión que de apuro creó Diputados para investigar los hechos, un modo de ganar tiempo y de hacer algo ante la embestida periodística de la cual, el que esto escribe, no cesó un instante acompañado por el diario, luego del frustrado intento del propio diario de atenuar el impacto de la verdad de los hechos, versión en la cual el autor corrigió al editor en defensa de la verdad. (Ver: Grandes escándalos/Diputrucho/ Veinte años después ).

Hubo otros hechos en este cuarto de siglo que generaron reacciones pero ninguno equivalente a la gravedad del diputrucho que fue y será por mucho tiempo la más resonante luego del asesinato en el Senado de la Nación del senador electo Enzo Bordabehere, en la célebre interpelación de junio de 1935 del líder de su partido, Lisandro de la Torre al entonces ministro Federico Pinedo, abuelo del actual senador de Cambiemos, con el que Mauricio Macri tiene diferencias que no tendría seguramente con el ministro de Agustín P. Justo, en tiempos de conservadores tramposos auxiliados con radicales antipersonalistas.

* ¿Y qué pasó Martín?

La historia anda por las mismas calles de la crónica de todos los días, motivo por el cual buenos son los libros que limpian el camino de obstáculos y vallas.

Por eso a quien escribe le sorprende que en la importante obra de Martín Sivak sobre Clarín, dividida en dos tomos, el primero desde la fundación del diario en 1945 por Roberto J. Noble hasta la expulsión de los desarrollistas en 1982 (Clarín, el gran diario argentino, una historia, Planeta, 2013) y el segundo hasta el presente (Clarín, la era Magnetto. Planeta, 2015), no haya una sola mención a este escándalo.

Nada, en asbsoluto, como si no hubiera existido, siendo que el tema estuvo vigente todo el año 1992 por la pelea del periodista contra los menemistas, el bloque, sus autoridades y muy especialmente contra el presidente de la Cámara, el papelero Pierri, presidente de la Cámara y de sólidos lazos con Magnetto.

En la estupenda presentación del libro en la Universidad Di Tella, nada menos que a cargo de los periodistas Hugo Alconada Mon y Horacio Verbitsky, Sivak dijo que la tarea realizada incluyó la revisión de toda la colección del diario, día por día. ¿No vio allí la cobertura que hizo Clarín, toda a cargo de quien escribe?

De ese hecho extraordinario, en el libro, dos libros en verdad, más completos que se le hayan dedicado a un diario, no hay registro alguno. Inexplicable aunque Martín le haya dicho a quien escribe que se debió al  corte de páginas enteras que debió hacer en ese volumen. Pero ¿cortar el máximo suceso registrado en democracia en el Congreso de la Nación y, a la par y a la distancia, enorme satisfacción directa y propia del diario cuya historia se cuenta? ¿Qué criterio editorial es ése?

Además de Kenan, los otros diputruchos fueron Luis Balaguer, Daniel Locaso, Fernando Ocampo y Francisco Ayán, todos también colaboradores de diputados justicialistas. Que, además de Samid, fueron respectivamente, el mendocino Nicolás Becerra, el fueguino Carlos Manfredotti, el bonaerense Felipe Solá –quien de inmediato echó a Ocampo- y el riojano Ayán (Romero).

Las casi veinte notas dedicadas al tema en Congreso Abierto (ver Grandes escándalos/Diputrucho) siguen estando a disposición de quienes tengan un compromiso con la verdad.

 

Actualizado (Martes, 14 de Marzo de 2017 12:13)