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LIBROS ROBADOS, MEMORIA
Hace cuarenta años un cura ladrón y mentiroso robó libros de la Biblioteca Reservada del Congreso de la Nación– sólo consultada por investigadores autorizados- y desató una tragedia porque significó en esos días de dictadura la muerte de un médico, también bibliógrafo, por un juez militarista que encubrió al sacerdote.
Por Armando Vidal
En el último verano de la dictadura, cuando el Congreso de la Nación todavía era la sede de la Comisión de Asuntos Legislativos (CAL), saltó a la luz la denuncia de robos de libros en el sector reservado de la gran biblioteca. Pasaron cuarenta años.
Un escándalo en un cuartel de las Fuerzas Armadas, porque eso era el Palacio de las leyes, donde en el sector de la Cámara de Diputados se reunían los integrantes de la Junta de Gobierno y, en el Senado, lo hacían militares de cada arma que oficiaban de refrendadores de los proyectos del PEN.
Un aparataje parecido a la Junta Consultiva de la autollamada Revolución Libertadora de 1955. Y, también, un modo de diferenciarse de la dictadura personalista del Gral. Juan Carlos Onganía, que en 1966 pusiera fin al gobierno radical de Arturo Illia.
Diez años después, en el nuevo aciago golpe - 24 de marzo de 1976-, el Gral. Jorge R. Videla encarnaba el papel de Presidente en la Junta de Gobierno que completaban el almirante Eduardo Massera y el aeronauta Orlando Ramón Agosti.
En 1966, Onganía tuvo como ministro de Economía a Adalbert Krieguer Vasena y, en 1976, Videla lo tuvo a José Alfredo Martínez de Hoz. Nada por lo tanto diferenciaba a uno y otro gobierno. Los militares argentinos eran meros virreyes de los Estados Unidos.
A los cuatro años de gestión, a Videla lo sucedió el luego removido Gral. Roberto Viola y a éste Fortunato Galtieri, cuya máxima responsabilidad en la decisión de ocupar las irredentas islas Malvinas en 1982 y de ser derrotadas las tropas argentinas, significó la entrega acelerada del gobierno a los partidos políticos, lo cual se consumaría un año después. Fue el 10 de diciembre, tras el triunfo en las elecciones del 30 de octubre del radical Raúl Alfonsín, con el candidato peronista Ítalo Argentino Luder como gran derrotado.
En 1985, los miembros de las tres primeras juntas fueron juzgados y condenados en el gobierno de Raúl Alfonsín por delitos de lesa humanidad y fueron a la cárcel. Y por presión y apoyo popular del gobierno de Néstor Kirchner volvieron a ella en 2007, por decisión de la Corte Suprema de Justicia, luego de haber sido indultados por el tránsfuga presidente Carlos Menem, en 1990.
* El encanto de los libros
Este marco general es al exclusivo efecto de puntualizar la particularidad de ese episodio del robo de libros en la biblioteca reservada del Congreso de la Nación, creada por el gobierno de la Libertadora, por iniciativa del almirante Isaac Francisco Rojas, vicepresidente de la Nación en el golpe de 1955.
¿Para qué la biblioteca reservada, a la que sólo tenían -y tienen- acceso investigadores previamente autorizados? Originalmente, para guardar toda obra escrita, incluyendo revistas, producida a favor en los gobiernos de Juan Domingo Perón (1946/1952 y 1952/1955). Todo, en resguardo de la memoria. Un tiro antiperonista que salió por la culata.
En el comienzo de 1983 seguían siendo pocos los periodistas interesados en la CAL, salvo para aquellos camuflados que trabajan para los servicios de las tres armas y fuerzas de seguridad, como siempre.
Todo en paz hasta que la denuncia de un robo de libros en el Congreso sacudió el avispero.
El ladrón era un cura, Lucas Tapia, un exponente de la Iglesia –a cargo de una parroquia desde 1959 en Villa Ballester-, enajenado por los libros de gran valía histórica que escondía en su sotana de enorme boca. Es lo que hizo en su primera y última visita a la Biblioteca porque fue sorprendido in fraganti por la empleada jefa del sector, Pilar Malleville.
El hecho fue el 18 de enero de 1983. La denuncia se produjo varios días después.
Al cura lo acompañaba el médico Ismael Glusman, un especialista en historia judía, el tercer personaje de este relato que reabre el interés de lo sucedido hace cuarenta años, en las puertas de la democracia y en la casa mayor que la representa.
Con una justicia de cartón en dictadura y un juez que la encarnaba, Martín Anzoáteigui, la que pagó de entrada sin merecerlo por haber formulado la denuncia fue la empleada Malleville que terminó en la cárcel de Ezeiza, mientras jefes burócratas de la Biblioteca se lavaban las manos.
Médico cirujano, solidario y comprometido, Glusman tenía una relación de afecto con Pilar Malleville, viuda y madre de cuatro hijos, que pudo haber sido consumada en algo mayor pero el robo y sus derivaciones lo frustraron.
A Glusman, encima, le costó la vida.
