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EL EJEMPLO DE VENEZUELA

Hace once años, con el mismo título de "La oposición como problema", utilizado por el editor de Congreso Abierto para el caso de la oposición macrista en la Argentina, el  abogado izquierdista y periodista, ex canciller y vicepresidente de Venezuela, fallecido en diciembre de 2020, retrata aquí la incapacidad  opositora de corregir sus errores.

Por José V. Rangel 

La oposición en un sistema democrático no debe ser problema. Problema es que en una democracia no haya oposición. Que la oposición deje de ser una referencia confiable, capaz de proponer salidas acordes con el Estado de derecho. Lamentablemente, en Venezuela, no es así para el gobierno de Chávez, para los que se proclaman oposición.

Y, lo que es peor, no es así para el pueblo. Al gobierno le ha hecho falta una oposición crítica, racional, creativa, capaz de canalizar la aspiración de importantes sectores de la colectividad con arreglo a lo que pauta la Constitución. Al pueblo le ha faltado una referencia respetable que le permita optar con confianza, sin la zozobra del salto al vacío que conduce al caos, por fórmulas que representen una alternancia responsable.

Pero quien más necesita de sindéresis, de capacidad para eludir la tentación de la aventura, es la propia oposición. La que funge como tal. Cuando la oposición no entiende, o se niega a aceptar el papel que le corresponde en una democracia, termina convirtiéndose en problema. En problema para sí misma y en problema para el país.

Que, precisamente, es lo que ocurre con la oposición venezolana. Una oposición deslegitimada debido a sus deplorables actuaciones, pasadas y presentes. Una oposición sin liderazgo. Una oposición desconectada de la realidad. Una oposición jugando, permanentemente, a escoger entre la participación cívica y la subversión abierta o emboscada.

Una oposición que estuvo en contra de la Constitución del 99 y que ahora la abraza. Una oposición que no tuvo escrúpulos en apoyar un golpe dirigido por el gorilismo militar, la cúpula empresarial y la Iglesia católica. Una oposición que no vaciló en paralizar, criminalmente, a la industria petrolera; que recurrió al terrorismo y a la guarimba para amedrentar a la ciudadanía y caotizar las ciudades.

Quizá lo más grave de la actual oposición, el mayor problema que ella tiene y que coloca al venezolano en situación inconfortable, es su incapacidad para rectificar. Porque justamente en esa actitud está la causa de sus reiterados fracasos; de sus dramáticas limitaciones para asumir el hecho democrático y cumplir el papel que, históricamente, le corresponde.

En el pasado hubo en Venezuela oposiciones que incurrieron en errores y que en su oportunidad lo reconocieron y rectificaron. El movimiento armado que durante la Cuarta República enfrentó al puntofijismo (NdE: acuerdo de líderes de tres partidos y en especial de dos de ellos, Rómulo Bentanocurt, de Acción Democrática y Rafael Caldera, del democristiano Copei,  tras la caída del dictador Pérez Jimenez, el 23 de enero de 1958) en el terreno donde fue retado (lo cual hizo con coraje, dignidad y sentido patriótico), supo acogerse a la vía legal y recuperarse, al extremo de que fue factor importante en la victoria electoral de Chávez en 1998.

Pero la oposición durante la Quinta República ha carecido del más elemental sentido autocrítico. Ejemplo: participó en el golpe de 11-A y en el sabotaje petrolero y jamás se le ha escuchado a sus integrantes una sola palabra reconociendo el error; y dejó de concurrir a las elecciones parlamentarias de hace cinco años sin razón alguna, sólo porque tenía un plan B en la manga, y en vez de reconocer la inmensa estupidez que cometió, se ha dedicado a cuestionar la composición de la Asamblea Nacional que proviene de su imperdonable ausentismo.

Son muchas las situaciones absurdas que suscita el comportamiento atípico de la oposición. El hecho de que las posiciones que logra a través del voto, como pasa con gobernaciones, alcaldías y representación parlamentaria, las convierta en trincheras contra el orden constitucional, en reductos para auspiciar la desestabilización, confirma que en ese sector no hay voluntad de actuar democráticamente.

¿Qué hacer? ¿Cómo lograr lo que los venezolanos reclaman, que no es otra cosa que una oposición colocada a derecho, distante del aventurerismo?

La oposición como problema es, no cabe duda (valga la redundancia), un "problema macro" porque de una u otra manera nos afecta a todos por igual.

 Fuente: https://www.elinformadorvenezuela.com/ 9/8/2010 

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