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VENEZUELA Y SU APORTE: PAZ PARA EL CONO SUR

Fuera de la OEA, bajo control absoluto del estado imperial de Donald Trump, Venezuela es evocada aquí por quien vivió en ella y tuvo amigos que en 1978 ayudaron a la paz entre argentinos y chilenos. La misión de Antonio Samoré tuvo en Santiago de Chile la colaboración de periodistas hermanados.

Por Armando Vidal

Hoy amenazada, jaqueada y traicionada, desde adentro y desde afuera, la República Bolivariana de Venezuela es en espacio, riqueza y pueblo la misma Venezuela que hace más de cuarenta años albergó a  muchos desterrados latinoamericanos y colaboró con la paz de la región en tiempo de dictaduras.

Entre tantos que encontraron trabajo y compartieron el placer de la libertad, había periodistas y políticos expulsados por la situación interna de sus países.

Entre los periodistas argentinos, Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Terragno, hoy embajador en la Unesco, y el propio Jorge Fontevecchia, que si bien buscó asilo en los Estados Unidos, en 1979 salió clandestinamente de Buenos Aires con la ayuda del embajador venezolano en la Argentina Jorge Dager, un político ya falllecido que no pertenecía al partido gobernante del presidente Carlos Andrés Pérez (Acción Democrática) ni al principal partido opositor del democristiano Rafael Caldera (Copei). Dager previó hasta la garantía periodística en caso de fracaso.

Entre los políticos, estaban exiliados los apristas peruanos empezando por su líder, Raúl Haya de la Torre y don Luis Alberto Sánchez –inolvidable maestro para quien escribe-, así como el boliviano Walter Guevara Arze, uno de los fundadores del Movimiento Nacionalista Revolucionario, ex canciller y que, también en 1979, terminaría siendo un presidente circunstancial de su país derrocado por un golpe militar cuyo autor, a la semana de no ser consagrado presidente por el Congreso como pretendía, renunció y volvió al cuartel (1).

Guevara Arze, intelectual y catedrático, escribió un libro sobre la pérdida de la salida al mar de Bolivia gracias, dice en la primera página, a la “generosa acogida en Venezuela” (2).

Entre los políticos chilenos refugiados en Venezuela se hallaba Jaime Castillo Velasco, presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos y Román Alegría, ex jefe de prensa del gobierno de Eduardo Frei, padre. Y en 1975, jefe de redacción de la revista Zeta, de Caracas, cuyo director propietario era el luego mejor conocido Rafael Poleo, un venezolano arrecho, bien de derecha y culto, antichavista contumaz pero dispuesto a dialogar con el gobierno de Nicolás Maduro, lo cual marca una diferencia con los cipayos de su tierra que sirven a Donald Trump.

Quien escribe llegó a Venezuela a mediados de 1975 -licencia especial concedida por el diario Clarín en el que trabajaba- y se sumó de inmediato a la revista mencionada sin saber nada sobre ella y se fue, echado varios meses después, tras lo cual - encantos de aquella Venezuela-, pasó a ser gerente de programación y noticiero de la intervenida entonces  radio Rumbos, segunda en audiencia después de radio Continente.

Luis Turnero se llamaba el interventor, un locutor que antes del noticiero central leía editoriales en favor de la producción industrial para no depender del petróleo, que el 1º de enero de 1976 había sido  estatizado, lo cual se festejó con una fiesta de príncipes que  los hubo y eran árabes.

Estuvo en ese cargo hasta que el entonces embajador argentino Héctor Hidalgo Solá, radical y excelente persona, le dijera que, según había podido averiguar en Buenos Aires, podía volver al país sin correr riesgos. A los meses vino él y lo mató un grupo de tareas de la Marina.

* La Meca latinoamericana

Tras la guerra de 1973 contra Israel, que sumó a la Arabia saudita e impulsó que la Organización de Países Exportadores de Petróleo quintuplicase el precio del producto, Venezuela –uno de los países fundadores de la OPEN en 1960- se benefició tanto con la lluvia de petrodólares que se transformó en un centro de atracción excepcional.

La economía y tres lustros de una democracia que se veía consolidada sirvieron de invitación a varios políticos escapados de sus respectivos dictaduras  como en la Bolivia de Hugo Bánzer; el  Chile de  Augusto Pinochet, y el Perú de la misma Revolución Peruana,  más  allá de las profundas diferencias con los otros regímenes.

También los países de la Cuenca del Plata generaron lo propio como el Uruguay del autogolpista Juan Bordaberry, en 1975 y la Argentina tras la muerte de Juan D. Perón en 1974 que instaló en el poder a Isabel y al siniestro José López Rega, quien puso en acción a la Triple A, cuyo cometido fue allanar el camino de los golpistas de 1976 con Jorge R. Videla, general, como mascarón de proa.

