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1853 Y PRIMERAS TRES REFORMAS

1853 Y PRIMERAS TRES REFORMAS

  • Escrito por Carlos Ricardo Baeza
  • Categoría de nivel principal o raíz: CONSTITUCIÓN Y REFORMAS
  • Categoría: 1853 Y PRIMERAS TRES REFORMAS
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PASO POR PASO

El proceso iniciado tras la guerra internacional que puso fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas arrancó en 1853 con el trabajoso logro inspirado por Juan Bautista Alberdi y siguió con las armas que llevó a Buenos Aires a jurar la Carta Magna con su incorporación a la Confederación en 1860, tras la derrota en Cepeda del año anterior. Vendría luego la convocatoria a otra reforma, la de 1866, motivada por la guerra contra Paraguay por la necesidad de recursos del presidente Bartolomé Mitre, máximo responsable de ese capítulo que enluta la historia argentina. La última reforma del siglo XIX fue en 1898 para aumemntar el número de miembros de la Cámara de Diputados. Aquí se amplia un poco más este detalle.

* 1853/ 1860

El 31 de mayo de 1852 –a 118 días de la batalla de Caseros- se firmó el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos por el cual todas las provincias se comprometieron a dictar una constitución de naturaleza federal , a cuyo efecto enviarían luego dos diputados a Santa Fe.

La primera sesión preparatoria fue el 15 de noviembre pero no estuvieron los representantes de la provincia de Buenos Aires en conflicto con la Confederación.El Congreso constituyente sesionó sin ellos.

El 1º de mayo de 1853 se sancionó en Santa Fe el proyecto previamente elaborado por una comisión. Fue promulgado por el director provisional, general Justo José de Urquiza el 25 de mayo y jurado el 9 de julio.

El 11 de abril de 1854, la provincia bonaerense sancionó su propia constitución. El enfrentamiento se dirimió con las armas con el triunfo de la Confederación en Cepeda. El 10 de noviembre de 1859 se firmó el pacto de San José de Flores por el que se llamaría a una nueva convención para que los representantes jurasen el texto constitucional si estuvieran de acuerdo o bien propusieran reformas para considerar por una convención nacional ad hoc.

Las enmiendas propuestas fueron aprobadas en Santa Fe entre el 14 y 25 de septiembre de 1860. Buenos Aires juró la constitución nacional el 21 de octubre. Su gobernador era Bartolomé Mitre. Pero las pujas entre Buenos Aires y el interior no habían terminado.

* 1866

Por la guerra contra Paraguay en la que Bartolomé Mitre involucró a la nación en ciernes, la necesidad de recursos obligó a replantear lo establecido por los artículos 4º (recursos del tesoro nacional) y 67 inciso 1º (derechos de exportación), impuesto que iba a vencer ese año. De nuevo, la convención constituyente deliberó en Santa Fe a ese único efecto. Por 22 votos contra 10 el gobierno porteño logró eliminar el límite a los derechos de exportación que 142 años después darían mucho que hablar pero por otra clase de conflicto. (Ver GRANDES DEBATES/ RETENCIONES/ SOJA, CONSTITUCION Y GUERRA).

* 1898

El texto de 1853 establecía que los diputados serían elegidos a razón de uno cada 20 mil habitantes o fracción no menor de 10 mil. Por falta de datos actualizados se fijó la composición de la primera cámara en 50 miembros.

El primer censo nacional realizado entre el 15 y 17 de septiembre de 1869 determinó que el número de pobladores era de 1.830.214, lo que amplió la representación a 86 diputados. Pero el segundo censo -10 de mayo de 1895- arrojó 4.044.911, por lo que la Cámara debía crecer a 193 diputados con lo que ello significaría incluso en sentido económico.

Se declaró la necesidad de una reforma constitucional, que se reunión en la Capital Federal entre el 24 de febrero y el 15 de marzo de 1898. Allí se resolvió elevar la base a razón de un diputado cada 33 mil habitantes o fracción no menor de 16 mil.

También se aprobó que sea el Congreso el que fijase por ley las proporciones luego de cada censo. 

