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RAÚL ALFONSÍN

RAÚL ALFONSÍN

EN LA CITA DE YERROS, RECUERDO CON AFECTO

Esta es una mirada sobre el primer Presidente de la democracia  recuperada, fallecido el  31 de marzo de 2009, que pone atención en sus errores políticos sin olvidar en ningún momento su condición de señor.

Por Armando Vidal

Cinco años de la muerte del ex presidente Raúl Alfonsín no pueden disimular esa congoja oculta entre quienes no formaron parte de sus seguidores. Quizás sea porque se trató de un hombre bueno.

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ALFONSÍN Y LAS VANGUARDIAS

Un retrato desde la vereda de enfrente del ex presidente Raúl Alfonsín con motivo de su muerte (31 de marzo de 2009), realizado por uno de los columnistas politicos más cercanos al lector por su franqueza y sensibilidad.

Por Mario Wainfeld

Fue jefe de una tenaz minoría progresista dentro del radicalismo durante añares. Tuvo digna conducta contra la dictadura y rayó alta su presencia en la APDH. Fue congruente con ese pasado cuando llegó a la Casa Rosada.

Ganó la mayoría en la UCR y la presidencia en campañas inolvidables, bañado en multitudes. Recuperó el verbo político, se colocó a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, poniendo en el banquillo a las cúpulas militares.

Se hizo centro de la política durante un buen trienio, sus adversarios debieron replicarlo para hacerse competitivos.

Dos récords se lleva: le cupo ser el primero que batió al peronismo en elecciones presidenciales libres y más tarde el primer mandatario democrático que entregó la banda a un dirigente de otro partido.

 Acaso como nadie llenó la Plaza dos veces con muchedumbres multipartidarias, en ambas ocasiones las defraudó.

Exaltó la democracia con palabras inolvidables, también consagró las “Felices Pascuas”. Cedió ante los carapintadas, firmó las leyes de la impunidad. Coqueteó con la hegemonía, concertó el Pacto de Olivos y la Alianza.

Prometió un sistema durable y eficiente, terminó envuelto en la hiperinflación y la anomia. Amaneció peleando contra las corporaciones, más adelante transó con ellas, sin mayor fortuna.

La gestión del Estado no fue su fuerte, un síndrome radical: para peor le cayeron tiempos difíciles.

Llevó a su partido, la novia de sus ojos, más alto que nunca y acompañó la mayor caída de su historia.

La mera enumeración previa, que se tratará de ampliar y hacer más cartesiana en las líneas que siguen, habla de un personaje de primer rango, en las maduras y en las verdes. No sería serio, ni justo ni interesante pretender describirlo en cuatro palabras o en un título.

* De la primavera al Plan Austral:

La campaña del ’83 y su desembarco en el gobierno resultaron sus horas más gloriosas. Sintonizó las ansias de una sociedad herida, encerrada y privada de libertades básicas. Orador formidable y fogoso, enunció las menciones necesarias: la exaltación de la vida, la promesa “con la democracia se come, se educa, se cura”, el reproche a todo tipo de autoritarismo.

La ilusión se palpaba en las calles: afiliaciones masivas, concentraciones de decenas o cientos de miles de argentinos esperanzados. Construyó su triunfo interpelando a una mayoría social amplia, ganó hasta en la provincia de Buenos Aires, fue plebiscitado. Conservó el impulso triunfal hasta fines del ’85, redondeando.

Se quiso comer la cancha, plasmar y conducir un tercer movimiento histórico, superador del justicialismo y del radicalismo.

“Por cien años más”, coreaban sus partidarios.

La reforma constitucional, el traslado de la Capital a Viedma eran parte de esos sueños fundacionales que se fueron diluyendo cuando encontraron resistencia, fuera y dentro de su coalición inicial.

En el primer tramo, dispuso la investigación de la Conadep y el Juicio a las Juntas.

Su propósito inicial –que los tribunales militares juzgaran a los represores– fue desbaratado por la solidaridad entre los uniformados.

Todavía duraba la buena estrella: ese error de diagnóstico ayudó a que la Cámara Federal tramitara esa causa ejemplar, un hito imborrable.

En su arrebato inicial quiso reformar el régimen sindical, mediante la llamada ley Mucci. Le fue un búmeran, perdió apenas la votación en el Senado y consiguió la reconstitución del peronismo cerrado en defensa de la CGT.Una digresión breve: es tentador buscar un paralelo con lo sucedido décadas después con las retenciones móviles.

A medida que rodaba la gestión de gobierno se fue percibiendo la insuficiencia (si no la pobreza) de su diagnóstico sobre la coyuntura y sus eventuales soluciones.

No bastaba el ímpetu democrático para relanzar la economía y abrir las ventanas de las fábricas. El peso de la deuda externa, el ancla del déficit, los cambios estructurales fueron subestimados en campaña y en los pininos de su mandato.

Tampoco había noción del fin de un ciclo económico, que (simplificando mucho) corrió entre 1945 y el Rodrigazo de 1975.

