Periodista y economista, con tono pedagógico el autor explica las distintas consecuencias que tienen la inflación y la devaluación para la producción nacional concentrada en el mercado interno y para quienes comercian con el exterior. Una vieja historia que siempre es presente.
Por Norberto Colominas
Nadie puede afirmar que quienes apuestan por el desarrollo industrial en la Argentina estén convencidos de que la inflación es buena, pero seguro saben que no es tan mala como dicen los economistas neoliberales, habituales voceros del establishment. Estos, en cambio, abogan por la devaluación (ya que el dólar quedó “retrasado”...). Naturalmente, los economistas que responden al campo nacional se oponen a que el peso sea devaluado.
¿Por qué estas posturas cruzadas que vienen desde el fondo de la historia?
Por los intereses económicos que hay detrás de cada una de ellas, ya que la inflación y la devaluación no son catástrofes naturales sino el producto de relaciones de poder.
Cuando hay inflación el precio de las mercancías aumenta más que los salarios y que los ingresos fijos, de modo que el grueso de la población ve recortada su capacidad de consumo, aunque no de manera proporcional, ya que las mercancías no aumentan todas, ni al mismo tiempo, ni en el mismo porcentaje.
De igual modo, cuando sobreviene una devaluación los sectores de ingresos fijos (asalariados, jubilados, un buen número de profesionales) ven cómo el aumento del dólar encarece las materias primas y por ende los productos fabricados con ellas, y eso redunda en un nuevo recorte de su capacidad de consumo. La inflación (diástole) y la devaluación (sístole) provocan mala sangre en el corazón popular.
Otra es la situación de las empresas. En primer lugar porque transfieren a sus precios finales los mayores costos generados por la inflación en las materias primas, la energía, y el transporte que consumen.
Pero cuando llega la devaluación, la cuestión se divide.
Aquellas que sólo venden en el mercado interno se beneficiarán con un aumento de los precios, aunque se perjudicarán por el incremento de las materias primas, sobre todo si son importadas. Además, como la inflación ya golpeó a los consumidores, si trasladan a los precios el nuevo aumento generado por la devaluación pueden provocar una caída del consumo, en particular de los bienes más populares (alimentos, vestimenta, bebidas y otros productos de la canasta básica), lo que juega contra sus intereses.
En cambio, las empresas que exportan la mayor parte de su producción (el campo, los fabricantes de autos, entre otros) y que, por ende, son menos dependientes del mercado interno, se beneficiarán directamente con la devaluación, ya que por el mismo precio de sus productos, medido en dólares, obtendrán más pesos que antes.
Por eso, y encabezado por el club de exportadores, es el establishment el que más decididamente pide una devaluación. Prueba de ellos son los recurrentes reclamos que en ese sentido formulan la Mesa de Enlace, en nombre del campo, algunos referentes de las terminales automotrices y las grandes compañías exportadoras nucleadas en la Asociación de Empresas Argentinas (AEA).
Sorprendentemente, o no tanto, también algunos dirigentes de la UIA piden más pesos a cambio de sus dólares. El grueso de las pymes no lo hace.
Una de las características distintivas de las dictaduras militares fue el sistemático flirteo de esa pareja que forman la inflación y la devaluación, que juntas promovían la licuación de los salarios, primero, y un beneficio adicional de las empresas, después.
De paso --y no es un asunto menor- este equilibrio negativo le garantizaba al establishment que nadie podría siquiera soñar con el desarrollo industrial basado en el mercado y el ahorro internos.
Por eso el plan económico de Juan D. Perón y José Ber Gelbard, avalado por la CGT, promovió el acuerdo de precios y salarios que permitiera mantener bajo control tanto la inflación como el precio del dólar. Y ese equilibrio inducido funcionó bien durante un cierto tiempo, aunque, como era de esperar, fue atacado por los intereses del establishment, ya que el desarrollo equilibrado de las fuerzas productivas nunca fue su negocio.
A poco andar apareció el mercado negro, promotor de escasez por desabastecimiento.
Al morir Perón y ser sustituido Gelbard al frente del Ministerio de Economía, la primera medida que tomó su sucesor, el tristemente célebre Celstino Rodrigo, fue una brutal devaluación, a la que poco tiempo después le siguió una inflación no menos dañina para la industria, las fuentes de trabajo y el bienestar de la población.
Con su irresponsabilidad social característica, el sector más concentrado de la economía -donde se alinean el campo, la banca y las grandes empresas, ya sean locales o multinacionales- continúa pidiendo una nueva devaluación que por un lado licúe sus costos y por otro incremente sus ganancias.
La economía no es tan difícil de entender cuando se explica desde la política y no solamente desde los porcentajes, las ecuaciones y las expresiones abstrusas en inglés, una especie de jeringoza con la que escriben sus artículos muchos profesionales del ramo.
Fuente: Texto especial para Congreso Abierto.
Actualizado (Sábado, 07 de Agosto de 2010 10:58)