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ALFONSÍN, NOMBRE PARA LA PAZ

El ex presidente Raúl Alfonsín falleció el 31 de marzo de 2009 y en medio de un gran desfile de su pueblo, fue velado en el Congreso de la Nación, desde donde el 2 de abril, por Callao, la Av. del dolor, fue llevado a La Recoleta. En su memoria, aquí se resalta al supremo valor por la paz que tuvo este hombre, que deja un legado y busca un heredero.

Por Armando Vidal

La democracia fue la causa de su vida política pero la razón de su vida fue la paz. Cuando de nuevo la Av. Callao fue el largo muestrario del dolor por la pérdida de un hombre querido y el Congreso, otra vez, la casa de despedida de un líder hacia el reposo final, Raúl Alfonsín entraba, en serio, en la galería de los grandes argentinos que honraron a su tierra.

Por la paz, como presidente de la Nación había entregado su propia rebeldía del pasado a los militares rebeldes del `87, que acomodaban sus caras a sus conciencias y a quienes eludió aplicarles la ley de defensa de la democracia.

Como su propia ofrenda a la paz promovió, después, la ley que tanto le costó –a él, a los radicales y al Congreso- que significó una virtual amnistía para responsables de crímenes atroces y aberrantes en dictadura, derogada con el advenimiento del siglo y anulada hace siete años, motivo de los juicios en marcha que no pudieron realizarse en el momento que correspondía.

Fue su fin la paz, también dos años después cuando resignaba el gobierno seis meses antes a favor de Menem, ante quien, para mayor peso sobre su propia estima, en 1993 volvería a ceder para que el ambicioso riojano obtuviera su reelección. Nunca convenció Alfonsín a quienes duramente lo criticaron por esa recurrente actitud a la hora que se esperaba que hiciera lo contrario. Tampoco a quien esto firma.

* Hace casi un lustro

Con Alfonsín en el centro de todas las atenciones, el presentador de su libro Democracia y consenso en el colmado salón del Círculo de la Prensa de Quilmes, le preguntó a una platea con mucha gente mayor que el propio convocante si acaso alguna vez volvería un ex presidente de la Nación a ese barrio a dar explicaciones sobre su gobierno y gestión política. La respuesta con gestos y palabras fue no.

Mudado del centro de la ciudad, el Círculo estaba cerca de un barrio, el del Club Tucumán, donde, como en tantos lugares de la provincia de Buenos Aires, habían convivido en paz  contreras y peronistas, gracias al gobernador Domingo Mercante, en tiempos de dura confrontación en otros lados. Los contreras eran los radicales.

Allí estaban algunos de aquellos vecinos, que siempre fueron iguales, cualquiera fueran los gobiernos. La política nunca los separó. Juntos escuchaban a Alfonsín y a su presentador, que había sido invitado para ese cometido por el Gaucho José Llamas, el más chico de una familia humilde y criado en aquel barrio de Andrés Baranda y Tucumán,  en el comité de Félix Feo, nombre que por aquellos pagos emociona a muchos abuelos con corazón de niño.

Alfonsín percibía y se complacía en hacerlo que allí, o por allí, había habido una historia de diferencias y mutuos respetos.

En ese clima, el presentador, un periodista de Buenos Aires (de un diario no muy afecto a los radicales) pero surgido de aquella matriz, le preguntó a Alfonsín frente a tantos jóvenes y ancianos cuál había sido la razón de su abrupto cambio de posición en la pelea en el Congreso cuando el radicalismo se negaba a aprobar la ley de declaración de la reforma constitucional sin los dos tercios de todos los miembros de las dos Cámaras. Democracia y consenso, precisamente, es la obra que Alfonsín escribó A propósito de la reforma constitucional, tal señala el texto completo del título ((Ed. Corregidor, 1996).

Alfonsín explicó entonces que el peronismo había logrado ya la sanción del Senado, que el ucedeísta Francisco Durañona y Vedia ya había planteado que había que aprobar una ley que dijera que los dos tercios debían interpretarse como el de los presentes y que el bloque radical en Diputados, que entonces presidía el mendocino Raúl Baglini, también podía ver mellada su propia resistencia. No fueron ésas sus exactas palabras pero sí la idea.

Según entendía Alfonsín, ante esa riesgosa y factible situación sólo había una certeza que le concedía mayor probabilidad: que el peronismo iba a lograr la sanción de Diputados a como fuere lugar, lo que podía derivar en que el radicalismo declarase su abstención del proceso electoral con lo cual Menem lograría la Constitución con el texto que quisiera.

 - Y entonces volvíamos al 55 -, concluyó.

Alfonsín esa noche parecía Balbín, a quien tanto había enfrentado después del entendimiento de su viejo maestro con Perón, en 1972.

Balbín saltó la tapia para hablar con el líder peronista en su fugaz retorno de noviembre de ese año y poco más de tres meses después perdió con Héctor Cámpora, en las elecciones presidenciales y parlamentarias (11 de marzo de 1973) porque rehusó ser el candidato de los votos antiperonistas.

Balbín había roto con el pasado y no llegó al gobierno

Alfonsín, durante y después de su gobierno, también rompió con su pasado.

“Estamos arriesgando sangre entre los argentinos”, dijo en el balcón de la Casa Rosada antes de anunciar su viaje a Campo de Mayo para hablar con los sublevados en aquella Semana Santa de hace 23 años.

 “La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”, dijo al reencontrarse con la colmada Plaza de Mayo.

"La sociedad no existe sin diálogo, que origina consensos y disensos. El plrimer consenso es el de la admisión de normas que regulen y garanticen la convvivencia", escribió en el mencionado libro.

Su legado está plenamente vigente y busca un fiel heredero.

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