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OTRO EJÉRCITO

Bajo la invocación del significado del Bicentenario y que, por supuesto, trasciende la importancia de sus festejos, un encuentro con militares en el edificio Libertador posibilitó al filósofo José Pablo Feinmann explicar el sentido de la democracia como sistema, en contraste con el período que abrió el sangriento golpe de 1955 que, a la postre, promoviera la guerrilla. Otro de los expositores fue el ex militar Luis Tibiletti, uno de los 33 jóvenes oficiales excluidos del Ejército por la dictadura al negarse a cumplir órdenes violatorias de los derechos humanos. También hablaron el profesor Oscar A. Moreno y la historiadora María M. Ollier.

La única manera de evitar que la Argentina corra el riesgo de caer en la violencia, como en otros momentos de su historia, es construir “un país verdaderamente democrático, en el que se distribuya la riqueza y no haya hambre”. Medio centenar de militares, la mayoría jóvenes, uniformados de verde oliva o de blanco según la fuerza, escucharon esas palabras en el salón de actos del imponente Edificio Libertador (…).

Y quien las pronunció fue el filósofo José Pablo Feinmann, que encabezó la nómina de expositores de una mesa redonda realizada en el marco de una política de apertura de las Fuerzas Armadas a la sociedad y con ocasión de las actividades conmemorativas por el Bicentenario.

El encuentro se centró en la historia de la relación entre el poder militar y el poder político en Argentina entre 1955 y 1973, “un período de total inconstitucionalidad”, según Feinmann.El primero en exponer fue el abogado Oscar Alberto Moreno, que hizo hincapié en las influencias extranjeras que terminaron por determinar “el pasaje de la Doctrina de Defensa Nacional a la Doctrina de Seguridad Nacional”, entre 1955 y 1966.

“Claramente, el sustrato histórico de la relación entre el catolicismo y las Fuerzas Armadas dio contenido ideológico a la Doctrina de Seguridad Nacional”, explicó Moreno, para quien éste fue el clima en el que se desarrollaron las ideas provenientes de las prácticas francesas en Argelia.

Allí, argumentó, “se instaló la idea de que no se puede combatir al terrorismo sin el contraterrorismo y que aquel Estado que, por razones morales o legales, no lo hiciera, está condenado”. Después de 1962 y del acercamiento de la revolución cubana al comunismo, comenzó a tomar más fuerza la influencia norteamericana, a través de la Escuela de las Américas, la última pieza que completa el cuadro.

El más polémico de los expositores fue el único militar de la nómina: el capitán retirado del Ejército Luis Tibiletti, que comenzó su exposición reproduciendo a todo volumen un fragmento de la marcha de la Revolución Libertadora, aclarando que “no es un video de Peter Capusotto”.

Tibiletti intentó explicar el proceso por el cual el Ejército acabó divorciándose del resto de la sociedad en ese período, condición necesaria para que, a partir de 1976, pudiese instrumentar un sangriento exterminio.

Según Tibiletti, la llegada al seno de las Fuerzas Armadas del nacionalismo revolucionario católico, ligado al peronismo, hizo que los bandos hasta entonces en pugna, los liberales y los “nazionalistas”, aunaran fuerzas para separar y aislar, a través de “mecanismos sofisticados”, a los militares de la sociedad en que están inmersos.

“Esto –concluyó–, sumado a un componente ideológico, generó muchos problemas en la integración del militar con la sociedad”.

 La historiadora María Matilde Ollier se explayó sobre la visión que había del peronismo en el seno de las Fuerzas Armadas en aquel período. Ollier identificó “dos ciclos que en realidad son respuestas a lo que pasa en la sociedad”, ya que –dijo– “el peronismo era un botín demasiado preciado para destruirlo”.

Más allá del acuerdo común, que era el no permitir el retorno de Perón a la Argentina, había diferencias entre Lonardi y Aramburu sobre qué hacer con la principal fuerza política del país. “Lonardi inauguró la tradición del peronismo sin Perón, mientras que Aramburu buscaba constituir un nuevo orden político sin esa presencia”, algo que prefiguraba la división posterior entre azules y colorados, sostuvo.

Y agregó que “la discusión que se da al interior de las FF.AA. también corresponde a la que se dan las elites políticas”, más precisamente el cisma de la Unión Cívica Radical. Pero todo cambiaría con la llegada de la insurgencia, que es lo que inaugura el segundo ciclo, cuando las diferencias internas se dejan atrás en pos de combatir al nuevo enemigo.

A partir de entonces, con la Revolución Argentina de 1966, “la institución militar se prepara para derrotar a la insurgencia a la vez que para gobernar el país”.

“De 1955 a 1973 no hubo democracia en la Argentina, hubo ilegalidad, sofocamiento y falta de libertad”, sostuvo José Pablo Feinmann, que tuvo a su cargo el cierre de la jornada. “El país no se puede constituir legalmente porque insiste en la marginación de la fuerza mayoritaria del país –explicó–, lo que a su vez potencia al líder, transformándolo en un objeto maldito”.

Feinmann habló de “una actitud neurótica”.

“Todos viven tapando cosas hasta que estallan como síntoma, el peronismo estalló como un síntoma”, graficó. Es por eso –sostuvo– que surgió la guerrilla armada, “una respuesta natural a esa neurosis”, el fruto que aquella sociedad necesariamente tenía que dar. Feinmann concluyó su exposición haciendo un llamado a “un país verdaderamente democrático, en el que se distribuya la riqueza y no haya hambre”, para evitar volver a caer en la neurosis y la violencia.

Fuente: Página 12, 5/11/09. Informe: Nicolás Lantos.

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