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1973, EL VUELO DEL RETORNO DE PERÓN

El 20 de julio de 1973 se produjo el retorno definitivo de Juan D. Perón. Lo recibió una matanza inducida entre peronistas. Por ello, renunció Héctor J. Cámpora a la presidencia, cargo al que había accedido el 25 de mayo de ese año tras ganar las elecciones del 11 de marzo, en las que la dictadura saliente habia impedido la participación del general exiliado en España. Tras un interinato a cargo de Raúl Lastiri, Perón ganó las elecciones del 23 de septiembre y el 12 de octubre asumió el gobierno. Murió 216 después. Estas referencias son útiles para valorar mejor la importancia de este artículo firmado por un periodista no peronista y otro que sí lo era.

Por Roberto Fernández Taboada y Pedro Olgo Ochoa

El charter ya perforaba la madrugada sobre el Atlántico, cuando Perón sintió una llamarada de dolor debajo de las costillas. Le pareció que era ese problema duodenal que de tanto en tanto lo ponía en jaque y por eso echó mano a las pastillas de alcalino que siempre llevaba con él. Pero esta vez no le calmaron el dolor.

Atrás, en la cabina, venía un mundo de gente y allí Cámpora —el presidente— prodigaba su prolija sonrisa ajeno a la escena que en ese momento vivía su jefe. Y también, por supuesto, ajeno a la otra escena que no muchas horas después iba a vivir, nervioso y congestionado, en la casa de Gaspar Campos.

— El general está con frío. La calefacción está muy baja — , dijo el presidente de la Cámara de Diputados.

 — ¿A usted le parece, Lastiri? —inquirió, preocupada, Isabel.

Lastiri le acercó un vaso de whisky y al rato el general empezó a sentirse mejor. Y no sólo él, sino también las otras cinco personas que viajaban en el compartimiento: Isabel Perón, Raúl Lastiri, el ministro Antonio Benítez y las mujeres de ambos.

Perón había tenido una angina de pecho. Había caminado por la mortal comisa del infarto. En Ezeiza ya habían empezado los desórdenes, que dejarían como saldo decenas de muertos, cuando el avión llegó a Porto Alegre.

El vicepresidente —pero entonces presidente en ejercicio— se comunicó con Cámpora:

— El charter no puede aterrizar en Ezeiza —resolvió Vicente Solano Lima.

Cámpora discutió un momento con el vicepresidente. No podía creer o entender lo que estaba pasando.

El charter aterrizó en Morón. Allí, Perón se encaró con el ministro Esteban Righi:

— La culpa la tiene usted, chiquilín, que no ha sabido hacer las cosas. Algunos testigos aseguran que Perón, visiblemente enojado, lo increpó con algo más que ese chiquilín despectivo al ministro del Interior del presidente Cámpora.

En el fárrago, las crónicas de ese día —informadas de apuro y tangencialmente— maliciaron no sin cierta puntería: ". . .el general Perón no estaría bien de salud" y ". . .el ministro Righi habría presentado la renuncia".

Pero durante casi una veintena de días —hasta que la noticia fue anticipada por Solano Lima a un grupo de periodistas casi exactamente a las diez y media de la noche del jueves 12 de julio de 1973— ignoraron que en los hechos Cámpora ya había perdido el puente de mando de la Casa Rosada en la mañana del 21 de junio, justo un día después de la matanza de Ezeiza.

Las razones más íntimas que impulsaron a Perón a designar a Héctor J. Cámpora, primero su delegado personal y más tarde candidato a la Presidencia, seguirán siendo materia de polémica.

Se ha hablado de su docilidad, de sus largos años de militancia, de su lealtad al jefe.

Pero días pasados, un ex ministro del gabinete de Cámpora, también ex ministro del gabinete de Perón y hombre de la vieja guardia peronista añadió otro argumento: "¿Por qué Cámpora? Habrá otras razones. No las niego. Pero ésta fue fundamental: Cámpora era un hombre al que las Fuerzas Armadas —para decirlo gráficamente— no lo tragaban por nada del mundo. Y Perón calibró que si los militares terminaban aceptando a Cámpora, con él no tendrían después el más mínimo problema".

Perón pasó la noche del 20 de junio en la residencia de Olivos. El 21, muy temprano y sin que Cámpora fuera enterado, salió de la quinta presidencial por la puerta 5 eludiendo la gruesa guardia periodística. Un poco después llegó a su casa de Gaspar Campos 1065.

Entre las 7 y las 8 y media de la mañana empezaron a sonar los teléfonos en las casas de los ministros del gabinete de Cámpora.

Pero no en la de todos.

