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ANASTASIO DUARTE, RECUERDO DEL OLVIDO

Un soldado desgastado por la vida, el alcohol y las batallas en el parto de la Patria, fue condenado al destierro por el jacobino Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta, por el brindis inoportuno en homenaje a Saavedra en una noche de festejos. Es hora de desagraviarlo, dicen.

Por Emiliano Vidal

El apellido Duarte en la historia argentina tiene un nombre que lo diferencia: Anastasio. Y no hay registro que lo vincule con los Duarte, de Los Toldos. El revisionismo histórico puso luz sobre él.

Era un militar de la Revolución de Mayo. Uno de esos soldados dispuestos a dar la vida por la causa que le había dado sentido a la vida.

Extraño caso el suyo: lo condenaron por un mero brindis. A siete meses del grito de Mayo de 1810, cuando la Revolución se estaba propagando por todo el virreinato de Río de la Plata, Anastasio Duarte tuvo su noche fatal. Una noche calurosa y más todavía en los cuarteles, a la hora de los festejos por recientes batallas ganadas. (*).

Noche de fiesta porque estaba presente la máxima atracción que podían esperar: titular de la Primera Junta de Gobierno, Cornelio Saavedra, militar como ellos.

En ese clima fue que ingresó el capital retirado Atanasio Duarte, veterano de muchos entreveros que animado por tragos de caña decidió consumar un gesto de cortesía. Y así, como un caballero, ofreció un postre a doña Saturnina Otárola, esposa de Saavedra, lo cual, si bien no eran tiempos de rígidos protocolos, tenía algo de inapropiado.

Pero no quedó en eso: mirando a Saavedra, Duarte levantó su copa y lanzó una especie de proclama que sorprendió a propios y a extraños. “La América espera que Vuestra Excelencia empuñe el cetro y ciña la corona”, exclamó con cara de brindis.

Hubo aplausos y hasta un apretón de manos por parte de don Cornelio, quien años después escribiría en sus Memorias que a ese hecho no le concedió ninguna importancia.

Saavedra respondió con un saludo de manos y olvidó la cuestión pero distinta fue la trascendencia que otros le dieron a la desubicación de Anastasio porque de inmediato corrieron a contarle al filoso y un tanto inmaduro secretario de Gobierno y Guerra, Mariano Moreno, enemigo puertas adentro de Saavedra.

Abogado y periodista al estilo de la época, Moreno no dejó pasar el asunto y tomó rápidas decisiones. Primero, contra Duarte y luego contra el propio Saavedra.

Duarte, que era un cuarentón desgastado, es decir un hombre mayor en esos tiempos, fue castigado con la pena de destierro perpetuo de Buenos Aires, una aldea que era asiento del poder y que al mismo tiempo significaba lo más importante con relación al resto de los territorios. Duarte aceptó y nunca regresó.

¿Cuál fue el crimen cometido por ese capitán retirado que a juicio de Moreno mereciera tal castigo? ¿No contempló que Anastasio era un alcohólico? ¿Que había luchado cuerpo a cuerpo con los ingleses como lugarteniente de Santiago de Liners, a quien Moreno, cuatro meses atrás, había ordenado fusilar sin miramientos?

Fusilar a un héroe de la Patria en ciernes, como Liniers, desterrar a un viejo combatiente alcohólico, como Duarte, son parte también de la obra de Moreno.

Saavedra y Moreno impulsaban una revolución en nombre del rey depuesto en España Fernando VII, una estrategia política surgida de la propia debilidad del movimeinto porque era una revolución enmascarada.

 ¿Entonces, con qué fin potenció las palabras al viento de Duarte en cuanto a eso de de sacarle la corona al rey para dársela a Saavedra cuando ya lo había hecho Napoleón y la tenía él en su cabeza en nombre de Francia? ¿Acaso porque podían afectar las propias intenciones de Moreno de preservar el virreinato bajo la protección inglesa, la otra potencia del momento?

Saavedra representaba los intereses del interior y Moreno el de los porteños, la madre de todas las internas que continuaría entre federales y unitarios hasta hoy. Civilización o barbarie. Gauchos o puerto.

A Duarte nunca le levantaron la pena y murió sin dejar registro luego de andar por los andurriales peleándose a puño limpio contra los que denostaban la causa patriótica.

Moreno murió antes en alta mar, camino a Europa, muerte sospechosa que muchos no lloraron, ni llorarán.

Moreno siempre tiene quien le escribe; Anastasio Duarte, nunca tuvo a nadie.

Es hora de desagraviar su nombre.

(*) Las batallas en ese período fueron: 1) Combate de Cotagaita, 27 de octubre de 1810, ejército a cargo Antonio González Balcarce. Triunfo realista. 2) Batalla de Suipacha, departamento de Potosí, 7 de noviembre de 1810, ejército de Antonio González Balcarce, Triunfo patriota. 3) Batalla de Aroma, Oruro, Bolivia. 15 de noviembre de 1810, ejército a cargo de Esteban Arze, triunfo patriota y 4) Combate de Campichuelo, 19 de diciembre de 1810, ejército de Manuel Artiga Thompson,  triunfo patriota.