La pesadilla de la dictadura acaso camufló el final de un modelo que no se podía regenerar, en promedio estimado por radicales, peronistas y desarrollistas. Esa perspectiva angostada no era exclusiva de Alfonsín, de lejos el primus inter pares: era una carencia común de la clase política, frizada largo tiempo, lanzada al ruedo de sopetón por la catástrofe de Malvinas.

Su primer elenco de gobierno fue tropezando con un universo que no entendía del todo.

Alfonsín, igualmente, mantenía el centro del ring. Confrontaba con las corporaciones, discutía de cuerpo presente con los que lo rebatían: se encaramó a un púlpito para regañar a un cura, lo refutó a Ronald Reagan en el corazón del imperio.

Con el índice en ristre, ceñudo e implacable, reivindicaba ser la izquierda posible.

Había que ver lo que decía el establishment sobre él, en aquel olvidado entonces. La economía se le pialaba, la inflación galopaba.

El peronismo renovador se hacía cargo de su innovación republicana, era su victoria pero le restaba originalidad. Saúl Ubaldini empezaba a ocupar las calles.

Hubo un cambio de elenco, los compañeros de siempre relevados por técnicos más jóvenes y sintonizados con la época. La narrativa fundacional y ambiciosa, la utopía progresista, fue derivando a un relato “modernizador”. La gobernabilidad, entendida como la limitación de las demandas sociales, ganó terreno.

Comenzó a definirse a los reclamos como eventuales desestabilizadores: la democracia se podía poner en riesgo si abundaban los reclamos acerca de cómo se comía, educaba o curaba. Cual un disyuntor que podía saltar si se agregaba mucho voltaje.

Dos años antes de la cita más evocada, en abril de 1985, Alfonsín llamó a una movilización para alertar contra un posible golpe.

Fue esa una de las Plazas más colmadas y multicolores de la que se tiene memoria.

Un arco político asombroso por lo vasto lo bancó. Nada comentó él del golpe, anunció (y pidió anuencia para) la “economía de guerra”, la defraudación fue grande pero todavía no rompió el hechizo. No fue un golpe de knock out, pero sí una premonición.

El consabido plan de estabilización, el Austral, contó con apoyo sensible de la población y obró los clásicos efectos inmediatos de esos programas.

Se frenó en seco la inflación, lo que pareció dar sentido a la nueva moneda. La UCR revalidó en las elecciones parlamentarias de ese año, un canto de cisne inadvertido.

* En caída

Su prospecto de democracia fincaba en la civilidad y los partidos, las corporaciones eran su bestia negra. Contra la Iglesia Católica, mantuvo la lid bastante tiempo: le torcieron el brazo en el Congreso Pedagógico, por mayor organización y militancia.

Pero primó sobre el oscurantismo católico cuando promovió y logró la sanción de la Ley de Divorcio, un paso enorme en la secularización y modernización de la sociedad civil.

En su fatal ’87, viró su relación con las corporaciones económicas: no había podido vencerlas, las sumó a su gobierno. Los “capitanes de la industria” lograron puestos dominantes, la cúpula rancia de la CGT se quedó con el Ministerio de Trabajo.

Fue un retroceso a pura pérdida: melló su capital simbólico sin compensación pragmática alguna. En ese devenir, llegó Semana Santa. Otra vez congregó una asistencia masiva, fiel, con decenas de miles de espontáneos, de todo pelaje.

Tenía a toda la sociedad y al peronismo remozado a su vera, cedió ante las demandas de los militares amotinados.

Una doble duda será perenne.

La más obvia, es si estaba forzado a rendirse: su entorno y él mismo siempre porfiaron que sí, que evitaron un mal mayor, que salvaron al sistema democrático.

No fue ésa la lectura preponderante, ni la de este diario.

Otro interrogante, quizá más táctico pero enorme, es por qué eligió, amén de retroceder, engañar a la multitud que lo vitoreaba y le ponía el cuerpo.

Cuatro años atrás estaba un paso por delante del conjunto de la sociedad, el punto óptimo para un líder popular.

En las Felices Pascuas, decepcionó. Jamás se le perdonó el “doble discurso”. La sociedad era, todavía, exigente, menos vencida que en el futuro inminente. Carlos Menem podría, más adelante, confesar que había roto el contrato electoral y ser reelegido.

El discurrir de la economía no lo ayudaba, el peronismo renovador le dio una paliza en las elecciones de 1987.

Los años siguientes fueron tremendos, en caída libre.

El gobierno se fue amoldando, sin logros palpables, a los dictados de los organismos internacionales de crédito. El contexto internacional no ayudaba, los precios de las materias primas rozaban el piso.

El gobierno perdió identidad, acechado por la malaria, la inflación y la pérdida general de rumbo. Eduardo Angeloz, un competidor interno que no le gustaba ni medio, fue el candidato.

Se adelantaron los comicios para ver si se mejoraba el score, Carlos Menem ganó por goleada.

 Entre la anomia, los saqueos y la hiperinflación fue forzoso adelantar la entrega del mando y dejarle las manos libres para dictar las arrasadoras leyes de Reforma del Estado y de Emergencia económica.

No es cuestión de quitarle responsabilidad a ese presidente y a la sociedad que lo acompañó pero el declive del alfonsinismo les hizo el campo orégano.