El mensaje, detrás del cual bien pudo haber estado la propia voz de José López Rega, era muy simple:

— Véngase a Gaspar Campos que el general quiere hablarle. El gabinete se reunió con la notoria ausencia de Esteban Righi, ministro del Interior, y de Juan Carlos Puig, ministro de Relaciones Exteriores.

Era el ala izquierda de Cámpora, otro notorio ausente en los primeros tramos de la reunión.

Los ministros estaban apichonados, sentados a esa mesa ubicada en una de las salas de la planta baja de Gaspar Campos.

"Imagínese — recordó días atrás ante Somos uno de aquellos ex ministros —. El jefe nos estaba diciendo que no le era grato el mundo que rodeaba a Cámpora. Que contrariaba no sólo sus ideales sino también sus propósitos. Quería un gobierno serio, prudente. Grato a la mayoría de los argentinos. Y bueno, al fin y al cabo, aunque nosotros éramos de la vieja guardia, lo cierto era que también éramos los ministros de Cámpora".

Todo parece sugerir que Cámpora notó rápidamente en Olivos la ausencia de Perón que era más madrugador que él. Inmediatamente se puso en marcha hacia Gaspar Campos. Cuando entró, Perón ya estaba hablándole a sus ministros.

Era una atmósfera de enorme tensión.

El edecán, coronel Corral, quiso retirarse.

Pero Perón, adelantando un tanto su mano, lo detuvo:

—No. No. Quédese.

Era obvio que quería tener un testigo militar.

"Entonces —recordó ante Somos uno de los asistentes a aquella reunión cumbre— el general le reprochó a Cámpora, en términos muy duros, la infiltración izquierdista en el gobierno. Y le criticó los nombramientos que, dentro de esa tendencia, había producido. Perón levantaba el dedo índice mientras hablaba. Yo nunca lo había visto así. Estaba muy enojado, muy disgustado. Estaba marcada ya la ruptura con Cámpora".

La reunión duró algo menos de una hora.

Los cronistas apostados a dos cuadras de la casa de Gaspar Campos (no era posible acercarse más) detectaron la llegada de algunos de los ministros. Pero eso, claro está, era algo natural: al fin y al cabo Perón estaba de vuelta en el país.

Sin embargo esa reunión había sido crucial.

El día 23 los cronistas también vieron pasar rumbo a la casa de Perón a Benito Llambí, director de ceremonial de la Cancillería. Pareció una visita de rutina. Pero en ese encuentro Perón le ofreció el Ministerio del Interior.

Entre la vieja guardia peronista se comenta que Perón había sugerido los nombres de Antonio Benítez para la cartera de Interior y posiblemente a Llambí para Relaciones Exteriores.

Pero Cámpora, presionado por la Tendencia, negoció los nombres de Righi y Juan Carlos Puig.

Cuando subió Lastiri, éstos fueron los dos únicos cambios que se produjeron en el gabinete. Llambí fue a Interior y Juan Vignes a la Cancillería.

*Aquella noche

Esa noche del 21 de junio de 1973 Perón pronunció un enérgico discurso. Lo armó sobre el esqueleto que había preparado ya en España para redondear con la improvisación tras su llegada a Ezeiza.

Tal vez (siempre se pensó así) en cuanto conoció los trágicos desórdenes corrigió algunos párrafos y añadió otros.

En ese discurso llamó a un acuerdo nacional ("...Este es un problema que lo arreglamos entre todos los argentinos o no lo arregla nadie. Por eso deseo hacer un llamado a todos para que comencemos a ponemos de acuerdo...") y lanzó sugestivos dardos:

-- Los peronistas tenemos que retomar a la conducción de nuestro movimiento, ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo desde abajo o desde arriba.

-- Deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales que por ese camino van mal.

-- A los enemigos embozados, encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento.

La noche del 26 de junio Perón volvió a sentir los dolores que lo habían asaltado en el avión. A la mañana siguiente se levantó tarde. En la planta baja lo esperaba Osvaldo Carena, médico de la Fundación Eva Perón:

— Discúlpeme que lo haya hecho esperar, doctor. Pero tuve una mala noche. El dolor en el pecho era fuerte v tuve que abrir una ventana para poder respirar.

El médico no tuvo dudas:

— General, vamos a volver arriba por el ascensor y se va a quedar en cama. Le voy a hacer un electrocardiograma.

El electro no dio las señales corrientes de un infarto, pero tampoco era normal. De todos modos exámenes posteriores lo confirmaron.

El doctor Pedro Cosio al pie de la escalera donde estaban Isabel y López Rega, les dijo que ante un infarto, por chico que fuera, era necesario internar al enfermo en un área de cuidado intensivo.