Sobre esa dictadura recaería al año siguiente el fallo de un tribunal arbitral bajo la égida de la corona británica en torno de las islas Nueva, Picton y Lennox, del cual se daba por seguro que dos serían para Chile y la más extrema hacia el oriente, la Nueva, quedaría para la Argentina, lo cual significaba un cierre de la salida chilena hacia el Atlántico.

No fue así: las tres fueron para Chile y, con ello, la llave del océano de la Antártida y las Malvinas, Georgias y Sandwichs del Sur para Inglaterra, la OTAN y EE,UU. Sólo faltaba la derrota del atolondrado comando militar argentino que, con la colaboración del Chile de Pinochet, se produciría  cinco años después en las Malvinas.

En armonía con el clima bélico desde un poco antes con motivo del centenario de la Guerra del Paífico (1879/1884), desatada por Chile contra Perú y Bolivia siguiendo la atención de los intereses británicos, se sumó la tensión entre Santiago y Buenos Aires, con portavoces de la guerra como el almirante Eduardo Masera y su equivalente trasandino José Toribio Merino.

En 1978, a contrarreloj, una intervención del recién llegado Papa Juan Pablo II remitió al arzobispo Antonio Samoré, encargado de la Biblioteca del Vaticano, a ver cómo podía interceder antes de que sonara el primer disparo.

Fue también en esa ocasión que Caracas, cuna del Libertador Simón Bolívar y Venezuela toda, que mira al sur –salvo un sector de la clase pudiente que lamenta no haber nacido en Miami, con petróleo de ese lado-, intervino como puente entre periodistas argentinos y chilenos que convivían como hermanos entre venezolanos.

El puente fue con Román Alegría y con su hija, Magali Alegría, entonces periodista de France Press en Caracas y, en 1978, en Santiago de Chile y casada en ese momento con el jefe de redacción de la agencia United Press, un norteamericano aquerenciado y solidario.

Mientras los tanques argentinos iban hacia la cordillera, Samoré llegó, habló con los comandantes del país en Casa de Gobierno y viajó hacia Santiago para hablar con Pinochet y otros jefes militares del poder .

En otro avión, tras sus pasos, llegaron los periodistas argentinos Arsenio Dotro (Saporiti), Carlos Nachón (La Nación) ,y el que sería la estrella de la delegación, nunca lo suficientemente ponderado, el periodista de Noticias Argentina, José Ignacio López, y el que evoca ahora ese momento. La Nochebuena fue inolvidable para esos enviados, de los que viven dos, Nacho López, hombre de fe y cristinana, y el que escribe, que sólo recordaba a a curas de sotanas negras y misas en latín en su lejana infancia, sin contar al padre Carlos Mugica, con la camiseta de Ferro en un partido en la cancha del Club YPF a comienzos de los setenta.

Había que llenar dos páginas y sin conocimiento siquiera de las prácticas de la religión a la cual adscribe. Samoré pareció sorprenderse y dijo lo obvio: que no podía anunciar nada, decir nada, porque todo estaba comenzando ante la delicada tarea. Fue allí cuando en medio del silencio, José Ignacio López dijo como sólo él podía decirlo:

- Pero monseñor, ¿no hay una lucesita de esperanza?

- Sí, hijo, claro que sí …dijo Samoré con firmeza y ternura.

Algo era algo, era la esperanza y todos corrieron a dar la información y a confirmar los espacios y recuadros o lo que pidieran desde la redacción de Buenos Aires. Al rato estaban en la habitación del periodista de Clarín, escribiendo más rápido que ahora en la Lettera para estirar todo lo que se pudiera mientras uno de los burlones visitantes hacía que tocaba la guitarra y los otros se reían. Alegrías que continuaron en los festejos de Nochebuena junto con los periodistas chilenos, celebración fraternal por la paz que uno, hoy, le pide a Dios que alcance a la querida Venezuela.

Está contado en otras notas pero vale recordarlo. Los cuatro periodistas esperaban en una especie de vestíbulo del Arzobispado de Santiago la aparición de Samoré, a quien no conocían. La ansiedad era también por lo que fuera a decir para lo cual el diario Clarín, por ejemplo, había reservado dos páginas. Anochecía cuando el cardenal apareció luego de mantener una larga reunión en la Casa de la Moneda. (1) Hubo centenares de muertos por obra del jefe del ejército, Luis García Meza, que al año siguiente daría su propio golpe contra Lidia Gueiler, la presidenta del Senado que se había hecho cargo de la presidencia tras la caída de Guevara Arze. (2) “Radiografía de la negociación con Chile”. Refiere a lo que sobrevino después que Chile en 1879 ocupara Antofagasta y después tres provincias de Perú en la llamada Guerra del Salitre o Guerra del Pacífico (1879/1880).´

Dedicatoria: “A mis amigos Rómulo Bentancourt, Carlos Andrés Pérez, Simón Alberto Consalvi y Manuel Mantilla sin cuya generosa acogida en Venezuela no habría podido escribir este libro sobre un problema continental que, si bien no concierne directamente asu país, constituye, no obstante, materia de su permanente preocupación americanista”.