* Un lugar en el mundo

La política exterior sigue siendo uno de sus buenos legados, en la línea de la autonomía defendida por los gobiernos nacional-populares.

Argentina fue eje de una firme presencia regional en la normalización democrática de Nicaragua.

Alfonsín cortó de un tajo las veleidades belicistas de militares y dirigentes argentinos dirimiendo los conflictos territoriales con Chile.

Sometió a consulta popular no vinculante el tratado por el canal de Beagle, goleó a los falaces nacionalistas o dinosaurios que le hicieron frente.

Puso el cimiento del Mercosur, un proyecto inacabado y formidable, típico del último cuarto de siglo, un giro a favor de la unidad de la región.

* Compañeros y correligionarios

Creyó llevarse puesto al peronismo, cuya capacidad de reconversión y adaptación le fue torciendo la mano.

Desistió de su afán hegemonista e innovador y se acomodó al rol de consocio del bipartidismo.

Una de las tareas comunes era ocluir el surgimiento de terceras fuerzas, aun al precio de consentir lados oscuros del enemigovio.

La provincia de Buenos Aires fue el territorio dilecto de esa transacción compleja, complaciente, llena de canjes lícitos o no tanto, justificada en nombre de la gobernabilidad y de defender la organización partidaria.

Eduardo Duhalde fue el dirigente con el que tuvo más afinidades, en esa provincia y en su difuso pensamiento económico (llamémoslo) desarrollista-productivista.

Lo apoyó en su gobierno provisional, al que sumó dos ministros radicales, bien plegados a la corporación militar y a la judicial que regentearon.

Con Carlos Menem cerró el círculo de socio menor del bipartidismo, al suscribir el llamado Pacto de Olivos. Otra vez eligió conceder en un trance complejo.

Ese acuerdo es, a ojos del cronista, injustamente criticado por su origen secreto.

Las negociaciones políticas suelen iniciarse así, nada hay de escandaloso en ello. En este caso, el producido se sometió al voto popular y la Constituyente. Fue legal y legítimo, el cuestionamiento válido es a su fondo: habilitó la concentración del poder menemista, a cambio de quedar como la oposición de su majestad.

Néstor Kirchner le llamó la atención de entrada, pero siempre le incomodó que no le prodigara deferencia.

Si bien se mira, hay mucho más del primer Alfonsín en el primer Kirchner de lo que se suele aceptar en trincheras distintas, hubiera venido bien un reconocimiento del otro. Un punto alto de la injusticia fue cuando el ex presidente omitió mencionarlo en marzo de 2004, en el acto de la recuperación de la ESMA.

Su punto de vista está contado con más detalle por el propio Alfonsín, en el reportaje que se publica en esta misma edición.

Luego, acompañó la candidatura de Roberto Lavagna por la UCR: evitar la consunción radical que vio de cerca en 2003 fue su última obsesión. Un peronista a la cabeza de los boinas blancas, el fin de una tradición.

Alfonsín ya había consentido un ensayo general, mucho más gravoso para la Argentina, sobrevolado en el párrafo que viene.

* La Alianza

 El Frepaso le sacaba ventaja al herido radicalismo, pero tal vez ninguno se bastaba para remover al menemismo en 1999.

Carlos Chacho Alvarez quiso acortar camino, lo eligió para sugerirle la formación de una coalición política.

 Alfonsín se prendó más de la idea que su mayor beneficiario inmediato, Fernando de la Rúa. Atisbó en la Alianza una tabla de salvación y, zorro viejo al fin, acaso intuyó la victoria en la interna abierta.

Era otra ofrenda en el altar de su partido: él detestaba a De la Rúa a quien siempre clasificó como un pelmazo de derecha, con sagacidad premonitoria.

Atravesó el mandato de De la Rúa con patente incomodidad.

Tenía aliados apreciados en el primer gabinete: Federico Storani, José Luis Machinea, el propio Alvarez. Pero lo desazonaba la tonalidad del gobierno, su política claudicante y recesiva. Su influencia era módica y cada vez que hablaba “los mercados” le ladraban y lo acusaban de aumentar el riesgo país, hacer bajar el Merval y exacerbar la inflación.

Ninguna de esas variables precisaba su ayuda, pero el rencor del poder económico le calzaba los puntos. Fue apenas ayer, no se rememora ya. Ante el escándalo de las coimas senatoriales, calló en ejercicio de la solidaridad corporativa.

Con los nuevos gabinetes terminó su poca empatía y optó por ser orgánico antes que sincero, un tributo a la flaqueante gobernabilidad que no es sensato censurar.

* Adiós

 Le cupo ser protagonista y (por un entrañable rato) líder de una etapa aún inconclusa e insatisfactoria. Un referente de primer nivel, en logros, errores, recuperación de derechos y regresiones.

Jamás dejó de ser un militante, un hombre consagrado full time a la pasión política, el mejor (con gran margen) entre sus correligionarios. Y no escapó a las carencias de su partido y de su época.

Advenían las primaveras democráticas y transcurría, en materia económico social, “la década perdida”. Esas dos referencias ulteriores acaso circunscriban su responsabilidad en los fracasos y su participación en los éxitos, sin anularlos: el tono de época tiene su peso, que en el momento no se termina de pulsar.

