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BELGRANO, DESDE OJOS BIEN MITRISTAS

Manuel Belgrano es algo más que la Bandera y el bronce porque dio todo para construir un país en medio de fuertes disputas entre iguales. Un libro de un historiador mitrista resalta con énfasis la vida y la obra de quien es el prócer preferido de la presidente Cristina Kirchner.

Por Emiliano Vidal

El 14 de julio de 2012, La Nación publicó un editorial titulado La nueva historia oficial, en el que afirma que para sustentar su propio relato, el Gobierno nacional amaña los hechos del pasado sometiéndolos a su voluntad. La figura del Belgrano no es la excepción; menos si la presidente Cristina Fernández dice que es su prócer “favorito”.

Miguel Ángel De Marco es uno de los principales columnistas del centenario matutino fundado por Bartolomé Mitre, a quien el abogado y periodista Juan Bautista Alberdi, ideólogo de las bases de la Constitución Nacional describió desde su obra Grandes y pequeños Hombres del Río de la Plata como quien divierte “a sus lectores de Buenos Aires con la historia tradicional de su gusto, sin prejuicio de contarles lo contrario al mismo tiempo”.

De Marco, que tiempo atrás escribió la biografía del propio Mitre, en el año de homenaje a Manuel Belgrano realiza una mirada novedosa, dividida en nueve capítulos en Belgrano, artífice de la Nación, soldado de la Patria, libro editado por Emecé.

De movida, describe a Belgrano como un hombre moderado, especie de nexo entre grupos que colisionarían fatalmente desde las primeras horas del 25 de mayo de 1810 y que continuarían con distintas caras a lo largo de doscientos años de historia.

“Cauto y decidido”, define De Marco al abogado y periodista devenido en militar obligado por la decisión y circunstancias de adoptar un nuevo gobierno para una definitiva independencia de España, tarea encarada entre la posición conservadora de Cornelio Saavedra y el ala más dura de Mariano Moreno.

Si bien De Marco enfatiza a lo largo de los capítulos en esa postura conciliatoria de Belgrano que la propia historia mitrista sostuvo desde siempre en cuanto a las decisiones políticas decisivas de las horas del Mayo de 1810, también descubre su rigidez en la disciplina aplicada para el Ejército en la que estuvo durante una década, y que supo tener su máximo esplendor en la batalla de Tucumán el 24 de septiembre de 1812 hasta que la enfermedad que padecía se lo permitió.

De Marco describe a un Belgrano con un fuerte carácter en las cuestiones castrenses, resumidas en las palabras al General Isaías José García Enciso, soldado en Tucumán: “Belgrano (...) debió poner orden en la oficialidad, pues había fisuras y enfrentamientos de a quienes correspondía mayor mérito en la victoria”, alusión a las acusaciones que recaían sobre el prusiano el barón Eduardo Kaunitz de Holmberg, que contaba con la deferencia de Belgrano pero a quien José María Paz y Manuel Dorrego –enemigos acérrimos años más tarde en la guerra entre unitarios y federales- acusaban de cobarde y de haberse inferido una herida en la espalda para retirarse del campo de batalla.

Paz, el futuro paladín del unitarismo cordobés,  muy crítico según De Marco a la hora de juzgar a sus contemporáneos, destaca la semblanza de Belgrano desde el “éxodo jujeño”, como una estrategia para diluir a las tropas del realista Goyeneche.

“Por más críticas que fuesen nuestras circunstancias, el General –por Belgrano- jamás se dejó sobrecoger de ese terror que suelen dominar las almas vulgares y por más grande que fuese su responsabilidad la arrastró con una constancia heroica”, decía.

En el primer capítulo, el autor cuenta que en España, en pleno estudio de Derecho en diversas universidades, Belgrano se dejó llevar por prácticas bastantes “licenciosas”  y que en alguna de esas aventuras sufrió el contagio de la enfermedad que lo acompañó toda su vida y lo llevó a la muerte: la sífilis.

De Marco también indaga sobre la correspondencia entre el futuro creador de la Bandera nacional con su familia, en la que se observa el poco interés en cumplir con los requisitos universitarios, embelesado por los constantes cambios y vivencias que en Europa se estaban gestando desde la Revolución francesa de 1789 y de la que era testigo privilegiado.

