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EN LA CITA DE YERROS, RECUERDO CON AFECTO

Esta es una mirada sobre el primer Presidente de la democracia  recuperada, fallecido el  31 de marzo de 2009, que pone atención en sus errores políticos sin olvidar en ningún momento su condición de señor.

Por Armando Vidal

Cinco años de la muerte del ex presidente Raúl Alfonsín no pueden disimular esa congoja oculta entre quienes no formaron parte de sus seguidores. Quizás sea porque se trató de un hombre bueno.

Un hombre que probablemente haya nacido antes de tiempo y que en consecuencia debía llegar después a la Presidencia.

Por eso asumió su misión como Presidente frente a la peor herencia que tuvo la democracia de cuanta dictadura la precedió.

La última venía recargada de sangre sin duelo alguno por los 30 mil desaparecidos. Y, además, una deuda externa, ilegal e ilegítima que Alfonsín, no quiso investigar, razón por la cual fracasó en Diputados la creación de una comisión especial, pese al reclamo del peronismo que hizo lo mismo cuando arribó a la Casa Rosada.

Alfonsin perteneció a la generación involucrada en la dura puja peronismo-antiperonismo (tenía 18 años en 1945) de cuyas influencias todavía no se había liberado porque en las elecciones del 30 de octubre de 1983 había recibido muchos votos de quienes siempre parangonaron al peronismo con lo peor de la historia argentina.

Su maestro y ejemplo hasta los sesenta, Ricardo Balbín, había en cambio superado ese trance cuando se abrazó con Perón en 1972 a su regreso al país y puso fin a la antinomia al no ser portavoz en nada de ese sector en las elecciones del 11 de marzo del año siguiente que ganaría Héctor Cámpora.

Alfonsín enfrentó a Balbín en la interna de la UCR de 1974. Perdió pero instaló el Movimiento de Renovación y Cambio que lo llevaría a ser el candidato del partido en 1983.

Porque lo había prometido en la campaña y porque además había denunciado un pacto sindical- militar, entre las primeras leyes que reclamó al Congreso cuando fue Presidente estuvo el proyecto de reordenamiento electoral de los sindicatos, que no trepidó en basar en una norma de la dictadura, la 22.105.

Lo primero que hizo fue convocar a Saúl Ubaldini, titular de la CGT (Brasil), para informarle del proyecto y darle una copia. Ubaldini le anticipó su oposición.

El ministro de Trabajo Antonio Mucci, que la impulsaba era el ex dirigente gráfico “de las 32”, un conglomerado de sindicatos chicos identificados con el golpe de 1955.

Ese proyecto, tal como se cuenta con detalles en otros artículos en Congreso Abierto, fue rechazado en el Senado, lo que significó un duro traspié para Alfonsín, quien viró de inmediato su estrategia.

Fue tarde para sus intereses porque puso de pie al peronismo que no en vano aceleró su propia lucha por la renovación partidaria, piloteada –y no por casualidad- por el entonces senador Oraldo Britos, gremialista ferroviario en el pasado y fundamental en la victoria contra la ley Mucci por su relación personal con su par neuquino Elías Sapag, el de los dos votos por el rechazo (el restante era del senador Jorge Solana).

El radicalismo ganó las elecciones parlamentarias de 1985, el año del juicio y condena a las tres primeras juntas de la dictadura pero perdió la de dos años después, el año de las carapintadas y de la vuelta atrás de su política sobre los derechos humanos con las leyes de impunidad.

Pero lo que lo condenó fue la derrota del gobernador bonaerense Antonio Caifero en la interna abierta del peronismo con Carlos Menem (9 de julio de 1988) que consagró al gobernador riojano como su heredero en el sillón de Perón.

Tamaño contraste –un peronista, caballo de Troya del neoliberalismo- tuvo correlato con la proyección con el aura de salvador de Fernando de la Rúa, a quien en la interna de 1983 por la candidatura a presidente le había pasado por encima.

 ¿Qué quedaba para Alfonsín después de 1989 ante tanto fracaso acumulado de su soñada democracia que virtualmente desapareció en el 2001?

Sólo lo que el tiempo concede: el reconocimiento de sus méritos, que bien los tuvo, separado de sus errores que, incluso, tuvo la dignidad de reconocer en ciertos casos.

Fue como un Adolfo Suárez español porque, como él, no tuvo seguidores, incluso siendo el mayor referente de su partido cuando volvió al llano.

Quien escribe lo presentó en dos ocasiones en la ciudad de Quilmes, misión encomendada por un dirigente radical de la época y amigo de la lejana infancia (José Llamas).

Una fue en el Círculo Universitario y la otra en el Círculo de la Prensa, que en ese tiempo se había mudado cerca del barrio, razón por la cual estaban algunos de los vecinos, peronistas y radicales, que siempre convivieron en los tiempos de confrontación.

Alfonsín acababa de escribir Democracia y Consenso, motivo de la reunión.

En el diálogo, el periodista le preguntó por qué había cedido ante Menem para reformar la Constitución si no había manera de que el peronismo lograrse los dos tercios del total de miembros de la Cámara con la firme resistencia del bloque radical.

“Porque los peronistas la iban a sacar igual a partir de un proyecto del diputado ucedeísta (Francisco) Durañona y Vedia (1), con lo cual nosotros debíamos abstenernos en la elección de constituyentes y así volvíamos al ‘55”, añadió.

No hubo guerra entonces y la reforma se hizo.

Menem logró la reelección, las provincias manejan desde entonces los recursos del suelo y la votación directa puso como gran elector al conurbano bonaerense.

Menem lo hizo, Alfonsín colaboró para no volver al pasado, según explicaría después, cuando ya se parecía a Balbín.

(1) El proyecto especificaba que la ley que declaraba la necesidad de la reforma constitucional debía ser votada con los dos tercios a favor de los legisladores presentes. Por lo tanto, no de los del total de miembros de las respectivas Cámaras como reclamaba la oposición, posición que impuso en la reforma de hace veinte años en Santa Fe.