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DOS BATALLAS, DOS CAMINOS

Bajo el comando del General José de San Martín, la batalla de San Lorenzo del 3 de de febrero de 1813 abrió el curso hacia la Independencia y un mismo día de casi cuarenta años después, en Caseros, la derrota de Juan Manuel de Rosas con la participación de tropas del ejercito imperial y el apoyo de Inglaterra, aliados de Justo José de Urquiza, hizo lo propio pero en sentido contrario.

Por Emiliano Vidal (*)

Hay un relato de la historia que sintoniza con el modelo de país deseado. Uno es el de la Patria chica, dependiente del imperio inglés. El otro, el de la Patria grande, a favor de la integración latinoamericana, inseparable del ser nacional.

Símbolos que expliquen esos enfoques son el combate de San Lorenzo y, casi cuarenta años después, la caída de Juan Manuel de Rosas por una guerra internacional contra la Argentina.

Sólo coinciden en el mismo día, 3 de febrero, porque uno abrió el camino a la Independencia y el otro lo cerró por demasiado tiempo.

El combate en los alrededores del convento de San Carlos, en la posta santafesina de la localidad de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, fue un punto de inflexión por ganar la ansiada independencia y el comienzo del estrellato militar de José de San Martín.

Lo fue porque el flamante Regimiento de Granaderos a Caballo bajo su mando, derrotó a la poderosa flota de Montevideo, que era la elite marina del poder del Virreinato del Río de la Plata.

Sin contar con embarcaciones, solo con milicias, esa victoria - un grito de libertad-, fue un espaldarazo fundamental para la revolución que había comenzado el 25 de mayo de tres años atrás.

La otra batalla librada también un caluroso 3 de febrero, pero de 1852, fue el combate de la claudicación en la localidad bonaerense de Caseros cuando las tropas de Justo José de Urquiza, con la participación directa del ejercito imperial de Brasil y el amparo de Inglaterra, vencieron a las de Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires ungido en 1835 representante de todas las provincias y comando de la Nación hacia el exterior.

Tropas que fueron parte de la gran guerra civil argentina y también tropas extranjeras que respondían a Río de Janeiro y a los colorados de Montevideo y que no ahorraron sangre de los derrotados. Fueron perseguidos, fusilados, ahorcados y colgados en los bosques del hoy barrio porteño Palermo, cerca del lugar donde Urquiza sentó residencia gubernamental en la propiedad del gran vencido.

Odio de Caseros, como los bombardeos del ´55. Rosas no cayó por haber gobernado durante más de veinte años con un estilo duro sino por la defensa de los intereses nacionales, a tal punto que en la epopeya de la Vuelta de Obligado, de 1845. el propio José de San Martín y a pesar de su edad se puso a su servicio legándole su mítico sable con el que venció en San Lorenzo y liberaría después a Chile y Perú.

El mismo San Martín, que a los 34 de edad, había llegado en marzo de 1812 en el momento de mayor debilidad de la Revolución de 1810, con una tarea primordial: formar un ejército profesional con los últimos adelantos en el arte de la guerra para liberarse del yugo español.

Quizá la figura de un olvidado por la historiografía mitrista, el coronel Martiniano Chilavert, baste para explicar el diferente sentido de estas dos batallas.

Soldado leal a Rosas, Chilavert fue fusilado el 4 de febrero de 1852, al otro día de la batalla de Caseros por directa orden de Urquiza.

Se había reincorporado al Ejército en 1826 para luchar en la guerra contra el Imperio del Brasil y había estado al lado de San Martín en 1812.

“En todas las posiciones en que el destino me ha colocado, el amor a mi país ha sido el sentimiento más enérgico de mi corazón. Considero el más espantoso crimen llevar contra él las armas del extranjero. Vergüenza y oprobio recogerá el que así proceda; y en su conciencia llevará eternamente un acusador implacable que sin cesar le repetirá: traidor! traidor! Traidor”, decía Chilavert poco antes de ser ejecutado.

Fueron por esas convicciones que años atrás y con el cargo de subteniente de artillería del reciente Regimiento de Granaderos a Caballo, hicieron que participara de la revuelta popular en que fue expulsado el Primer Triunvirato, gobernante desde 1811 e integrado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso, y asesorado por un Bernardino Rivadavia funcional a los intereses de la corona española y de un imperio inglés que tenía un enorme interés por las colonias olvidadas.

"Estamos aquí para proteger la voluntad del pueblo, porque no siempre están las tropas, como normalmente se cree, para defender a los tiranos", sentenciaba San Martín frente al centro del poder que era el Fuerte –ubicado en la actual Casa Rosada-, flanqueado por el propio Chilavert y por quienes se destacarían en el combate de San Lorenzo, Hipólito Bouchard, Matías Zapiola y Justo Bermúdez.

Dos batallas, que en el relato histórico son valoradas de maneras diferentes: la de San Lorenzo, la del sueño sanmartiniano de la Patria Grande y la de Caseros, la atada al carro inglés, el mismo de las Malvinas, hoy también defendidas en los derechos argentinos por todos los gobiernos y pueblos latinoamericanos.

(*) Abogado y periodista.

Fuente: Agencia Télam, 3/2/12.