¿Cómo se redondea el juicio sobre una figura central? ¿Por las grandes metas que se propuso? ¿Por sus acciones más gloriosas? ¿Por sus peores errores y defecciones?

La discusión política suele elegir alguna de esas opciones, lógicas en el fragor pero incompletas.

Digamos que el apabullante relato de su trayectoria se abre a cien interpretaciones o alineamientos, también proporcionales a su entidad.

El cronista votó contra Alfonsín en el ’83, se desayunó bastante pronto de que su victoria era lo mejor que pudo pasarle a la Argentina y lo escribió hace casi 25 años.

Lo apoyó en las urnas en la consulta popular sobre el Beagle y le hizo el aguante en la Plaza cuando “la economía de guerra” y las “Felices Pascuas”, padeció el imaginable desencanto ulterior, que lo marcó para siempre.

Escribe esta columna con tristeza, sentimiento subjetivo de pérdida y respeto aunque sin renegar de las discrepancias.

El ex presidente se afilió al radicalismo a los 18 años y militó hasta dar el último suspiro.

Fue un militante inclaudicable, amén de un dirigente de primer nivel, un presidente ungido por clamor popular, un batallador en el llano o en la cima.

La vocación política signó su existencia.

Atravesó con entereza su enfermedad y murió en la casa donde siempre vivió.

Por si es menester subrayarlo: todas estas referencias son elogios en la escala de valores del cronista.

Los políticos democráticos de raza, aun aquellos con los que se disiente o se embronca, le caen mejor que la nueva cosecha de deportistas (fogueados en deportes individuales), empresarios ricos, hijos de empresarios ricos o gentes de la farándula que surfean en la antipolítica en pos de votos, a veces con buena fortuna.

Voló muy alto, sufrió reveses crueles.

En los últimos tiempos, cuando flaqueaba su salud, recibió reconocimientos un poco tardíos pero merecidos de sus adversarios políticos.

El canibalismo de la lucha política argentina es proverbial, él se ganó una tregua y algo habrá hecho para lograrla.

El cronista no cree en generalidades tales como “el juicio de la historia”.

La historia no es un área de consensos, desangelada: es un terreno de disputa, tanto como la política.

Y luchadores-emblema como Raúl Alfonsín, como el Cid, como Perón siguen luchando después de muertos.

Su legado, su mensaje serán recuperados por otros, con coherencia o sin ella, para bien o para mal.

A diferencia del Cid no será ganador en una sola, última batalla: revistará en combates y aun derrotas ulteriores a su partida, tal el sino de los políticos vocacionales e incansables que la siguen peleando cuando sus cuerpos dijeron “basta”.

Fuente: Página /12, 2/4/09.

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ALFONSÍN, POR RAFAEL MICHELINI

La pérdida de Raúl Alfonsín fue también resaltada desde el Uruguay dado el gran peso que tuvo en su política cuando era presidente de la Argentina y allá resistía la dictadura. Lo cuenta con un profundo reconocimiento a ese hombre un senador del Frente Amplio que lleva en el alma la pérdida de su padre, Zelmar, también senador como él, asesinado en la Argentina en 1976.

Por Rafael Michelini (*)

Para algunos, tal vez haya sido sólo un presidente argentino más, para otros, quizás sólo un dirigente político, pero para la inmensa mayoría de los que vivimos intensamente, cada instante, de aquel tiempo de lucha por la democracia en todo el cono sur de América Latina, don Raúl Alfonsín fue la ESPERANZA. Así con mayúsculas.

Alfonsín representó como nadie la esperanza de un tiempo nuevo, de terminar con los horrores vividos y sufridos por todos, la esperanza de recuperar para siempre la libertad perdida. Fue una esperanza democrática no sólo para los argentinos, también para los chilenos, bolivianos, paraguayos y por supuesto, en primer lugar, para los uruguayos.

Ahora, frente a su muerte, aunque se escriban cientos de artículos sobre su vida, se recopile su larga trayectoria e incluso se estampe en hoja satinada su extensa obra política y pública, nada puede representar mejor a este grande de la política latinoamericana, que esa gran imagen de esperanza que supo irradiar, por toda esta geografía, al asumir la presidencia de la República Argentina.

A miles de nosotros, su presencia se nos metió en el alma y sin que él lo supiera, lo llevamos por la vida agradecidos, sabiendo que nos trajo primero que nadie esa bocanada de aire fresco, de libertad, que por fin pudimos respirar.

Su asunción fue la tabla de salvación para muchos, después del horror vivido en las dictaduras del cono sur. La esperanza de que el dolor quedaría atrás, que podíamos reconstruir nuestras vidas, que era posible ganarle a las bestias, que era posible recuperar la justicia y nuestra dignidad. Todo eso, contenido y oprimido durante tanto tiempo, encontró en su imagen un ícono, que quedó grabado a fuego en cada uno de nosotros, más allá de lo que el mismo pudiera sospechar.

Alfonsín estuvo siempre presente en la vida de los uruguayos. Demostrando su compromiso y su solidaridad, en medio de la persecución y el horror desatado por la dictadura argentina, cuando él también era perseguido, arriesgando su libertad y su vida. Estuvo presente junto a los uruguayos, cuando en el marco del Plan Cóndor la represión de la dictadura uruguaya se trasladó a la vecina orilla.