Fuente: Carlos Ricardo Baeza, Las reformas de la Constitución Argentina, A.Z editora

  • Escrito por Armando Vidal
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DE 1853 A 2016

Una mirada hacia el primer contrato federal destinado a imponer reglas de cumplimiento colectivo puede ayudar también a vislumbrar todo el camino que falta hasta el 2016 para que se cumplan los sueños de los dioses del Bicentenario.

 Por Armando Vidal

La Constitución nacional aprobada en 1853 fue la culminación transitoria de profundos desencuentros. Fue la puerta abierta a un mundo en el que la Argentina a la hora del Bicentenario estaba lejos de ingresar todavía.

 “Gobernar es poblar en el sentido que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente, como ha sucedido en los Estados Unidos”, escribía el pensador Juan Bautista Alberdi, en Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, el libro que fue la guía de aquella obra sancionada en Santa Fe el 1º de mayo. Una obra, completada con una modificación imprescindible (1860) y dos circunstanciales (1866, producto de la absurda guerra contra el Paraguay en la que involucró a la Argentina el presidente Bartolomé Mitre y 1898, destinada a adecuar el número de los diputados con relación a la población).

El siglo XX acercaría otros tres convocatorias para otros tantos cambios al texto original.

La primera, considerada en buena medida otra Constitución, fue la que en 1949 promovió Juan Domingo Perón en su primer mandato, que le abriría paso a un segundo de trágico final en 1955.

Se realizó en la propia Cámara de Diputados de la Nación e incluyó la reelección del jefe de Estado, tema que no estaba previsto en el proyecto original. Fue anulada el 27 de abril de 1956 por un bando del régimen de la Revolución Libertadora, que sería avalado en la segunda convocatoria a una reforma que se realizó al año siguiente en Santa Fe sin la participación de la principal fuerza política del país como demostrarían los propios comicios realizados al efecto en los que los votos en blanco fueron mayores que el resto.

La tercera reforma sería la de 1994 que respondió a la exclusiva vocación de poder de un presidente que gobernaría diez años y que tras su paso dejaría un país en llamas, con la participación en su convocatoria del líder del partido opositor, la Unión Cívica Radical, el ex presidente Raúl Alfonsín.

No fueron los extranjeros que Alberdi quiso en su momento pensando en los ingleses que mucho antes se habían ido de sus islas de carbón a tierras desconocidas que tardarían en recorrer en el norte de América.

Aquí llegaron, en cambio mucho después, millones de italianos, españoles y polacos, entre otras comunidades ávidas de paz, pan y trabajo.

No fueron ellos, los inmigrantes, la razón del desconcierto; no lo fueron los gauchos sin tierra, ni los pueblos aborígenes desquiciados, ni los obreros apaleados y muertos, ni los estudiantes con sueños, ni los miles y miles de desaparecidos en una sola generación.

El fracaso fue el fracaso de una elite del poder –civiles y militares- que gobernó a espaldas de la Nación en su conjunto, incluyendo la vanguardia de toda acción cívica que es la prensa.

El diario La Nación , fundado por Mitre a poco del final de aquella guerra si honores, es testigo aunque no declare.

El siglo XX terminó con sangre en la Argentina, siempre dispuesta a derramarla. El siglo nuevo arrancó con pesadas sombras que dilataban el amanecer.

El Bicentenario, tras una primera década de improvisaciones y emergencias, llegaba con su propio bagaje de sueños porque podía abrir el camino como en 1810 y 1910 ambos períodos culminados seis años después.

El cometido de sumar esfuerzos hacia un mismo objetivo consensuado y compartido debía surgir de gobernantes sin riqueza moral, de un pueblo emprobecido en la calle y de una prensa interesada sólo en sus negocios.

¿Cómo asumir entonces la dimensión de esos sueños ? ¿Cómo sacudir el destino para corresponder la dimensión de tantas luchas a lo largo de estos dos siglos?

Lo único que estaba claro es que se presentaba una oportunidad generada por la misma obstinación de ser y que sólo reclamaba pensar en grande como dijo al final de su vida un ex presidente, el político más importante del siglo XX, a modo de conclusión también de sus propios errores.

¿Podría la Argentina de hoy alcanzar hasta el 2016 el equivalente a lo logrado en 1810 y 1910? Belgrano, San Martín, Azurduy, Sáenz Peña e Yrigoyen, los dioses del Bicentenario, venían en su auxilio.