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LOS GUERRILLEROS Y LA PROMOCIÓN TURÍSTICA

Aunque cueste creerlo, esos hombres decididos a todo, como Gorriarán Merlo, Santucho y Vaca Narvaja, no sólo tuvieron el coraje de huir de la cárcel de Rawson sino, además, de darse el gusto de repartir folletos de turismo de Chubut en Chile y Cuba, tras aquel tenso viaje de 1972. 

Por Armando Vidal

Antonio Torrejón es un nombre asociado directamente con la promoción del turismo de la República Argentina, comenzando por la de su provincia, Chubut. Nació en Puerto Madryn, donde comenzó su carrera que lo llevaría a ser secretario de Turismo de la provincia y también de la Nación. Allí permanece, como su lugar en el mundo, siempre dedicado a su cometido: promover bellezas y disfrutar los resultados.

 

Hombre templado, sereno y amable, como aquella noche, cuando tomó asiento en el avión de Austral, con folletos para un acontecimiento que lo aguardaba en Buenos Aires, en su condición de máximo responsable de Turismo.

Esa nochecita del 15 de agosto de 1972 no fue a Buenos Aires. Iba en ese avión que, evoca, ya carreteaba hacia un extremo de la pista para tomar velocidad con destino a Aeroparque cuando se detuvo por un llamado desde la cabina de control para que una comisión de militares accedieran a la nave.

Una situación de extrema importancia vinculada con chequeo de seguridad, tomando en cuenta la delicadeza del área, en alusión a la cárcel de Rawson que todavía no era noticia.

Eran militares que no eran. Y que, además, no eran los únicos porque desde Comodoro venía viajando otro falso militar uniformado. En total nueve guerrilleros. Los seis de las cúpulas de las distintas organizaciones: Roberto Santucho (conductor del operativo), Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna (los tres del ERP), Roberto Quieto y Marcos Osatinsky (FAR), Fernando Vaca Narvaja (Montoneros) y Carlos Goldemberg (FAR), éste, el pibe que había manejado el auto y los trajo a todos desde la cárcel de Rawson porque desde el exterior del establecimiento formó parte del plan de fuga.

Un operativo que se cumplió parcialmente, motivo por el cual 19 guerrilleros no llegaron a tiempo para subirse al mismo avión.

En un reciente viaje a Puerto Madryn, el firmante de este artículo (pendiente de publicación de aquella cobertura, ver: Trelew, la responsabilidad de Lanuse; Invitación especial, ausencia muy sentida y El hijo del juez y la hija de su gran amigo), junto con la periodista Lili Berardi y el anfitrión, Pepe Castro, director de la radio más importante de la ciudad y, además, testigo clave en el juicio en Rawson por la masacre del 22 de agosto de 1972, compartieron un café con Torrejón, quien respondió de inmediato al llamado de Pepe.

Un café con Torrejón Y también con sus recuerdos de aquella noche en la que él fue uno de los pasajeros obligados del vuelo de Austral que terminó desviado a Chile.

El tiempo permite contar con sonrisas la experiencia vivida porque no fue grato para nadie quedar atrapado de un destino impuesto y ajeno, velado por las armas y acechado por el fantasma de la muerte.

Tampoco para Torrejón, al fin de cuenta un funcionario de la dictadura para esos jóvenes, de los que, también por el destino, sólo vive Vaca Narvaja.

Torrejón era, sí, el responsable de Turismo del gobierno de Chubut, que estaba en manos de un buen marino retirado, el quilmeño Jorge Costa, a quien el autor de estas líneas, también de Quilmes, conoció en esa provincia en 1971.

Hombre de una causa, el turismo, Torrejón sabía que aun en las peores circunstancias podía sacar provecho de la situación que había frustrado su reunión en Buenos Aires, motivo por el cual llevaba tanta folletería en su valija.

¿Acaso no era bueno para los propios guerrilleros su testimonio de buen trato en la odisea que estaban viviendo?

Ellos mismos  lo decían, lo cual seguramente no podrá ser negado por Vaca Narvaja.

Así fue como Torrejón les pidió que en Chile y después en Cuba –porque ese era el destino final del viaje del que hablaban los prófugos- repartieran esos folletos que ya estaba poniendo en manos de cada uno.

Y los guerrilleros los recibieron y, aunque pueda sorprender, cumplieron.