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DE LA ESCUELA DE PERÓN, A LAS URNAS DE CRISTINA

Aquí el autor descubre al chico que lleva adentro y evoca la escuela primaria en tiempos de Perón, por si le puede ser útil a la Presidente de la Nación, Cristina Kirchner, ya que ella no la conoció. Sentido homenaje en el recuerdo al gobernador bonaerense Domingo Mercante. 

Por Armando Vidal

La escuela primaria durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón se mantuvo ajena por completo a la política. Y tal como lo diría Gatica, nadie se metía en política porque todos éramos peronistas. Después vino la “Libertadora” y en mi casa, la de un dirigente sindical peronista, no quedó ni un cuaderno con mis dibujos en la primera hoja, de locomotoras, barcos y tractores y de más obreros con el escudo peronista como protección. Eso fue así hasta 1955.

 

Todas mis maestras, desde primer grado en 1949, cuando Perón reformó la Constitución para seguir siendo Perón, estaban felices con mi obra, obra de Perón. En buena medida, yo soy obra de Perón con un chip diría, con perdón de la palabra, antiperonista cuando los peronistas hacen lo que no deben. Por eso nunca temí pelearme con ellos porque son parte también de mi formación.

Mi papá compraba el diario El Mundo y la revista Mundo Infantil y, a veces, Mundo Deportivo y hasta El Hogar, todos productos de la editorial Haynes, que el gobierno había expropiado para evitar las mentiras de los medios contreras, entre los cuales estaba El Gráfico y Billliken (¿qué hacían ahí? ¿Eran contreras?)) y sobre todo La Prensa y La Nación. Con Clarín no había problema porque era peronista.

En 1951, Perón le dio una gran ayuda a Clarín cuando liquidó por ley a La Prensa, un diario de mucha venta, porque Roberto J. Noble captó para su cartera los clasificados que iban a la cartera de Alberto Gainza Paz.

Todos éramos iguales en la escuela: los chicos con el guardapolvo blanco que se abrochaban adelante y peinados con gomina y las chicas, recuerda Martita, mi hermana, con sus guardapolvos abrochados atrás y tablitas adelante, con colita con moñitos o tomados con un elástico con bolitas en los extremos, además, por supuesto, de trencitas que muchas usaban. Todos, por otra parte, con sus portafolios de cuero marrón y, por lo tanto, sin mochilas cargadas sobre la espalda como ahora.

De todas las maestras de la escuela 17 Leonardo Rosales, de Quilmes la que más tengo presente era la señorita Bonelli, bajita, cara redondita, mejillas coloreadas, la de sexto grado, donde yo componía el trío de altos con Neuro y Atilio Scattolini, encomendados por ella a bajar las pequeñas macetas que colgadas en la pared del patio central aguardaban ser regadas.

La recuerdo porque, al menos para mí, fue una maestra antes del 16 de septiembre de 1955 y otra después cuando volvimos a la escuela y me llamó la atención porque yo le había puesto “Viva Perón” en su cuaderno a mi compañero de banco, enojado porque acaba de descubrir que era contrera y me lo hubiera ocultado tantos años. Ahora que escribo esto creo que ése el gran secreto por el que nunca se reía. Pobre Marcata, cómo habrá sufrido.

Tras casi sesenta años –el tiempo que entonces me separaba...¡ del segundo gobierno de Roca!- escribo estas líneas pensando más en Cristina Kirchner, nuestra Presidente, que en los jóvenes de hoy, con motivo de la discutida incursión de la política partidista en las escuelas. Lo hago para resaltar las diferencias con aquella época ya que ella, nacida en 1953, no las vivió.

Aquellos años eran de franca intolerancia, disimulada en la provincia de Buenos Aires por mérito exclusivo del gobernador Domingo Mercante, que tuvo por ello diferencias disimuladas con Perón porque su perfil y predicamento hacían presumir que podía ser su sucesor, más o menos como hoy, salvando las distancias, sucede con Daniel Scioli por el simple hecho de ser el gobernador bonaerense y haber confesado su deseo de ser presidente de la Nación si Cristina no lograba su tercer mandato.

Mercante no era solo un militar de alto grado, sino un hijo de un trabajador, un maquinista de aquellas locomotoras a vapor, por lo cual fue el verdadero constructor de la relación inicial de Perón con los sindicatos, a poco de iniciada la revolución de 1943. Por tal motivo, Mercante fue el interventor de la Unión Ferroviaria y La Fraternidad, gremios muy importantes en tiempos en que los ingleses eran dueños de los ferrocarriles.

Y para mayor datos sobre este hombre –que el peronismo oficial nunca reivindicó con la dimensión merecida- fue el verdadero hacedor del 17 de octubre, cuando Perón estaba detenido en Martín García y Evita era por entonces solo una novia.

Yo soy heredero de los cariños de mi padre y no de sus odios porque él nunca los tuvo (yo sí: odio y odiaré siempre a los sindicalistas corruptos) y entre esos afectos estaba el que sentía por Mercante, a quien en 1952 sucedería un personaje despreciable como Carlos Vicente Aloé, quien se ocupó de destruir la obra de Mercante y los documentos oficiales, además de perseguirlo y someterlo a un calvario, sufrido en silencio por Mercante y consentido por Perón, nada de lo cual lo salvó, siquiera, de las persecuciones que seguirían después del ´55 que lo llevaron al exilio.

Tengo fotos de mi padre con Mercante –también con Perón y Evita- a quien yo nunca le hice un dibujo cuando era chico. Le voy a pedir a Mariano, que heredó y desarrolló mi pasión por el dibujo, que me haga uno para mirarlo todos los días y agradecerle los bellos días de mi infancia, mérito de él en la provincia de Buenos Aires.

Todo está tan lejos y, sin embargo, vuelven en mí sensaciones guardadas en algún rincón del corazón porque a las aguas de Heráclito las frenan las sudestadas  que, a veces, inundan escuelas.

Hoy, en las escuelas primarias y secundarias, la política permanece en la puerta pero la que entró y se hizo dueña de las aulas, es la realidad social, educativa y cultural ajena a los textos y libros, que han transformado a los establecimientos en ámbitos de contención que superan a los propios docentes. Los diarios se ocupan de registrarlo, del mismo modo que la televisión, con sus infinitas muestras de violencia y perversión, se encarga de alentarlo.

Para el gobierno de Cristina ha sido más fácil controlar las especulaciones con el dólar que entrar a fondo con esta delicada cuestión que padecen todos los distritos, incluyendo a la ciudad autónoma de Buenos Aires.

Más que la política partidaria en las escuelas, el propio gobierno de la Nación y el de cada provincia deberían entrar en las escuelas declarando la emergencia educativa en serio, dánole al Congreso de la Nación el papel reparador de lo que hizo cuando declaró la emergencia económica, la reforma del Estado y, después, la llamada ley federal de Educación, respondiendo ciegamente a Carlos Menem y luego, además, a su ministro de Economía, Domingo Cavallo.

Primero eso y después todo lo demás, incluyendo bajar la edad para votar a los 16 años.

Eso sí sería trascender a Perón y sus propias debilidades, que no puedo calificarlas de miserias humanas por todo lo que vino después del maldito golpe de 1955.