Con toda su solidaridad, frente a los asesinatos del Toba Gutiérrez Ruiz y de Zelmar Michelini y ayudando solidariamente a Wilson Ferreira, para que pudiera refugiarse en un lugar seguro, fuera del alcance de las garras asesinas.

Pero también estuvo, ya siendo presidente, en el apoyo efectivo a las fuerzas democráticas uruguayas, a sabiendas de que eso podría traerle problemas políticos y diplomáticos. No era imaginable que Wilson pudiera cruzar el charco, en un barco lleno de uruguayos y jaquear a la dictadura uruguaya, si no hubiera estado Alfonsín al mando del gobierno argentino.

También para nosotros, los uruguayos, Alfonsín reafirmó ese sentido de esperanza, de que era posible vivir en libertad y que en poco tiempo, aquí en Uruguay, tenía que volver a reinar la democracia. La propia dictadura uruguaya se tornaba débil ante la fuerza y la cercanía de la democracia de un Alfonsín que día a día se agrandaba más.

Fue la esperanza de que podíamos reconstruir nuestros países, que podíamos vivir en libertad, que nuestras diferencias las podíamos resolver pacíficamente y que la voz del pueblo volvería a ser soberana. Nada se hubiera podido construir después, sin aquellos primeros pasos democráticos, que se dieron en un marco de enorme dolor por el horror sufrido.

Alfonsín encarnó y simbolizó todo ese proceso y lo llevó adelante con sabiduría. Sabiendo que en los primeros meses de su gobierno, no solo ponía en juego la libertad de su pueblo, sino que de sus avances también dependían las posibilidades democráticas de los países vecinos.

Allá a lo lejos, estaba la luz en el camino de la esperanza de nuestros pueblos y fue él quien la encarnó por encima de otros procesos y otras figuras democráticas de la región, en aquel tiempo. Nadie le disputa ese lugar. Le está reservado, porque fue él, con su conquista democrática, quien trajo consigo un alivio de libertad a nuestras vidas.

Aquellos que lo conocimos, que estuvimos en decenas de oportunidades con él, nunca dejamos de agradecerle el color de esperanza con que iluminó ese mundo oscuro, en el cual estábamos sumergidos.

Las anécdotas que nos relataba, incluidas algunas que incluían a Zelmar como protagonista, siempre atraían nuestra ferviente atención y nos tenía prontos para escucharlo.

Su aire campechano, su calidez humana y su voz grave, le daban una imagen protectora, que sabía dirigirse con cariño y dedicación hacia los más jóvenes. Por eso era muy difícil discutir con Alfonsín, rebatir sus argumentos, en las instancias de la Internacional Socialista donde concurría habitualmente.

Ahora que ya no está físicamente, ahora, con nuestras democracias ya afianzadas, con la libertad recuperada, con nuestros derechos e instituciones funcionando normalmente, ahora, que prácticamente nadie imagina en nuestro horizonte atropellos y embestidas autoritarias, su imagen se agranda aún más por los tiempos vividos.

Muchos reiterarán a lo largo de las próximas semanas y meses, diferentes aspectos de la biografía de Alfonsín. Algunos ingenuamente harán hincapié en aciertos o errores políticos de su gobierno, que desde todo ángulo resultan insuficientes para explicar la dimensión de este gran demócrata. Para mí, Alfonsín fue la esperanza. La esperanza de generaciones, de pueblos.

Alfonsín fue un símbolo democrático que nos acercó a un tiempo nuevo, renovó nuestro entusiasmo, nuestra confianza, nuestra lucha y, por ello, le debo un eterno agradecimiento.

(*) Senador uruguayo (Frente Amplio), hijo de Zelmar Michelini

Fuente: wordpress.com (Blog de Cacu)

REPÚBLICA Y DEMOCRACIA

En este reportaje, el ex presidente Raúl Alfonsín no admite yerros en su gestión y hasta se justifica en que fue la crisis, cuyas razones no explica, la que impidó cumplir con las consignas prometidas en la campaña. Al margen del legado, el diálogo refleja  su espíritu y sus sueños.

Por Mario Wainfeld

Raúl Alfonsín no era muy afecto a los reportajes pero, una vez puesto en situación, resultaba un entrevistado notable. Tenía fuego, ansias de persuadir, no carecía de dotes de seducción ni de sentido del humor. Esta entrevista se realizó en su departamento de la avenida Santa Fe, en el año 2006. Se difundió por Radio de la Ciudad y es la primera vez que se publica en gráfica. La fecha explica algunas referencias (por ejemplo las que se hacen sobre la reelección de Lula, la presidencia de Néstor Kirchner o la campaña electoral de 2007, que recién despuntaba.) También determinó supresiones sobre temas muy coyunturales.

Lo demás fue un largo repaso del ex presidente sobre su trayectoria y la política tanto argentina como regional.

 – Lo primero es agradecerle la entrevista al presidente Raúl Alfonsín. Los argentinos no decimos “presidente” a los ex presidentes y habría que hacerlo, porque tiene un sentido.

