A+ A A-

ESA NOCHE EN LA QUE LLEGÓ LA DICTADURA

La noche del 24 de marzo de 1976 abrió un período oprobioso en la historia argentina, con 30 mil desaparecidos y la gestación de una deuda externa que es la que hoy tiene a la Argentina peleando en la justicia norteamericana contra los fondos buitres. Evocación de un respetado político de bien. 

Por Héctor H. Dalmau (*)

La noche del nefasto miércoles 24 de marzo de 1976 estaba solo en mi despacho de presidente del bloque de diputados del Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli) de la Legislaltura en Misiones.

 

Estaba solo, escuchando las noticias por ZP5 y ZPA5, radio Encarnación de la ciudad homónima del Paraguay y radio Colonia de la República Oriental del Uruguay.

Según me había comentado un amigo -subjefe del distrito militar de Posadas- ese día se daría el golpe de estado. Si así acontecía, decidí, los golpistas me encontrarían en mi lugar de trabajo como representante del pueblo de esa querida provincia.

No imaginé que esa decisión sería fundamental para no ser detenido por el Ejército como otros colegas y trasladado luego a diferentes cárceles, incluyendo la tristemente famosa de Resistencia, como pasó con quienes luego fueron sacados para ser fusilados en Margarita Belén.

Al quedarme en el Palacio Legislativo de Posadas estaba, sin saberlo, en la vereda de enfrente del área jurisdiccional del Ejército. La vereda salvadora de la calle Ivanowsky, que era parte de la vieja costanera, pertenecía a la Prefectura Nacional.

De modo que fue por eso que gracias a Dios estoy escribiendo este recuerdo, que tomó forma de cruda realidad en el momento en que un empleado del bloque, que yo mismo había nombrado, abrió la puerta a un pelotón de marineros y señalándome dijo con tono de denuncia:

- ¡ Ese es Dalmau!

Una mueca de satisfacción había en su cara (“No se por qué no me quiere si yo nunca le hice un favor”, decía mi padre), tras lo cual vi los ojos del jefe de un comando que, con voz serena no exenta de autoridad, señaló:

- Ciudadano Dalmau, desde este momento está a disposición de la Prefectura Naval Argentina, por orden del Poder Ejecutivo Nacional.

Me paré y me apresté a recibir algún tipo de agresión física que no se produjo: se limitaron a pedirme que los acompañara. Así lo hice y fuimos hasta la oficina del Presidente de la  Cámara de Representantes, quien no estaba pues acompañaba en ese momento al gobernador, esperando seguramente la misma noticia.

Una vez allí  el jefe del pelotón me hizo firmar una serie de papeles, que no pasaban de ser un compendio de mis datos y otras estipulaciones casi sin importancia.

Tras ello, me informó que la orden que había recibido era comunicarme que mi detención sería domiciliaria y que consignara el lugar donde estaría en Posadas dado que yo vivía en Campo Ramón.

Luego ordenó que me acompañaran hasta pasar la última barricada de las tres con las que habían clausurado las calles de la Legislatura.

Al salir, respiré hondo el aire fresco y húmedo aromado por los cientos de árboles del denominado Parque Paraguayo y me encomendé a Dios pues no sabía qué iba a suceder. Miré al Paraná y me pregunté si sería lo último que iba a ver. Quizás me fusilaran del otro lado de la última barricada, aduciendo un intento de fuga.

A medida que me acercaba a un montón de maderos y alambres de púas sentía que se me aflojaban las piernas pero enderecé hacia el lugar por donde sólo podía pasar una persona. Al llegar al pequeño pasadizo, uno de uniformados que me llevaban me dijo que debía seguir caminando sin detenerme hasta el domicilio declarado que ellos me seguirían con el jeep.

Eran dieciséis cuadras recorridas con la impresión de tener varios fusiles apoyados en la espalda, dieciséis largas e interminables cuadras que mantenían la sensación de que en cualquier momento me iban a disparar.

Posadas,  La Hermosa, se tornó sombría, tétrica, espeluznante, y ni las luces de la plaza me quitaron esa sensación de estar viviendo una irrealidad, con los focos del vehículo militar que se hamacaban al pasar los pozos de las calles terradas del barrio La Cantera, donde vivían mis suegros, movimiento que a la vez hamacaban mi sombra.

 Cuando llegué al zaguán de entrada, el jeep se detuvo, bajaron dos de esos hombres y golpearon la puerta.

Cuando mi suegro abrió, uno de mis custodios, sin saludo alguno le espetó que lo hacían responsable de mi permanencia en ese lugar, mientras otro alumbraba con una linterna una carpeta que apoyaba en la pared y escribía los datos de la dirección y del dueño de casa.

- Este hombre tiene prohibido salir-, dijo el uniformado.

- No se hagan problemas, a mí me interesa más que a ustedes protegerlo porque en la calle corre peligro- contestó mi suegro.

Al ratito nomás, tronó el motor de su viejo Plymouth modelo 39. “Antes de que te despiertes, estaré de vuelta con tu familia” me había dicho.

Así fue.

Miles de argentinos no tuvieron mi suerte en la dictadura más atroz que se iniciara esa noche.

A ellos mi homenaje.

(*) NdE: Chiquito Dalmau fue, entre otros cargos, dos veces diputado nacional y un político peronista reconocido por su dignidad y honradez.