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EL HIJO DEL JUEZ Y LA HIJA DE SU GRAN AMIGO

El juez federal Alejandro Godoy, desalojado de la causa por Lanusse, salvó la vida de pasajeros, marinos y guerrilleros en el aeropuerto de Trelew. Su hijo habla por él y aporta un dato clave en el proceso.

Por Armando Vidal

Héctor Pepe Castro (LU 17 radio de Puerto Madryn), no para y a cada comentario surgido de las charlas con Lili Berardi (radio de San Pedro, semanario La Opinión y portal lanoticia1.com) y con quien escribe aportó la conveniencia de hacer una entrevista. Una de ellas fue con el hijo del entonces juez federal Alejandro Godoy.

El cirujano Alejandro N. Godoy tenía 9 años en 1972 y una memoria que a lo largo del tiempo le permitiría registrar comentarios de su padre, fallecido en los noventa, unos veinte años después de haberse jubilado.

Palabras que le quedaron grabadas.

“Mi padre decía que bajo un brazo tenía la Constitución y en el otro la Biblia y que aquello que no estaba ni en uno ni en otro texto lo interpretaba él como juez que se expresa por sus sentencias. Era muy reservado pero también muy amable”, dijo en una cita en el café Balcarce de la avenida de la costanera de Madryn, donde Pepe suele detener un rato sus corridas de cada día.

Godoy le hablaba a Pepe, que tomaba alguna nota; a Lili, que grababa, y al que escribe que no hacía nada de eso y miraba los ojos claros y con un brillo especial de ese hombre que quería, admiraba y revivía a su padre, ese señor de gesto calmo que muestra la película documental Trelew de Mariana Arruti, que puede ubicarse en Youtube, dividida en tramos y de gran riqueza documental.

Nosotros habíamos visto y escuchado el testimonio de Tomás Maza, el entonces secretario penal del juzgado, previo al de Pepe que, en ese momento (martes 26 de junio), debió aguardar por su condición de testigo en una sala especial acompañado por un prefecto. ¿Tendría algo que decir el hijo del juez? Sí.

- Mi padre lo protegía porque era hermano de un jefe montonero con el que Tomás no tenía nada que ver-, remarcó Alejandro, lo cual explica la razón sustancial por la cual el secretario penal no actuó en la resonante causa.

Como se indica en otras notas de esta misma página, Tomás era hermano de Emilio Maza, uno de los fundadores de Montoneros, uno de los secuestradores de Pedro Eugenio Aramburu y uno de los participantes de la toma de La Calera, en julio de 1970, en la que fue herido y moriría días después.

Allí, en esa respuesta de Alejandro Godoy hijo, estaba la clave de los tantos “no recuerdo” dichos por Maza al fiscal Fernando Gelvez esa mañana. Hechos que no eran olvidos de Maza sino derivados de la decisión del juez de dejarlo afuera de todo: afuera del aeropuerto, afuera de la cárcel y afuera de sus actuaciones.

Godoy, ese juez con cara de bueno, veló por la vida de Tomás, 29 años, casado, dos hijas, militante católico, cuyo testimonio ante el tribunal arrancó recordando que el 15 de agosto de 1972 había ido a misa con su familia porque era Fiesta de guardar, tras lo cual fue notificado en la puerta de su casa de que debía presentarse en el Aeropuerto. De allí, el juez lo remitió a que fuera a la cárcel de Rawson, que estaba tomada y a la que no tuvo acceso por lo que se constituyó en el juzgado, que quedaba en las cercanías, donde esperaría en vano hasta las cuatro de la mañana.

Días después se reencontró con Godoy quien si le hizo alguna referencia concreta de lo sucedido, Maza no la recordaba con precisión, lo cual por otra parte puede presumirse como poco trascedente en consideración de que el juez era un hombre que medía muy bien sus palabras.

 “Quiero reivindicar su memoria” dijo Maza en señal de homenaje y, quizás, de gratitud por ese juez que después de los hechos fue un hombre taciturno y callado, según lo describió.

Godoy dejó escritos y trabajos, diarios y documentos -éstos sobre los hechos en cuestión- y seguramente también alguna referencia que le cupo en un resonante conflicto fronterizo con Chile en 1965, en el que perdiera la vida un carabinero, y en el que una resolución de su autoría sirvió de antecedente para delimitar en Santa Cruz la línea divisoria con Chile, en torno del Fitz Roy.

Lo menciona Alejandro N. Godoy, un hijo orgulloso de su padre.

 * El hombre elegido

Fue Miguel González Gass, el secretario electoral del juzgado de Rawson , el hombre elegido por el juez Godoy, un viejo amigo, también radical,  con quien venían actuando juntos en la Justicia desde una gestión previa en Esquel.