– No se usa, en fin... Tiene un sentido, sí, de reconocimiento que no siempre merecemos. De todos modos, yo soy el agradecido.

Ser presidente en Argentina es una tarea difícil, insalubre. Quedan golpeados, hay circunstancias tan duras... Y uno dice: el doctor Alfonsín, es seguramente,de los que viven, el que está más cerca de un respeto más extendido. Y a la vez se pregunta: ¿Y por qué Raúl Alfonsín no deja entonces de participar en batallas cotidianas, en elecciones, en internas que siempre dificultan el lugar del estadista, del hombre de referencia..?

 – ¿Sabe lo que pasa? Me he retirado de la política en tanto y en cuanto dejo de aspirar a candidaturas electorales o dentro del partido. Pero no puedo retirarme de las consultas que me hacen los correligionarios, de ir a los actos a los que me invitan. Yo no pretendo meterme en internas. Estoy por encima de eso, realmente, pero en los problemas graves, los problemas serios, dejo oír mi pensamiento. Y, bueno, alguna gente me escucha.

 – ¿Pero a veces no piensa, o nadie le dice “doctor si usted no estuviera en este momento bregando” en un armado político (que lo tiene como referencia, que escucha su voz) tal vez usted podría ser una figura más de consulta, por encima de la disputa cotidiana?

– Pienso que no, fíjese, hubo un tiempo en que yo procuré, con relación al Gobierno, por ejemplo, hablar mucho de las medidas buenas que tomaba. Era una época más tranquila, para todos, todavía el Gobierno no había actuado para debilitar al radicalismo. Yo supuse que producidas las elecciones (de 2005), cuando tiene el 38 por ciento de los votos, se iba a superar el complejo del 23 por ciento y que iba a comenzar un diálogo fructífero. Fue todo lo contrario, absolutamente, de modo que me obligó a actuar, prácticamente, en defensa de la Unión Cívica Radical y en definitiva de una oposición que pudiera generarse y lograr equilibrio político en el país, ¿verdad? A mí me gustaría también estar más tranquilo, estoy muy ajetreado.

¿Seguro que le gustaría?

– Me gustaría estar más tranquilo, hablar cuando yo quiero sobre lo que a mí me interesa. Pero tengo que estar metido necesariamente en la coyuntura. Esto no me quita el respeto de la gente, que es lo que yo creo observar, en general, sin perjuicio de que hay algunos grupos que no me lo tienen. Eso no significa que me quieran, pero me respetan... Ni que piensen que he sido un buen gobernante, aunque yo me creo que sí (risas). De todos modos es el tránsito que vamos realizando, como no tengo ninguna aspiración, lo hago con una enorme tranquilidad de conciencia. Me parece que es mi obligación, en defensa de principios, de ideales y en defensa de mi partido, desde luego.

Usted conmovió a todos y todos recuerdan cuando usted decía que con la democracia se cura, se educa y se come. ¿Qué pasó que con la democracia no se come, no se cura y no se educa?

 – Lo que pasó es que la crisis no me dejó llegar hasta donde yo quería llegar, esto es evidente. Pero dijimos “con la democracia se come” y pusimos en marcha el Plan Alimentario Nacional, que daba alimento complementario a cinco millones de argentinos en épocas en las que no teníamos alta desocupación y asimismo era necesario. “Con la democracia se educa”, y fue el gobierno que más profesores designó, normalizamos la universidad de la reforma, llevamos adelante el plan de alfabetización, que fue premiado por las Naciones Unidas, establecimos el plan ABC, que daba millones de útiles escolares a los niños y comedores escolares, que se está discutiendo mucho si es conveniente o no, pero yo creo que es un instrumento útil para combatir la deserción escolar. Y “con la democracia se cura”: quisimos poner en marcha el seguro de salud que era un instrumento nuevo, una institución nueva en el país que hubiera significado mucho pero quedó dormida en el Senado...

 – Mi pregunta en realidad era más vasta que su gobierno..., veintitrés años vamos para cumplir de la institucionalidad democrática...

 – Hay déficit de la democracia, no cabe ninguna duda. Mire, yo hago una distinción. Sabe que me pongo un poco en académico ahora, porque saco un libro sobre teoría del Estado. Analizo, entre otras cosas, el tema de la república y la democracia, para mí hay que distinguirlas. La república es la que nos preserva de un Estado arbitrario, para que no pueda meternos presos cuando quiera, o matarnos o torturarnos. ¿Sobre qué base? De la división de poderes, de elecciones periódicas, de controles y del diálogo entre las distintas fuerzas políticas; eso es la república que nos da estas libertades que son esenciales. Ahora, la democracia sobre la base de estas libertades negativas construye las libertades llamadas positivas otorgando esos derechos-crédito que tiene cualquier persona por el hecho de vivir en una sociedad contra esa sociedad para tener una vida digna. De modo que si utilizamos la palabra en un sentido estricto, evidentemente es muy difícil encontrar democracias en el mundo actual y estamos nosotros muy lejos de lograr concretar esta aspiración. Hay muchos déficit que tiene la democracia y déficit que tiene la república también.

