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LA MATANZA DE NIÑOS EN LA GUERRA DE MITRE

La participación de autoridades máximas de la Argentina en contra de los intereses nacionales tiene en la Guerra del Paraguay su mejor ejemplo. Transcurrió entre 1865 y 1870, de modo que estamos en el sesquicentenario de un hecho que comenzó con el ataque brasileño con apoyo argentino a la ciudad oriental de Paysandú.  La guerra de la Triple Alianza comprendió los tres últimos años de la presidencia de Bartolomé Mitre y los dos primeros de la gestión de Sarmiento.

Por Héctor Dalmau

Desconozco si el autor de la nota sobre la guerra de la Triple Alianza (1) tiene profundos conocimientos debido a la manera estadística de relatar los hechos porque comete omisiones y errores muy gruesos. Por ejemplo no hablar del genocidio de Niños de Acosta Nú (Rubio Acosta).

Fue el 16 de agosto de 1869. Lo relato con una parte de un documento hallado en la Biblioteca Nacional Paraguaya de Asunción y que me permito pegar tal cual lo copié; parte en guaraní, con su traducción al español (2).

Aquí, va la versión en nuestra lengua.

Con nada a favor y con todo en contra, aquellos niños paraguayos valerosos ofrecieron su vida en defensa de la Patria. Caballero comandaba la fuerza paraguaya, con el apoyo del Coronel Bernardo Franco y del Coronel Florentín Oviedo.

La fuerza de nuestro país estaba conformada por cerca de 4.000 soldados.

Aproximadamente a las 8 horas de esa mañana, nuestra tropa fue alcanzada por las fuerzas aliadas, que eran en número de 20.000 soldados y estaban comandados por el Conde D’Eu. Las fuerzas enemigas se hicieron sentir también mediante su caballería que a su paso hacía retumbar el sitio de Acosta Ñu.

La batalla se extendió hasta las 17 horas de ese día. Los niños y jóvenes paraguayos no pudieron contra tamaña fuerza y lentamente fueron muertos despiadadamente.

Casi en el final de la batalla, la fuerza enemiga prendió fuego al campo de combate y fue así que Acosta Ñu ardió en llamas.

Llantos y gritos se escuchaban en esa densa humareda.

Así murieron todos nuestros niños y jóvenes combatientes.

Es bueno aclarar que el general en jefe de las tropas brasileñas era el Conde de EU, un mercenario francés yerno de Pedro II.

Con respecto a Curupaytí no puede nadie que se precie de narrador obviar la descripción del escenario en el que se realizó ese combate, en medio de una copiosa lluvia, con soldados argentinos bajando de los barcos con el agua al pecho. Venían de pasar dos grandes trincheras en la playa anterior, al pie de un cerro en cuya cúspide estaba esperándolos toda la artillería paraguaya.

Bajo las balas debieron atravesar grandes trincheras en la arena llenas de ramas espinosas.

En ese escenario murieron más de 20.000 aliados, fuerzas derrotadas por 5.000 patriotas paraguayos.

La playa se cubrió soldados abatidos, tal como muestra uno de los célebres cuadros de Cándido López, que como soldado perdió la mano derecha en esa batalla y como pintor la reconstruyó con la mano izquierda años después.

Tal fue la facilidad operativa de los paraguayos que uno de sus viejos guerreros dejó el testimonio de que chupaban naranjas sostenidas con una mano mientras que con la otra disparaban el fusil sin apuntar.

"Ennegramos la playa matando a casi 10.00 cambá", dijo.

Los cambá eran los negros afroargentinos, que Bartolomé Mitre mandó a la muerte a fin de limpiar étnicamente a Buenos Aires. Es decir,  que el número de bajas argentinas fue tres veces superior a lo que el autor señala en su artículo.

Además no puede dejar de consignar que en esa batalla fue herido de gravedad Dominguito Sarmiento, quien murió en el barco que lo llevaba a Buenos Aires para su atención. Su padre era el presidente que acababa de suceder a Mitre (presidente entre 1862 y 1868) con mandato hasta 1874.