Una decisión al calor de las tensiones de aquella noche del 15 de agosto de 1972 en la que ambos estuvieron juntos en el aeropuerto, entre jóvenes armados en el interior y marinos apostados en el exterior, pasajeros atribulados y atrapados como rehenes, incluyendo a la propia familia de González Gass que quedó allí, también encerrada, al no poder tomar el avión a Buenos Aires proveniente de Comodoro Rivadavia.

González Gass era el padre de Virginia González Gass, la hasta no hace mucho rectora del Colegio Nacional de Buenos Aires y en la actualidad legisladora porteña por el socialismo auténtico que integra la alianza de Proyecto Sur de Pino Solanas. También por lo tanto el padre de Gabriela González Gass, fallecida hace cuatro años, que fuera legisladora porteña y diputada nacional por el radicalismo, además del papá de una pequeña que junto a Virginia y su mujer, la mamá de las tres, profesora de Ciencias en el Colegio Nacional de Trelew, formaban parte de los pasajeros encerrados en el aeropuerto.

Virginia tenía entonces 17 años -Gabriela, que tenía uno menos, se encontraba en Buenos Aires - y estudiaba en el mismo colegio en el que enseñaba su mamá, donde también era profesor Mario Abel Amaya, con quien iniciara su militancia política. Su primer hijo, fallecido en 1980 a poco de nacer, se llamaba Mario Abel. 

En su página (gonzalezgass.com)  Virginia hace una referencia muy acotada acerca de esa dramática noche del '72 que tuvo para la familia un cierre inesperado.

El autor de estas líneas habló con ella, quien expresó gran cariño por Alejandro hijo e hizo otras referencias complementarias que enlazan el destacado papel de su padre al lado de Godoy, el juez que Lanusse sacó de un plumazo del medio para reemplazarlo por un obediente miembro de la Cámara Federal Penal, Jorge Quiroga.

Era el mismo gobierno que tenía por ministro del Interior a un destacado radical: Arturo Mor Roig, ex presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, encargado de pilotear la salida electoral que ya estaba en curso y que culminaría con el triunfo de la fórmula Héctor J. Campora- Vicente Solano Lima, el 11 de marzo de 1973. El 25 de mayo asumiría el gobierno peronista y al día siguiente Cámpora puso fin al Camarón de Quiroga, el juez que sobreseyó a los marinos que hoy se juzgan en Rawson por un tribunal oral federal presidido por Enrique Guanziroli e integrado por Pedro de Diego e Nora Cabrera de Monella.

* Larga espera

La hora parece escabullirse cuando se quiere precisar el momento en que culminaron las negociaciones que tuvieron al juez  Godoy como conciliador entre las partes, las fuerzas de la Armada apostadas afuera del aeropuerto y los guerrilleros adentro hasta que finalmente se llegó al acuerdo, cerrado con la foto de Emilcer Pereyra que dio vuelta al mundo en la que están los 19 de pie junto a las armas que fueron dejadas en el piso, con la aparición, en uno de sus extremos, del secretario González Gass.

De allí pasaron al micro.

Todos tomaron asiento, entre ellos el juez Godoy, el luego diputado radical Mario Abel Amaya y los periodistas Pepe Castro, Adolfo Samyn y Bernardo Feldman, éstos testigos de lo acordado: volver a la cárcel, a la que los mismos frustrados prófugos se comprometían a normalizar, incluso con la ayuda de Agustín Tosco, un referente de todos, que no había querido sumarse a la fuga porque se regía, les dijo, por otras reglas de lucha.

Pero lo que todo había sido movimiento a esa altura camino a la medianoche entró en un profunda e inquietante quietud. Algo sucedía que no estaba a la vista y que aumentaba la angustia y la tensión a medida que pasaban y pasaban los minutos.

Pepe recuerda en el micro los rostros y las miradas duras como las de Ana María Villarreal, la mujer de Roberto Santucho, que tenía enfrente.

Luego llegó Paccagnini, el jefe de la base, con la orden de llevarlos allí, a la base Almirante Zar, y no a la cárcel como se había acordado.

 “La espera fue porque estaban preparando las medidas como la declaración de zona militar de emergencia, lo cual le quitaba jurisdicción a mi padre y la designación en su lugar del juez Quiroga” explicó Alejandro N. Godoy, conclusión evidente también heredada.

Todo ello, una vez que los guerrilleros llegaron a ese acuerdo y dejaron sus armas.

A partir de allí se definieron cuestiones ya decididas con anterioridad. Probablemente ya hacía rato que viajaba con destino a Trelew en un avión militar el juez que no juzgó y absolvió.

Las órdenes superiores rompen los pactos, especialmente cuando una de las partes está desarmada.

El único gesto gentil fue llevar a su casa a la familia de González Gass. La mamá, Virginia y su hermanita fueron llevadas en un auto por el capitán Luis Emilio Sosa, un hombre transformado en fantasma después de los hechos y protegido de la Armada hasta que luego de la anulación de las leyes de la impunidad fue detenido y sometido a este juicio.

 “Ese asesino” diría la ahora diputada.