En esta relación entre república y democracia –usted lo sabrá, si está escribiendo, más– Luis Alberto Romero trabaja el punto y suele decir que en general en la Argentina los derechos democráticos, por lo menos la capacidad de reclamos, van más veloces o son más consistentes que el asentamiento de las formas republicanas. Y él comenta una cosa interesante –me lo hizo acordar usted– respecto de comienzos de la etapa democrática: ese mensaje que usted emitía de todo lo que podía hacer la democracia era, en algún sentido, no falso, pero era voluntarista. No lo descalifica éticamente, todo lo contrario. Dice que ese discurso voluntarista fue eficiente y funcional para conseguir un apoyo masivo a la democracia que de otra forma no se hubiera conseguido. ¿Qué opina?

– Fíjese, yo empecé a hablar de esto cuando se sostenía por algunos que la dictadura era mucho más eficaz y eficiente que la democracia, que demoraba mucho sus resoluciones a través del ejercicio propio de la república, esa era la intención. Y yo llego al poder no sobre esa base. Yo llego al poder porque hubo un acuerdo implícito, me parece, en la ciudadanía, que significaba que confiaba en nosotros para realizar la transición. Pero a medida que comencé a actuar en el campo social o en el campo económico ese acuerdo se resquebrajó.

Usted es un hombre de Estado y obviamente no se le puede preguntar así una cosa de favoritismo pero si le digo, Michelle Bachelet, Lula, Hugo Chávez, Tabaré Vázquez, Evo Morales, ¿con cuál se siente más afín, lo ve como una figura de mayor proyección?

– Me pone usted en un aprieto.

 – Me pagan para eso.

 – (Ríe.) Quizá, Lula. Tiene mucha lucha por delante y tanto para hacer en ese país extraordinario. Va a imponerse en las elecciones, yo no tengo dudas de que se va a imponer, puede haber problemas, son problemas serios de carácter interno, hemos visto lo que ha sucedido en San Pablo nada menos con el narcotráfico, es un asunto sumamente grave. Pero creo que se puede enderezar Brasil, ir incorporando año tras año gente al mercado debe ser el objetivo básico y fundamental de la administración de ese país, sobre la base fundamental de progresar en materia de educación. Pero vamos a ver. El caso de Bolivia también es muy serio. Si yo hubiera sido presidente también nacionalizo el gas o hago alguna cosa para defender el único recurso no renovable que tiene para superar la miseria de Bolivia. Esperemos que tanto Brasil como la Argentina comprendan la situación y que supere los problema internos que ya se le están creando a Evo Morales, algunos dicen que con peligro de secesión.

Con Uruguay tenemos el problema con las papeleras...

–Absolutamente, es una desgracia. Yo digo siempre que nosotros debemos considerarnos hermanos de todos los pueblos latinoamericanos, pero con los uruguayos somos mellizos.

Repasemos, por favor, la evolución que se produjo en materia de derechos humanos, esto es, las leyes que usted dictó, el juicio a las juntas, la Conadep, su voz en la campaña electoral que fue formidable, las leyes de obediencia debida y punto final, la evolución posterior, los tribunales, los litigios, los organismos de derechos humanos buscando vueltas, jueces decretando y el estado en que está ahora. Usted como una figura determinante en ese proceso en muchos sentidos, ¿está conforme con cómo han salido las cosas, yendo y viniendo con todas las vicisitudes que se han producido?

– Yo creo que la diferencia de ahora con nuestra situación es abismal. Es mucho más fácil ahora cumplimentar los requerimientos vinculados a la represión de los derechos humanos cometida con anterioridad, de las violaciones a los derechos humanos cometidas con anterioridad. Yo, imagínese, hay algunos casos en que me alegro, por ejemplo el de Etchecolatz. Para mí, estuvo mal la Corte Suprema al dejarlo en libertad. La Cámara le había dado 21 años. Y la ley de Obediencia debida, con todos sus defectos, tenía una cláusula por la cual había una excepción para los que tenían responsabilidad decisoria principal y Etchecolatz tenía esta responsabilidad. La Plata creo que fue el peor lugar de la represión en la Argentina. Estaban ahí nada menos que Camps y Etchecolatz, fíjese usted qué yunta de nazistas.

Si repasa el pasado, ¿es afecto a repensar lo que hizo y decir “en esta encrucijada debí tomar otro camino”, “ese día me equivoqué”?

 –Yo siempre me analizo. Creo, fíjese, Mario, que en materia de derechos humanos hicimos todo lo que pudimos, estoy cada vez más convencido. Hicimos tanto como no se ha hecho en ningún país de la Tierra. Usted sabe que sobre todo en América latina las transiciones a la democracia se hacen a través de conversaciones con los hombres de la democracia y los hombres de la dictadura, y se pacta. El único ejemplo en que esto no se ha hecho es la Argentina. Si usted ve Brasil, allí se dictó... lo que se llamó la “mutua amnistía” y no hubo ninguna persecución a ningún militar de la época de la dictadura. En Uruguay se resolvió lo mismo, no iba a perseguirse y así pasó, y después hubo una ley de amnistía también que fue votada y hubo acerca de ella también un plebiscito. En Chile tuvieron que aceptar la Constitución del dictador y aceptar al dictador como jefe del ejército, jefe de las fuerzas armadas...