Entonces encontró esta respuesta insólita y sugestiva:

-- De ninguna manera. De ninguna manera —casi gritó López Rega—. Esto va en detrimento del prestigio político del general. Cómo van a elegir presidente a un enfermo...

Perón estuvo en cuidado intensivo durante cinco días. No hubo recaídas y a la semana se retiró al médico de guardia.

Los miembros del gabinete y el propio vicepresidente Vicente Solano Lima recibieron una sorpresiva convocatoria que al parecer piloteó (por lo menos en algunos casos) Raúl Lastiri: debían concurrir a una reunión de gabinete a realizarse en Gaspar Campos.

Fue el miércoles 4 de julio de 1973 y la información oficial aseguró que se había tratado la ley de ministerios.

No fue así.

Perón recibió a los funcionarios en la planta baja, los convidó con café, departió apenas unos momentos casi protocolares y subió al primer piso.

Isabel Perón se sentó en una de las cabeceras de la mesa, en el espacioso comedor de la casa de Gaspar Campos. A su lado se sentó Cámpora. Del otro, se ubicó López Rega. Solano Lima ocupó la restante cabecera flanqueado por dos ministros influyentes: José Ber Gelbard, que timoneaba la economía, y Ángel Federico Robledo, que desde Defensa piloteaba el sutil rumbo que terminaría —pocos días después— con la restitución al viejo caudillo del grado y los honores en el Ejército.

López Rega se frotó las manos y empezó a hablar.

"Fue una reiteración de cargos contra Cámpora —reveló días pasados a Somos uno de los asistentes—. Criticó la gestión del presidente que había dado lugar a la inserción en el gobierno de grupos jóvenes de extrema izquierda".

La exposición del todopoderoso ministro de Bienestar Social duró unos ocho o diez minutos.

Cámpora tenía la cara congestionada.

El lunes pasado, en su departamento de la Avenida Santa Fe al 1500, el ex vicepresidente Vicente Solano Lima recordó ante Somos algunos pormenores de aquella tensa reunión:

¿Cómo se defendió el presidente Cámpora?

— Dijo que había sido elegido presidente con la conformidad del general Perón. Que le era leal. Y que si alguna vez discrepaba, elevaría su renuncia inmediatamente. Dijo además que él había recorrido todo el país y que había logrado la certidumbre de que el pueblo quería ser gobernado por el señor general don Juan Domingo Perón, como él decía siempre.

— ¿Quién habló más tiempo, él o López Rega?

— El habló menos que López Rega. Se defendió con gran fervor. Reiteró una y otra vez que él se ajustaba a lo que Perón resolviera y que había sido siempre profundamente peronista. Lo cual era verdad.

Pero ya López Rega había producido la crisis.

—Claro. Entonces pidió la palabra Robledo. Y yo dije: "Señor ministro: me siento aludido por las palabras que se han pronunciado aquí. Le pido que difiera por un momento el uso de la palabra". Me dijo que sí y entonces yo dije: "Como lo ha señalado el señor presidente de la Nación, el pueblo argentino quiere ser gobernado por el general Juan Domingo Perón. Para que ello sea posible presento en este mismo acto mi renuncia indeclinable de vicepresidente". Porque si renunciaba Cámpora y yo no renunciaba, la presidencia me tocaba a mí.

Los ministros sabían ya de qué se trataba porque para eso habían estado en la reunión del 21 de junio. Y Solano Lima también. Había mantenido una conversación previa con Perón en la que entre otros temas políticos el viejo caudillo sacó a relucir algunos otros reproches al presidente Cámpora.

 Las renuncias, que recién estallaron en los titulares de los matutinos del viernes 13 de julio se produjeron, en realidad, en esa reunión ampliada de gabinete del miércoles 4.

Allí se formó, entonces, una comisión que, presidida por Solano Lima e integrada por los ministros Benítez y Righi, tomó en sus manos la solución de los últimos detalles, que no eran pocos.

Había algunos interrogantes sobre la instrumentación legal que requeriría el previsible traspaso del poder a Juan Perón.

En el Congreso, la demanda de textos constitucionales a la biblioteca parlamentaria fue formidable.

Es que la cuestión no era fácil.

El artículo 72 de la Constitución especifica que en caso de enfermedad, ausencia de la Capital Federal, muerte, renuncia o destitución del presidente, el Poder Ejecutivo será ejercido por el vicepresidente. Solano Lima ya había allanado este camino. Pero además estaba la ley de acefalía, sancionada en 1868.

Y esta ley especificaba que la sucesión correspondía al presidente provisional del Senado, en segundo término al presidente de la Cámara de Diputados y en tercer lugar, al titular de la Corte Suprema de Justicia.