Fue Glusman el que llevó al cura a conocer los libros reservados en el Congreso –con autorización previamente autorizada por las autoridades-, una relación de confianza que provino de la vecindad: Glusman vivía en la calle Pelagio B. Luna 286, de Villa Ballester y la Parroquia se encuentra en la misma calle pero al 326. Ni siquiera tuvieron que cruzar la calle para conocerse y hablar de libros. (1)
* Los hechos y el proceso judicial
21 de enero, tres días después de lo sucedido con el cura Tapia en la biblioteca del Congreso, Glusman va a la casa de Malleville, un viernes, para darle el tomo I de los Acuerdos del Cabildo, una especie de gentileza con ella de parte del ladrón con sotana, que finalmente se había llevado el libro como por arte de magia.
24 de enero, lunes, Pilar Malleville le avisó a sus superiores, comenzando por Eugenio Emilio Piccolini, quien la llevó a ver al director de la Biblioteca, Guillermo Khon Loncarica.
1º de febrero, cinco días después y once desde el robo, Malleville presentó la denuncia, cumpliendo la decisión de Loncarica, temeroso de su propia suerte.
3 de febrero, Malleville fue convocada por la policía para ir a la Parroquia donde tuvo un diálogo abierto con Tapia, quien le dio tres libros que pertenecían a la Biblioteca del Congreso: El tesoro de la lengua guaraní y dos tomos de la Historia de la Compañía de Jesús.
4 de febrero, la policía citó a Malleville para declarar por la visita a Tapia – realizada sin autorización judicial-, tras lo cual fue detenida. Tapia también fue convocado y detenido. El cura declaró que había ido al Congreso para señalar libros que después Glusman sacaría en tachos de basura. Una locura del cura mentiroso.
8 de febrero, Malleville declaró ante el juez federal Anzoátegui, como también lo hizo Tapia. Ambos prosiguieron detenidos e incomunicados. Osvaldo Pasaro, chofer asignado a la Biblioteca, recobró la libertad por ser ajeno a lo sucedido.
9 de febrero, las autoridades de la Biblioteca suspenden a Pilar Malleville y de paso al chofer del sector que no tenía nada que ver con el asunto.
11 de febrero. La policía allanó la Iglesia de Tapia donde, para sorpresa de todos, se encontraron 18 mil libros, 28 de los cuales eran de la Biblioteca del Congreso, de esa partida de 31 que había desaparecido. Había libros de otras instituciones. En la casa de Gluisman no había libros robados.
11 de febrero, el juez Anzoátegui dispuso la prisión preventiva de Tapia y Pilar Malleville prima facie y por semi plena prueba responsables del delito de hurto calificado y partícipes necesarios, en concurso material y en forma reiterada. En cuanto a Glusman, considerado prófugo –que no lo era-, su conducta es calificada como hurto calificado cometido en forma reiterada.
7 de marzo. Glusman retorna al país de su viaje a los Estados Unidos (encuentro con bibliófilos y científicos), del que había informado antes de partir a Piccolini, el subdirector de la Biblioteca, con la empleada Estela Ciruli como testigo, contó Malleville. No era un prófugo. Volvía para enfrentar la situación y al ver a la policía que lo esperaba al pie del avión, habría intentado cortarse las venas en el baño más cercano de la nave. Herido, fue llevado al Hospital de Ezeiza y de allí al Hospital Ramos Mejía, al que llegó en grave estado por presuntas torturas policiales.
15 de marzo, el comisario de la seccional 6ª, José Miguel Amato, da cuenta de otros hurtos de libros en distintas bibliotecas, entre ellas la del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, convento de Santo Domingo, Colegio del Salvador, la de Dante Alighieri y la de la Orden de los Capuchinos, además del Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional.
18 de marzo. Fue excarcelada Pilar Malleville, determinación de la Cámara Federal, sala uno, que rompió el criterio del juez Martín Anzoátegui de cargar sobre la empleada y también sobre Ismael Glusman como para empardar responsabilidades y atenuar el peso sobre el cura ladrón.
24 de marzo. Clarín informa que la sala 1 de la Cámara Federal rechazó el pedido de excarcelación del cura Lucas Tapia, a diferencia de lo que había hecho la semana anterior con la empleada Pilar Malleville. Añade el diario que doce empleados de la Biblioteca del Congreso de la Nación manifestaron en una declaración su absoluta convicción sobre la inocencia de Malleville. En tanto, Glusman continuaba detenido en la Unidad Penal Nº 1 de Caseros.
22 de julio. El diario La Prensa informa que se revocó la preventiva de Ismael Glusman. La Cámara en lo Criminal y Correccional Federal ordenó su inmediata libertad. Resalta en el fallo su disposición en todo momento a colaborar con el esclarecimiento del hecho, lo mismo que Pilar Malleville y que los libros hallados fueron en el domicilio parroquial y no en el domicilio de Glusman. Añadió que, tal como declaró el director de la Biblioteca del Congreso, Alfredo G. Loncarica, Glusman había tramitado el permiso correspondiente para acceder al sector reservado del lugar.
22 de julio. Viernes. A las 23, muere Ismael Glusman en su casa de Pelagio Luna 286, Villa Ballester, partido Gral. SanMartín, por insuficiencia cardíaca subaguda. Intoxicación barbitúricos, según el certificado médico Dr. Osvaldo Hugo Raffo.