Y senador...

–Y senador vitalicio. Yo no los critico de ninguna manera, pero comparado con lo que hicimos nosotros... y la ley de obediencia debida, desde luego que a mí me..., estuvo orientada en la línea de pensamiento que yo proponía precisamente en la campaña: los tres niveles: la responsabilidad principal sobre los que daban las órdenes, que ése era el objetivo básico, una segunda responsabilidad a los que se habían excedido en el cumplimiento de las órdenes, y por último los que habían recibido órdenes, sobre éstos no queríamos que cayera ninguna persecución judicial. Esto fue lo que deseamos, esto fue lo que queríamos, pero había una presunción iuris tantum, esta se transformó después en iuris et de iure.

Por qué no les cuenta a quienes no son abogados como usted o como yo...

–Una presunción que puede ser revocada por prueba en contrario, esa es la iuris tantum. La otra, iuris et de iure, es aquella que es irrevocable, y esta fue irrevocable. Entonces quedó alguna gente como Astiz ahí. Imagínese el dolor que me ocasiona, pero tenía que salvar la democracia que estaba en peligro y actué como actué. Si hubiera actuado de manera distinta, a lo mejor tengo el día de mañana una estatua no ecuestre en muchas plazas, pero hubiéramos perdido la democracia. Hubiera sido una pena bárbara.

 – La pregunta inclusive iba más allá de la cuestión de derechos humanos. Era más general, si alguna de las tantas cosas que hizo u omitió en estos veintipico de años...

–¿Sabe por qué me quiero romper la cabeza contra la pared muchas veces? No haberme ido ni siquiera en carpa a Viedma...

 –Ah, ¿añora el traslado de la Capital?

–Yo me demoré porque quería hacer las cosas bien. Estábamos planificando la nueva ciudad, los nuevos edificios. Los nuevos edificios se podían construir y estaban prácticamente ya financiados por la venta que se iba a realizar de la Embajada en Japón, en Tokio. De modo que todo estaba listo para irse, yo creo que era muy importante para la Patagonia y para el país.

¿Qué iba a pasar con la Plaza de Mayo si la Capital se mudaba a Viedma? ¿En qué quedaba la Plaza de Mayo? ¿Quién iba a ir? ¿La cerraban?

–Bueno, el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires tendría que aguantarse. Allá habría otra Plaza de Mayo igual.

 – ¿El carácter de los hombres de gobierno, su temperamento, sus características personales, los complican demasiado en la vida pública? ¿O en realidad, en la vida pública uno se sabe sacar eso de encima y forma parte más bien del folklore del trato cotidiano pero no es determinante en grandes decisiones, en los grandes momentos?

 –Yo creo que no es determinante, sin perjuicio de que a veces a mí me saltaba el gallego. Pero en general yo creo que no debe incidir el carácter, aunque uno da una impronta evidentemente, tiene su carácter.

 – ¿Hay que ser cabrón para ser presidente?

– No, por Dios, ¿por qué? ¿Cabrón qué quiere decir?

Cabrón, creo yo, es peleador...

 – No, cabrón es otra cosa, cabrón es traidor.

 – Ah, no, entonces no...

– “Cabrero”, dirá usted...

Rebobinemos. ¿Hay que ser empacado en los principios, difícil, tener un carácter duro?

 – No, yo no tengo un carácter duro.

¿Ser cabezadura?

–...Yo era un poco cabezadura.

¿Era?

– Y tal vez siga siendo. Pero no de mal carácter. Creo que por ejemplo Kirchner es muy confrontativo y tiene un carácter malo. Además visualiza a quien no está con él como enemigo, parece que aquí estuviéramos en la ecuación de (Karl) Schmitt: amigo-enemigo. Creo que esto influye negativamente en su gestión.

En su caso, en su trayectoria, ¿su temperamento, sus broncas, sus afectos pudieron en algún momento producirle un traspié? ¿Alguna vez se equivocó por ser demasiado afectivo, por tener broncas acumuladas, por confiar demasiado en gente que no lo merecía?

 – Si hay algo que no sé es ser resentido –y esto no sé si es bueno o es malo, porque puede ser una debilidad de carácter– ni tener odios, así que en ese sentido no. En cuanto a los amigos, desde luego, a mí me costaba mucho pedir una renuncia, porque quería que las cosas anduvieran mejor, pero lo hacía.

Usted dice que no hace interna pero si hay campaña presidencial, ¿va hacer campaña (en la presidencial de 2007)?

– Sí, desde luego.

– ¿Se va a poner el cinturón de seguridad?

– (Risas.) Procuraré, ya llevo varias campañas y dos accidentes. El primero de dos costillas, el segundo de diez costillas, los cuento por costillas, un costillar entero ya. (Risas.)

Volanta, título y bajada: Una entrevista inédita con Alfonsín/ “La crisis no me dejó llegar adonde quería” /El ex presidente hace un recorrido sobre su vida política, las claves de su gestión y explica y discute acerca de algunas de sus decisiones más polémicas.

Fuente: Página /12, 4/4/09