En contraste con las bajas en las fuerzas de la Alianza, los paraguayos perdieron menos de un centenar de hombres.

El desastre de Curupaytí, que constituye un cumplido ejemplo del fracaso de un ataque frontal sin reconocimiento previo contra una posición prácticamente inexpugnable, paralizó las operaciones de los aliados durante diez meses. Y terminó de hundir el ya mermado prestigio de Mitre como generalísimo.

También reavivó especialmente en la Argentina el rechazo popular a la guerra, lo cual devino en una serie de levantamientos en las provincias que hicieron forzoso retirar tropas del frente.

Y que llevara a Carlos Guido y Spano a escribir Nenia (canción fúnebre), en homenaje al pueblo paraguayo. Vale recordarla.

En idioma guaraní, una joven paraguaya tiernas endechas ensaya, cantando en el arpa así, en idioma guaraní:

¡Llora, llora urutaú; en las ramas del yatay, ya no existe el Paraguay; onde nací como tú  ¡llora, llora urutaú!

¡En el dulce Lambaré, feliz era en mi cabaña; vino la guerra y su saña; no ha dejado nada en pie en el dulce Lambaré!

¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay! Todo en el mundo he perdido; en mi corazón partido; sólo amargas penas hay ­ ¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!

De un verde ubirapitá; mi novio que combatió como un héroe en el Timbó, Al pie sepultado está ¡de un verde ubirapitá!

Rasgado el blanco tipoy; tengo en señal de mi duelo, y en aquel sagrado suelo; de rodillas siempre estoy, rasgado en blando tipoy.

Lo mataron los cambá; no pudiéndolo rendir; él fue el último en salir; de Curuzú y Humaitá ­ ¡Lo mataron los cambá!

¡Por qué, cielos, no morí; cuando me estrechó triunfante entre sus brazos mi amante; después de Curupaití! ¡Por qué, cielos, no morí!...

¡Llora, llora, urutaú: en las ramas del yatay; ya no existe el Paraguay; donde nací como tú.

 ¡Llora, llora, urutaú!

En fin, este señor, sin dudas, poco investigó sobre este hecho de tanta relevancia, al punto de no mencionar a Ireneu Evangelista de Souza, financista brasileño que a la sazón desde sus bancos en Montevideo y Rosario manejaba con dinero inglés las economías de la Argentina y Uruguay.

Y que al término de la guerra exigió como pago la entrega del río Salado del sur para hacer un sistema navegable desde el Atlántico hasta Villa Mercedes, San Luis. Quería unir a ese río, que marcaba el límite con la barbarie, con el río Quinto.

Pero como dice la conocida frase, ésa es otra historia.

(1) El artículo con estilo de cronología titulado Sesquicentenario de una guerra infame, pertenece al mayor (R) Sergio Toyos. Formó parte de la tapa anterior de Congreso Abierto y puede leerse con sólo cliquear 2 en la enumeración que se hace al pie de las tapas.
(2) Upe ñorairô ojepysókuri 17 aravo peve. Mitâmimi ikangy ha mbeguekatúpe oñeme’ê. Ha’ekuéra katu ojeity umi mitâ ári ha ojuka chupekuéra mba’everôguáicha; ha opapotávo ñorairô, ohapy hikuái Acosta Ñu. Upépe oî hasê ha osapukáiva tatatî apytépe. Péicha omanomba hikuái umi ñane retâygUpeichavérôjepe, umi mitâ oñembopy’aguasu ha oñorairô ñane retâ rayhupápe. Imotenondehárô oî Bernardino Caballero ha omoirû chupe Coronel Bernardo Franco ha Coronel Florentín Oviedo. Ñane retâyguára hetavérô oî hikuái 4.000 ñorairôhára rupi. Upe ára, 8 aravo rupi, ohupytýkuri chupekuéra umi moñái. Ha’ekuéra oîkuri 20.000 ñorairôhára ha omotenonde chupekuéra Conde D’Eu. Ijapytekuéra oîva’ekue avei kavaju arigua omosununúva Acosta Ñu.
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