25 de julio. Personal de servicio halla en la cama el cuerpo inerte de Glusman , abrigado con una frazada y un vaso en la mesita de luz. Intervino la policía de Villa Ballester y estuvo su mujer que no convivía con él. Vecinos dijeron que lo habían sido visto el viernes, a la tarde, probándose unos zapatos hechos especialmente por una infección que tenía en una pierna. Lo dice un cable de Télam.
26 de julio. El diario La Prensa, al dar la información sobre la muerte de Glusman, indica que allegados a él señalaron que había sido mal tratado en búsqueda de alguna confesión al ser llevado desde el Hospital Ramos Mejía hasta la unidad carcelaria, tarea obviamente realizada por policías.
* En democracia
Lo que había pasado en el mismo lugar ocupado por los militares en dictadura, no estaba registrado en la memoria de ningún legislador a la hora de la democracia. Una muestra de desmemoria o ignorancia, incluyendo a los periodistas y, en primer lugar, a quien escribe estas líneas que había llegado al Congreso por segunda vez como periodista parlamentario.
Pasó 1984 (debate y aprobación de los mecanismos legales para juzgar a los miembros de las tres primeras Juntas de la dictadura), pasó 1985 (juicio y castigo los ex comandantes) y transcurría 1986 cuando en una tarde temprano, el abogado Ricardo Monner Sans buscaba a un periodista de un diario entonces poderoso y confiable para interesarlo en un fallo. Lo acompañaba una señora muy agradable, Pilar Malleville.
El fallo era del juez federal Miguel J. del Castillo, quien el 21 de abril había sobreseído provisoriamente a Malleville y también al cura Tapia dado que la causa había proscripto.
Ese mismo año, el 11 de diciembre, la Cámara Federal en lo Criminal y Correccional, integrada por León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra y Diego Pérez, puso las cosas en su lugar: resolvió activar la causa para Tapia pero la cerró para Malleville en mérito a su “buen nombre y honor”. El infierno judicial para ella había terminado.
Pilar Malleville había rechazado que Glusman se hubiera suicidado como decían los diarios. El jueves a la noche –evocó- hablé por teléfono con él, y estaba muy contento porque había estado con su abogado y ya había puesto sus cosas en marcha”.
Sigue Malleville: Esa noche me pidió que lo despertara a las 9 de la mañana, por teléfono. Lo hice, y me dijo entonces: “Ay, Pilar, porque no me llamás un poco más tarde, a eso de las diez?. A las 10.15 llamé, y me atendió la mucama, la que me dijo: “El doctor acaba de salir”.
Cuenta Malleville que continuó llamando sábado y domingo hasta que una mujer atendió y le dije: El doctor Glusman está muerto”, y cuelga. Volví a llamar para corroborar si era cierto, entonces atiende un hombre que me lo confirma”.
Esa era Pilar. (2)
* La despedida
Pilar Malleville fue plenamente reivindicada después de largos meses de de las que fue víctima de arbitrariedad, incomprensión y tormentos. Primero, aunque en forma tardía, por la justicia, que tanto la había castigado con sufridas penurias en la cárcel, degradantes hasta para los peores delincuentes.
Después, por las máximas autoridades de la biblioteca, que la dejaron sola, que eludieron ser ellos los denunciantes y ponerse al frente de las actuaciones. Y porque después la sacaron del cargo que ocupaba y la degradaron con tareas menores hasta su jubilación, en contraste con la solidaridad de sus compañeros como Estela Cirulli y Ana María Revuelto, entre otros.
En 1996, apareció el libro El Congreso en la trampa, que le dedica al tema catorce páginas en el capítulo cinco, titulado El poder en las sombras, del cual se extraen buena parte de los datos para este artículo. Fue en apoyo a tantos nobles y honestos trabajadores del Poder Legislativo, como lo fue Pilar.
Tiempo después, 1998 ó 1999, probablemente coincidente con su jubilación, Pilar llamó al periodista y en una esquina de su casa, en la zona norte de la ciudad de los porteños, acompañada por una de sus hijas, le dijo: “esto es para usted, es todo lo que tengo sobre lo que pasó”, y le dio un paquete al periodista, equivalente a un legado, que el periodista recibió, agradeció y guardó.
Un fuerte abrazo fue la despedida.
Pasaron los años y casi una década del siglo nuevo cuando el 1º de diciembre de 2008 la Asociación del Personal Legislativo le realizó un homenaje a Pilar Malleville , con la presencia de sus hijos y nietos, trabajadores, autoridades e invitados especiales, como el abogado Monner Sans y el periodista que escribe.
Pilar estuvo todo el tiempo sentada y callada, miraba, mirada que hablaba por ella.
Se presume que poco después falleció.
(1) Numeraciones de entonces de la calle Pelagio Luna. Ahora la Parroquia María Auxiliadora, que permanece en el lugar de siempre, se encuentra en la calle 86 (Pelagio Luna) 2561 ex 326.
(2) Revista Primera Plana 26/8 al 1/9/83. Nota de Helena Serrot.
