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1978, LA MISIÓN DE SAMORÉ

A viente años de sucedido en 1978, aquí se recuerda la misión de paz de Antonio Samoré en su doble viaje a Chile y la tarea de un pequeño grupo de periodistas argentinos que también voló sobre los tanques. Una lucecita de esperanza, la pregunta para la paz de José Ignacio López.

Por Armando Vidal

 Hace veinte años, Antonio Samoré, un cardenal amante de los libros, se transformó de pronto en el enviado especial del Sumo Pontífice a una misión difícil, casi imposible.

Piel blanca, mejillas rosadas, calmo por naturaleza, Samoré era un hombre bueno, paciente y capaz de enhebrar gestos, silencios y palabras para sosegar pasiones y contener ignorancias.

 Un arrebato de locura dominaba a los Andes tras el fallo del tribunal arbitral que, en mayo de 1977, había concedido a Chile la posesión de las tres islas en centenaria disputa (la Lennox, la Picton y la Nueva).

Incapaces de hallar otra vía de solución, los militares que gobernaban en uno y otro país iban camino a la guerra.

Hace veinte años, en pleno clima navideño, un avión lo trajo a Buenos Aires, y en pocas horas otro lo llevó a Santiago de Chile, seguido esta vez por un grupo muy reducido de periodistas argentinos.

El avión volaba sobre tanques y aprestos bélicos que teñían de rojo la montaña.

El cardenal Samoré, ese 26 de diciembre de 1978, tuvo de inmediato su audiencia con el entonces superpoderoso general chileno Augusto Pinochet.

Fue su segundo paso, tras idéntico cometido realizado apenas unas horas antes con Jorge Rafael Videla, en ese momento al frente del gobierno de facto en la Argentina.

Los cronistas argentinos -en tiempos en que, salvo Venezuela y Colombia, la política sudamericana estaba confinada a los cuarteles- no eran, ni se sentían, corresponsales de guerra.

Sin embargo, la guerra era algo más que una posibilidad concreta. No sólo por el alto grado de tensión militar sino, además, por las bravuconadas de quienes lograban así diferenciarse de Pinochet y Videla.

Allá, el entonces jefe de la marina, José Toribio Merino (llegó a decir, irónicamente, que las Malvinas eran un brazo del Mapocho); acá, su igual Eduardo Massera; allá, el jefe de los aeronautas, Fernando Mathei; acá, el dueño de la vida en Córdoba, Benjamín Menéndez, titular del Tercer Cuerpo de Ejército.

Conminados a ser testigos de la historia, esos periodistas tenían sus propias historias.

Uno de ellos venía de vivir en Venezuela, donde halló afectos inolvidables de colegas chilenos arrojados lejos por la dictadura trasandina.

Otro escriba de ese grupo de no más de cinco voluntarios y que tiempo antes había sufrido en carne propia la intolerancia por sus profundas convicciones religiosas, sería el que a la postre impondría con su fino tacto un sello de fe a la gestión de Samoré.

Ansiosos y desinformados, los cronistas criollos decidieron esperar en la sede de la Nunciatura santiaguina el retorno del obispo de su reunión con Pinochet.

El atardecer se filtraba por los vitrales del pequeño vestíbulo del edificio de corte clásico donde Samoré se alojó con sus esperanzas y miedos.

Allí lo sorprendieron los periodistas argentinos. 

-Pero hijos, no tengo nada para decir porque esta tarea recién ha comenzado-, se excusó Samoré.

Costaba abordar a ese hombre que irradiaba paz pese a la complejidad del cuadro de situación, impuesto por quienes habían optado por atrincherarse con intenciones exactamente contrarias a las que hermanaron a José de San Martín y Bernardo OHiggins en la hora de la liberación.

Fue entonces cuando José Ignacio López, en aquella ocasión remitido a ese escenario por la agencia Noticias Argentinas -luego vocero del presidente Raúl Alfonsín y hoy columnista del diario La Nación-, preguntó de una forma difícil de transmitir en un texto escrito con la emoción que contenía

.-¿Monseñor, acaso no hay una lucecita de esperanza?-, deslizó, con la misma suavidad que empleaba Samoré.

-Sí, hijo. Siempre hay una lucecita-, respondió el obispo, con énfasis y una sonrisa que perdura en la memoria.

Esa noche comieron juntos los periodistas argentinos con chilenos, entre ellos, Magalí Alegría, la hija de Román Alegría, el ex jefe de prensa del presidente Eduardo Frei padre. El fue uno de los tantos políticos obligados a hallar refugio en la tierra de Simón Bolívar, donde comandó la redacción de una revista en la que trabajó más de un argentino.

Con el año nuevo, Samoré viajó por segunda vez a Santiago para llevar la respuesta de la junta militar asentada en Buenos Aires.

Esa noche, periodistas chilenos y argentinos volvieron a brindar por la paz.

La lucecita se transformaría luego en el acuerdo de Montevideo y cinco años después en el Tratado de Paz y Amistad con Chile.

Mérito sustancial de Antonio Samoré, que bien se ganó el monumento que, allá y acá, le falta a su memoria.

Volanta, título, bajada y destacado: Relaciones argentino-chilenas: La gestión de la Iglesia en el conflicto del Beagle/ La lucecita de esperanza que brilló con el cardenal Samoré/ El enviado del Papa viajó a Chile en la Navidad de 1978, para evitar la guerra/ Un testimonio de aquellos días

Fuente: Clarín, 7/12/98