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LECCIÓN DE HISTORIA PARA UN PERIODISTA

Con motivo de un mensaje presidencial, un columnista estrella de Clarín reivindicó como legítimo al régimen del fraude derrocado por la revolución del 4 de junio de 1943 que desembocaría en el nacimiento del peronismo. El secretario parlamentario del Senado refutó ese enfoque con un artículo que el diario publicó recortado por razones de espacio. Esta es la versión íntegra que no tuvo réplica por parte de Marcelo A. Moreno. 

Por Juan Estrada

En la edición de Clarín del domingo 7 de marzo, página 47, Marcelo A. Moreno firma un artículo en el cual, con el propósito de elaborar una crítica a ciertos párrafos del mensaje presidencial del último 1º de ese mes, termina, indirectamente, por afirmar que el gobierno del Dr. Ramón Castillo, derrocado el 4 de junio de 1943, era legítimo, dado que califica de ilegítimo al levantamiento militar que terminó con un

régimen producto del fraude y la violencia. Fraude, por otra parte, denominado patriótico, dado que aseguraba el poder en manos de determinada clase social, económica y política claramente pro británica y antidemocrática.

El Sr. Moreno debería recordar que todo comienza con el advenimiento de Hipólito Yrigoyen al poder en 1916, con las primeras elecciones presidenciales celebradas bajo el imperio de la ley Sáenz Peña. A partir de ese momento, la clase desplazada por “la chusma radical” (como luego calificaría de “aluvión zoológico” al peronismo), se empeñó en retornar al poder por cualquier medio. Finalmente lo hizo el 6 de septiembre de 1930 derrocando al mismo Yrigoyen que había sido reelecto en 1928, en comicios inobjetables.

El golpe fue convalidado por la Corte Suprema de Justicia pese a que no solamente se desplazó al Ejecutivo sino que, también, se disolvió el Congreso.

Para probar su popularidad, el Gral. José Félix Uriburu convocó a elecciones de gobernador en la provincia de Buenos Aires para el 5 de abril de 1931 pero, pese a sus previsiones de toda índole, triunfó la fórmula radical Pueyrredón-Guido, motivo por el cual anuló esas elecciones. Eso, unido a que vetó la candidatura de Alvear para las presidenciales de 1932 y determinó la abstención de la Unión Cívica Radical.

Contó entonces, para darles visos de legalidad a sus elecciones, con la cómplice concurrencia de socialistas y demócratas progresistas (Lisandro de la Torre-Nicolás Repeto). Obviamente, triunfó cómodamente el binomio Agustín P. Justo-Julio A. Roca (hijo), por la exitosa operación de fraude electoral rigurosamente montada y de la que no se tenía memoria desde tiempos anteriores a la ley Sáenz Peña.

Desaparecido Yrigoyen el 3 de julio de 1933, tomó el timón del radicalismo el sector antipersonalista (o sea, antiyrigoyenista) encabezado por Marcelo Torcuato de Alvear, que levantó la abstención para los comicios intermedios que siguieron de inmediato, haciéndose así también cómplice del fraude.

Sería largo enumerar lo que fue el gobierno de Justo, que permitió, con su antecesor Uriburu y quienes habrían de sucederlo, que la década fuera definitivamente conocida como infame.

En las presidenciales de 1938, tan fraudulentas como todas las elecciones que se celebraron en ese período, “triunfó” la fórmula Ortiz-Castillo. Roberto M. Ortiz era un radical antipersonalista y Ramón Castillo un prestigioso jurista catamarqueño del conservadurismo más duro, decidido a mantener inquebrantable el régimen fraudulento con el que Ortiz quería terminar, razón por la cual obstaculizó su tarea de gobierno desde el vamos.

Es ilustrativo, sobre todos estos aspectos, leer a Félix Luna en “Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta”, donde retrata de manera realmente conmovedora los duros tiempos que debió soportar el Presidente Ortiz, asediado por su vicepresidente y por sus complejos problemas de salud. Finalmente terminó renunciando, luego de una extensa licencia, falleciendo muy poco tiempo después.

Dueño Castillo y los conservadores de la situación, con Robustiano Patrón Costas como presidente provisional del Senado y vicepresidente de hecho, avanzó hacia un nuevo fraude para las presidenciales de 1944, para las que se le había despejado el horizonte con los recientes fallecimientos de dos aspirantes de mucho peso: Alvear y Justo.

Castillo hizo proclamar la candidatura de Patrón Costas en una comida que tuvo lugar en la Cámara de Comercio Argentino-Británica, lo que aseguraba el éxito en todos los frentes. Pero no tuvo en cuenta que eso, en medio de la tremenda guerra que se libraba entre las grandes potencias y en cuyo resultado estaba altamente comprometido el interés argentino como proveedor de materias primas, entre otros aspectos, sería la gota que habría de rebasar el vaso.

Para el pueblo argentino y para sus fuerzas armadas, resultó intolerable el absoluto desprecio de la voluntad popular que, evidentemente, se pretendía perpetuar.

Esos son los antecedentes que desembocaron en el 4 de junio de 1943 (también convalidado por la Corte Suprema de Justicia) y luego en las elecciones del 24 de febrero de 1946, tan inobjetables como las de 1916, que llevaron a Perón a su primera presidencia, luego de derrotar a la fórmula Tamborini-Mosca, de la Unión Democrática, integrada por el radicalismo, el socialismo, el comunismo, algún otro partido y los propios conservadores.

Es memorable el famoso mitin en el Luna Park en que compartieron la tribuna Antonio Santamarina (conservador) y Rodolfo Ghioldi, secretario general del Partido Comunista.

No parecen estos antecedentes respaldar la convicción del periodista Moreno de que el gobierno de Castillo era un gobierno legítimo, como no lo era tampoco el Congreso entonces existente, producto de sucesivos y desvergonzados fraudes.

En cuanto al golpe que derrocó al Dr. Arturo Illia, indudablemente fue abiertamente violatorio de la Constitución Nacional, porque ese sí era un gobierno constitucional, más allá de la proscripción del peronismo (como alguna vez fue proscripto el radicalismo).

Llama la atención que Moreno omita mencionar el caso de Frondizi, que en 1958 también fue electo con el peronismo proscripto y que triunfó merced a un pacto con Perón.

Cuando Frondizi convocó a las elecciones de marzo de 1962 en que triunfó el peronismo, cuya proscripción se había levantado casi totalmente, fue forzado por los militares a anularlas, no obstante lo cual igualmente lo derrocaron.

Lo demás es historia conocida como para traerla a cuento aquí.

Pero resulta sorprendente que, a esta altura de los tiempos que vivimos, alguien quiera reivindicar como legítimo todo lo acontecido durante la década infame y su culminación, el gobierno de Castillo. Y que cuando habla de los golpes del siglo XX se acuerde de algunos y de otros no.

No parece una contribución seria para la ilustración y formación de la opinión pública.