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EL CONGRESO DEL BICENTENARIO

Este artículo pretende proyectar hacia el cierre del Bicentenario con la declaración de la Independencia en 1816 un período de equivalente importancia al de los dos siglos que lo precedieron. Todo visto desde 2010 y con los ojos puestos en el Congreso de la Nación que, dice, será testigo y protagonista. Hito cercano para nuevas ideas: la Asamblea del año XIII.

Por Armando Vidal

Sensación de vértigo producido por los hechos que signaron la apertura del Bicentenario preanuncian un sexenio quizás equivalente al fundacional de 1810/1816 y al de la organización con participación de derechos cívicos de las oleadas inmigratorias de 1910/1916.

El Congreso de la Nación será testigo y protagonista.

El veredicto de la voluntad popular surgirá el 23 de octubre de 2011.

Elecciones generales que en el término equivalente a una fecundación humana profundizará o abrirá otro curso que los

diarios de hoy –más condicionados que nunca por sus propios intereses en juego- no alcanzan a vislumbrar. Todo está tan cerca que la campaña con hechos de extraordinaria resonancia ya estalló.

En el medio de estos seis años que se avecinan, se halla como hito el Bicentenario de la Asamblea del año XIII, que no dictó una constitución pero sentó las bases de la argentinidad.

Y, un año antes, el centenario de la aplicación de la ley del voto secreto, universal y obligatorio (ley Sáenz Peña).

El voto popular gravita de inmediato en el Congreso cuando decide la elección de un presidente de la Nación y también cuando, cada dos años, aprueba o no la marcha de su gobierno con las renovaciones parciales de ambas Cámaras.

Pasó en cada etapa de este camino, que ha superado la continuidad en más de un cuarto de siglo de un sistema de cuya elasticidad ha dado muestra la profunda crisis institucional del 2001, cuando el único presidente de la Nación formado en el Congreso optó por subir al helicóptero en la Casa Rosada y huir para siempre de la política.

Sucumbió todo pero la voluntad de salvar las formas pudo más que el miedo al ataque final y los mismos políticos generadores del incendio oficiaron de improvisados bomberos.

Eran radicales y peronistas, con sus respectivas vertientes internas de alfonsinistas, delarruístas y menemistas llevadas por el fuego.

De este mismo proceso surgió el kirchnerismo, otra corriente de paso, sea o no el próximo año su final.

Si el derecho en su filosofía debe acompañar a la vida, con más razón aún la política que, en el caso argentino, puede verse como la continuación de la guerra civil del siglo XIX (Carlos Gabetta, Le Monde Diplomatic) lo cual condice con historiadores como Joaquín Meabe y Eduardo Saguier para quienes más que guerras por la independencia hubo guerra civiles.

Hasta los golpes de 1930, 1943 (en este caso considerando a la democracia fraudulenta surgida del contubernio de la llamada década infame), de 1955, 1962, 1966 y 1976, el Congreso fue el único campo institucional de esa batalla, esencialmente cultural, surgida de la incapacidad de coincidir en la formulación y aprobación de políticas que trasciendan las coyunturas y por ende se constituyan en políticas de Estado.

Hace un siglo, con la ley que consagró la del voto secreto y obligatorio, se trazó una de esas políticas, la mayor en el plano electoral, seguida con la del voto femenino de 1947.

El presente, que siempre es la emergencia, ciega el futuro, salvo –excepción confirmatoria- cuando lo que se avecina es el descontrol, caos, la misma muerte.

Lo prueba el 2001 y, antes, la grave crisis que desató la rebelión militar de Semana Santa de 1987 que derivó en la aprobación de las leyes de la impunidad, en especial la virtual amnistía que significó amparar en el principio de obediencia debida los crímenes de lesa humanidad. Tardó 16 años desandar ese camino.

Esto en el campo de los 30 mil desaparecidos (según las estimaciones de organismos de derechos humanos). Nada menos. Con lo cual podría inferirse que además de la incapacidad para percibir el rumbo, el coraje cívico y republicano no es un rasgo colectivo que distinga a los parlamentarios argentinos.

Hay un punto –siempre lo hay- que podría oficiar de corte para señalar la mejor posibilidad de partida del Poder Legislativo.

Y fue en 1983 cuando el proceso electoral, si bien precipitado por el vacío de poder gradualmente dejado por la dictadura tras la derrota militar en Malvinas, no tuvo ninguna clase de proscripciones como había sido hasta ese momento, primero con el peronismo como partido y después, en 1973, con su candidato natural, Juan D. Perón, obligado a ser sucedido en ese cometido por Héctor Cámpora, grieta premeditada y profundizada después.

El retorno a la democracia con un presidente de la Nación como Raúl Alfonsín, el más carismático de todos los jefes de Estado provenientes de ese centenario partido, proyectó al Congreso hacia el más expectante de los planos posibles porque, en tanto sometía al radicalismo al ejercicio concreto de la administración y obligaba con ello a sostener sus políticas en las bancas, remitía al peronismo a una categoría que le era desconocida, la de los derrotados y al deber como mandato de su propia resurrección.

Altas cuestas para uno y otro de esos dos partidos populares. Por el hecho de ser el único de los poderes que comprende en sus decisiones a la oposición, el Poder Legislativo se halla sujeto a la regla suprema de los políticos que son los pleitos internos por espacios de poder, además de las internas partidarias.

Las fuerzas del oficialismo en el Congreso también están sometidas a ese ejercicio.

Las elecciones de 2009 significaron una dura derrota para las fuerzas del gobierno que, al margen del resultado general, significó la pérdida del control de ambas Cámaras.

¿Nació con ello una corriente opositora que se perfilara como la fuerza alternativa?

No.

Y no sucedió porque la profunda crisis que afecta al radicalismo impide la repetición de pasadas experiencias, en especial la de 1999, según la cual la sucesión en el gobierno de una fuerza por otra no deviene tanto de las diferencias –que siempre las hay y son sustanciales a la hora de las urnas- sino de las semejanzas. No hay saltos al vacío en política, incluso en la Argentina.

El 14 de agosto serán las internas abiertas, obligatorias y simultáneas, que tendrán sus propios significados, entre ellos el destino de quien, por una deslealtad con su partido, llegó a vicepresidente de la Nación y que superó con holgura las siempre temidas infidelidades que conlleva el cargo.

Lo hizo a lo largo de demasiado tiempo y mayores aún desvergüenzas.

Bicentenario, Congreso, política. Bellas palabras.

Fuente: elespejodelaargentina.com