El senador Alejandro Díaz Bialet era el señalado por los textos legales. Pero este parlamentario no pertenecía al círculo más íntimo de Perón.

La solución fue encontrada rápidamente: Díaz Bialet pediría licencia para realizar una misión oficial en el exterior cuya duración se prolongaría lo suficiente como para justificar que asumiera como presidente de la Nación el titular de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, yerno de José López Rega.

Se informó entonces que Díaz Bialet cumpliría una misión en el exterior para fijar la posición argentina en la IV Conferencia de Países No Alineados.

La reunión, en la que Díaz Bialet asumió el rango de embajador extraordinario y plenipotenciario en misión especial, empezó el 29 de agosto, en Argel. Ya no había escollos y la Asamblea Legislativa que debía aceptar las renuncias de Héctor J. Cámpora y de Vicente Solano Lima —y al mismo tiempo ungir a Raúl Lastiri— se reunió el viernes 13 de julio.

A las 10 de la mañana las galerías del recinto rebosaban de público fácilmente reconocible como del sector gremial, poco dispuesto a ceder espacio ante una posible embestida de los sectores de izquierda que ya habían levantado el slogan: "el pueblo ya lo dice, Cámpora es el vice".

Es que unas 48 horas antes, desde Corrientes, el vicegobernador bonaerense —y caudillo metalúrgico— Victorio Calabró había lanzado una proclama que retumbó en todo el país: "Estando el general Perón en la Argentina, no puede ser presidente de la República nadie más que él. No puede ser sólo poder. Debe ser a corto plazo, ya, gobierno y poder".

A las cuatro de la tarde entró al recinto el grueso de los legisladores. A las ocho y media, la Asamblea Legislativa consagró a Lastiri en la Presidencia. Se entonó el Himno y se dio por levantada la sesión.

En la calle, algunos se entusiasmaban con la posibilidad de la fórmula Perón-Balbín.

Asaltado por los periodistas Balbín (que estaba al tanto de los hechos) dijo: "Aquí pasa como con el muchacho que dice estar de novio y todos lo saben. . . menos la novia. El único que no lo sabe soy yo".

 Pero se guardó la picardía rápidamente y con tono serio apuntó: "Esto no hace a la determinación de un hombre".

No sólo los nombramientos fuera de línea (que por supuesto no se detenían en el escalón ministerial) pudo achacarle Perón a Cámpora.

En menos de 30 días de gobierno se habían sumado los motines en las cárceles, el erp y los montoneros habían copado el aeropuerto de Tucumán, muchos ejecutivos extranjeros dejaban el país, en pocas semanas se habían sumado más de una docena de secuestros personales, y un avión de Aerolíneas había sido desviado hacia Cuba.

Pero si esto era preocupante no lo era menos la vigorosa infiltración que los sectores de ultraizquierda estaban llevando a cabo en los organismos estatales que, además, al menor conflicto se paralizaban o eran tomados por el personal o por activistas.

Había una visible pugna interna entre las fracciones del peronismo que Cámpora no alcanzaba a gobernar.

La situación era realmente dramática y tocó el nervio político de Perón: había venido dispuesto a dar su toque en las grandes líneas de gobierno, pero la situación lo impulsó a relevar a Cámpora y tomar las riendas en sus manos.

Estaba enfermo y eso lo entristecía, pero Cámpora, a las 11 de la mañana del jueves 12 de julio le alegró también la vida: le había llevado el decreto que le restituía el grado y los honores en el Ejército Argentino.

Automáticamente pasaba también a retiro, pero ya se sentía mejor cuando el martes 10 recibió la visita del comandante Jorge Raúl Carcagno y al día siguiente la del almirante Carlos Alvarez y la del brigadier general Héctor Luis Fautario.  

Título: El relevo de Cámpora (destacado en el sitio web del que se toma el artículo como si fuera al mismo tiempo -y lo es-  el epígrafe de la foto que ilustra el cambio de banda presidencial, que en la secuencia ya tiene colocada Raúl Lastiri, con un sonriente Héctor J. Campora que parece estar diciéndole algo)

Presentación del artículo: Los hechos que rodearon el relevo del presidente Cámpora siempre tuvieron perfiles brumosos. A diez años de aquellos sucesos, Somos habló con protagonistas claves y consiguió revelar la intimidad del proceso. Las dos reuniones en Gaspar Campos. Los cargos contra Cámpora. La enfermedad de Perón. La restitución del grado militar.

Fecha: Somos, septiembre de 1983 (no se especifica día).

Fuente: www.magicasruinas.com.ar/revistero