Otro pasaje trata sobre su designación al frente del Consulado, en la que el joven Belgrano se enfrenta a dos sectores bien diferencias. Por un lado, quienes abogaban por el monopolio más cerrado con relación a la venta de materias primas y, por el otro, quienes procuraban un desarrollo de la agricultura, en línea con la prédica de su admirado Adam Smith desde su obra La riqueza de las naciones. “Todo depende y resulta del cultivo de la tierra; sin él, no hay materias primas para las artes y por consiguiente la industria, no tiene como ejercitarse y no puede proporcionar materias para que el comercio se ejecute”, manifestaba Belgrano desde cargo, a la vez que ejercía el periodismo desde El Telégrafo Mercantil y el Semanario de la Agricultura.

El libro desmenuza a un Belgrano testigo y actor de un acontecimiento crucial para la vida del Virreinato del Río de la Plata, que marcaría el comienzo del largo camino hacia la Independencia: las invasiones inglesas de 1806 y 1807, fruto de las intenciones políticas del entonces ministro inglés William Pitt, quien mantenía confidenciales reuniones con el venezolano Francisco de Miranda, y de las aspiraciones militares del destacado marino Sir Home Riggs Popham, que personalmente llevaría adelante la primera invasión al Río de la Plata.

Ante una anunciada invasión inglesa, el 25 de noviembre de 1804 el entonces virrey Rafael de Sobremonte convocó a Belgrano, quien estaba al tanto de la amenaza británica, para que formara una “compañía de jóvenes del comercio y de caballería”, que tuvo poco éxito, y que De Marco explica minuciosamente, cuando un año y medio más tarde y con la expedición inglesa de William Beresford y los buques de Popham en acción, se largaban a la conquista con una Inglaterra necesitada de abrir nuevos mercados frente a la pérdida de sus colonias en la América del Norte.

Dice Belgrano, según el autor: “Se formaron las compañías y yo avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia. Me fue muy doloroso ver a mi Patria bajo otra dominación y sobre todo en tal estado de degradación”. El mismo Belgrano que, al calor de la Reconquista dirigida por Santiago de Liniers, , encomendó a un maestro que le brindara “algunas nociones en el manejo de las armas” para tener “parte activa en la defensa de mi Patria” .

El libro de De Marco enfatiza en más de un pasaje que Belgrano estaba convencido de que debía formarse como soldado y que comprendía la necesidad de que había que desterrar de los de las fuerzas armadas las palabras indisciplina e insubordinación. Así, con el aval de Liniers, se hizo cargo en la lucha contra el invasor de los Patricios que reunían a los vecinos de Buenos Aires, mientras que los Arribeños pertenecían a los soldados de las provincias del norte (Córdoba, Catamarca, Salta y Alto Perú, hoy Bolivia).

¿Qué sentimientos encontrados flotarían en la mente y corazón del Belgrano vocal de la Primera Junta cuando tuvo que suscribir la orden del secretario Mariano Moreno de fusilar a Líniers, el héroe de la Patria latente? Belgrano, Castelli, Saavedra habían sido partidarios de Liniers y habían compartido los peligros de la lucha contra los británicos.

Un Belgrano consagrado tras el triunfo en Tucumán, cuenta De Marco, dedicaría todo el mes de febrero de 1813 a estudiar la versión en castellano de Oración de Despedida de George Washington, documento que el primer presidente de los Estados Unidos escribió el 17 de septiembre de 1796, cuando decidió retirarse a la vida privada y al calor familiar y por quien el futuro mentor de la enseña nacional sentía una profunda admiración.

Fue ese mismo mes del año 13, cuando en la caída de la flota de Montevideo en San Lorenzo, la estrella de José de San Martín comenzó a iluminar su paso en la historia y abrir una relación amistosa mediante un numeroso intercambio de correspondencia, también presente en la obra de De Marco.

No falta en esas páginas que el autor desmenuce la influencia del médico estadounidense José Redhed que llegó para cuidar la salud de Belgrano en vísperas de la batalla de Salta y en las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma y quien sería el guardián de reloj de oro, el único bien con que contaba para pagar por los servicios a su amigo médico en la mañana del 20 de junio de 1820, cuando Belgrano cerró los ojos para siempre. El informé clínico fue realizado por Juan Sullivan, según De Marco, que era un patólogo y el encargado de realizar la autopsia. Un gran tumor en el hígado fue una de sus graves dolencias.

El viaje a Europa junto a Rivadavia, la explicación del proyecto de instalar una monarquía inca ante los diputados que declararon la Independencia en 1816, también están presentes en la obra de De Marco. Libro de un liberal mitrista sobre un hombre excepcional que brindó todo lo mejor de sí para construir la tan difícil como querida Argentina.