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OBRAS E IDEAS DE SÁENZ PEÑA

Perfil de Roque Sáenz Peña, un conservador progresista ignorado por la derecha argentina y nunca adecuadamente reivindicado por las corrientes políticas populares. En el Congreso de la Nación no sólo su obra ha estado ausente en los debates de más de un cuarto de siglo que ya lleva la democracia recuperada sino que no hay nada destacado que tribute la memoria del padre de la ley del voto secreto, universal y obligatorio por la cual llegaron al poder, entre otros, los presidentes Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

 Roque Sáenz Peña nació en Buenos Aires en 1851, en el hogar de los Sáenz Peña-Lahitte; sus dos abuelos, Roque y Eduardo Lahitte, fueron legisladores rosistas y continuaron siendo federales después de Caseros.

 Como su padre Luis, Roque fue una excepción entre los porteños de su círculo cuando en 1874 no cerró filas en torno de Mitre, sino que acudió a la línea de fuego con los autonomistas, obteniendo con la victoria el grado de comandante de Guardias Nacionales. Miembro del partido vencedor, fue diputado en la legislatura porteña, dejando su banca en 1878, en franca oposición con la conciliación y no ocupando cargo alguno en las administraciones de Avellaneda y Roca.

En pésima situación económica, liquidó sus bienes en 1879 y, románticamente, se incorporó a las fuerzas peruanas en la guerra contra Chile (1879/1884), la guerra en la cual el país trasandino correspondió a los intereses británicos interesados en la explotación de las reservas de guano peruanos, además del salitre. Sáenz Peña demostró un desmedido valor personal y pericia en el mando –sería después declarado general por el gobierno peruano- como se reflejó en la batalla del cerro de Arica, que posibilitaría el avance triunfal del ejercito chileno hasta Lima, capital que quedaría a su domingo y, por ende, el país durante cuatro años.

Herido y prisionero de dicha guerra -de la cual debe su vida a un oficial chileno que lo reconoció a poco de ser ultimado-, una gestión diplomática argentina obtuvo su liberación sin condiciones.

De regreso al país, se dedicó a su profesión y a la cría de ganado. El gobierno de Juárez Celman lo nombró embajador en el Uruguay participando en el Congreso Internacional Privado, en Montevideo. Luego, junto a Manuel Quintana representó a nuestro país, con gran éxito, en la Conferencia Panamericana de Washington. Allí, en ese foro donde sus opiniones en esa coyuntura fueron vistas favorables a la posición británica, acuñó su célebre frase: "América para la humanidad" y otros pensamientos menos difundidos como: "La felicidad de los Estados Unidos es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo".

También denunció en términos claros la audacia dominadora del gran país del Norte y sus peligrosas pretensiones sobre la soberanía y la independencia económica de América latina, y se manifestó abiertamente contrario a la intervención norteamericana en Cuba, cuando la opinión antihispana predominaba en su medio. Roque Sáenz Peña perdió su fortuna en el tapete y en la Bolsa, rehaciéndola como abogado.

Desde 1895 tuvo su estudio en sociedad con Carlos Pellegrini y Federico Pinedo.

Conoció el mundo y "tuvo mundo". A comienzos de los 90, Roque Sáenz Peña declinó la candidatura presidencial frente a la de su padre, Luis (asumió el 12 de octubre de 1992 y renunció el 23 de enero de 1895) dejó su banca de senador en la disyuntiva de tener que atacarlo como presidente o claudicar en sus convicciones.

En la presidencia de Figueroa Alcorta, Saénz Peña volvió a la diplomacia con misiones en Italia, Suiza y en la Conferencia de La Haya. En Europa supo de la proclamación de su candidatura y en Río de Janeiro se enteró del resultado de la elección donde obtuvo, por primera vez en el país, la totalidad de los votos del Colegio Electoral.

Al llegar a la capital del Brasil, donde lo esperaba el ministro de Relaciones Exteriores, Baron de Río Branco, pronunció su célebre frase para alejar dudas: "Todo nos une, nada nos separa". Luego, en Buenos Aires, buscaría conocer a Hipólito Yrigoyen (ver GRANDES ACUERDOS), el líder de las protestas y revoluciones radicales contra la elite que impedía a millones de argentinos pudieran participar del destino de la Nación en ciernes.

Con el Centenario, llegaba Roque Sáez Peña y con él e Yrigoyen comenzaba a cambiar la historia.

Fuente: pais-global.com.ar