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EL DOLOR DE UN MAESTRO RURAL

Texto de un dolorido y enojado maestro por expresiones del jefe del gobierno porteño y la drástica respuesta de la presidente de la Nación de no asistir a la reinauguración del Teatro Colón. Un repaso sobre héroes y tumbas de la Patria querida.

Por Héctor Dalmau (*)

”La verdadera democracia es cuando el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un sólo interés, el del pueblo”, dijo Juan Domingo Perón, tres veces presidente de los argentinos.

En nombre de ello, me permito sugerirles muy respetuosamente que entiendan que ocupan las más altas magistraturas del país y de la ciudad emblemática de los argentinos y que carecen de derecho a una afrenta.  En mis noches de insomnio de dolores patrios, me pregunto si sabrán quienes así proceden del martirologio de Juana Azurduy de Padilla, que sable en mano veía morir a su familia

(esposo y cuatro hijos), mientras se debatía como un puma acorralado, cubierta de heridas desde las que seguramente manaba sangre azul y blanca.

¿Habrán oído hablar del natural misionero Andrés Guaçurarí (El Comandante Andresito, hijo natural de Artigas), que aseguró para la Argentina las tierras de la Mesopotamia Norte, expulsando junto a sus hermanos selváticos a sangre y lanzas a los paraguayos de Gaspar Rodríguez de Francia, que la invadían desde el Oeste primero, y a los lusitanos del Marqués de Chagas, que lo hacían desde el Oriente, hasta ser capturado y llevado engrillado y a la rastra a algún lugar no registrado por la historia de las Misiones Orientales, que tanto defendiera y que fueran entregadas por lo diplomáticos de pacotilla que supimos tener en 1895?

 ¿Sabrán bien sobre los padecimientos de Belgrano, con su asma a cuesta, recorriendo miles y miles de kilómetros para sostener esa llama que naciera en esta ciudad aquel vigésimo quinto día del mes de mayo de 1810?

 ¿Olvidan los angustiosos esfuerzos del Gran Capitán nacido en Yapeyú, don José de San Martín, para sobrevivir en el exilio, mientras su patria se desangraba en estériles luchas intestinas?

 ¿Tendrán en cuenta a Brown, Príngles, Falucho, Cabral, Peñaloza, Ramírez, Güemes o al “Chaque Che” (1), que en soledad portando el sable reglamentario de la Policía de Territorios Nacionales frenara a los invasores brasileños en ese lugar misionero donde se fractura la Mesopotamia por la divisoria de aguas?

¿No recuerdan acaso a Leloir, Milstein, Houssay, Favaloro, Almafuerte o al Martín Fierro de José Hernández?

¿No tienen en cuenta que en toda la extensión de nuestra dilatada Argentina miles de niños descalzos, temblando de frío y dolientes de hambre, con sus maestros tristes ese día estarán de pie sin rencores frente a un palo donde flameará libre y orgullosa la enseña sagrada y que gritarán al mundo “sean eternos los laureles que supimos conseguir”?

 Aquí el poeta Leopoldo Díaz les dice por si también fuera necesario recordar qué es la Patria.

Patria es la tierra donde se ha sufrido / Patria es la tierra donde se ha soñado/ Patria es la tierra donde se ha luchado/ Patria es la tierra donde se ha nacido/ Patria es la selva, en el oscuro nido / la cruz del cementerio abandonado/ la voz de los clarines que ha rasgado/ con sus flechas de bronce nuestro oído/ Patria es la errante barca del marino/ que en el enorme piélago sonoro/ deja una blanca estela en su camino/ Y Patria es el airón de la bandera /que ciñe con relámpagos de oro/ el sol, como una virgen caballera.

No en vano, al exhalar su último suspiro el quizás más grande entre los grandes, Don Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, exclamó:

 ¡ Ay… Patria mía!

(*) Ex maestro rural creador de una escuela de la que fue también su director durante un cuarto de siglo en un pueblo misionero, Campo Ramón, pegado a Brasil, luego de lo cual sería intendente, diputado provincial y dos veces diputado  de la Nación, entre otros cargos.

(1)  "Chaque Ché" es el grito que equivale a decir “basta, hasta ahí no más". Chaque Ché  fue el apodo de Eduardo Ramírez, chaqueño, sargento de la Policía de Territorios Nacionales  que siendo el único efectivo policial en la frontera seca de Bernardo de Irigoyen, supo rechazar las incursiones de los brasileños que hacían del contrabando un esquema de fronteras vivas y humanas. Ramirez fue herido varias veces pero siempre se repuso para cumplir con su patriótica tarea. 

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