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UNA REVOLUCIÓN PARA TODA AMÉRICA LATINA

Una revolución cuya diversidad de autores y metas supera a la norteamericana de 1776 y a la francesa de 1789 ¿puede ser confundida con una chirinada?, se irrita el autor de este artículo en réplica a uno de José Pablo Feinman, en Página 12, diario que ni siquiera acusó recibo.

Por Norberto Colominas

Al leer la nota de JPF publicada en la contratapa de Página 12 el domingo 18/4, un lector desprevenido pudo llegar a la conclusión de que en mayo de 1810 no pasó nada, o mejor dicho, que no pasó nada de lo que todos los historiadores, aún con sus diferencias, dicen que pasó. Con un sorprendente malabar histórico, el autor nos induce a pensar que un grupo de individuos iluminados (vanguardistas sin clase social detrás, a lo Lenin...¿y por qué

no a lo Firmenich?) dio un golpe de estado en la paupérrima aldea que era entonces Buenos Aires, volteó al virrey y liberó el comercio con Inglaterra. Punto.

Ninguna referencia a las profundas diferencias ideológicas, culturales y políticas que existían entre el poder criollo emergente y la corona española. En suma, en 1810 hubo un solo cambio: se pasó del colonialismo con España al neocolonialismo con Gran Bretaña, para beneficio de los comerciantes locales. Todo lo demás pertenece al Billiken.

En el proyecto que llevaron adelante desde Mariano Moreno a Rosas, pasando por Belgrano, Castelli, San Martín, Güemes, Artigas, Guido, Manuel Moreno y Pueyrredón, entre tantos otros, la Revolución de Mayo impulsó la creación de un gran estado latinoamericano desde México hasta Tierra del Fuego, basado en los mil años del incario (de allí la propuesta de un rey de ese origen) y en las tradiciones de mayas y aztecas, más el aporte de indios, negros y gauchos, minorías a las que el movimiento criollo reivindicó expresamente, como lo demuestra el Plan de Operaciones, esa viga maestra de la revolución (ver buscar...)

Los patriotas de mayo superaron con holgura las miras de dos grandes revoluciones precedentes, la norteamericana de 1776 y la francesa de1789, que sólo incluyeron a propietarios (la segunda) y excluyeron a los indios (la primera) y a los negros (ambas). La Revolución de Mayo fue el más profundo y esperanzador de todos los procesos políticos que tuvieron lugar en la América española, más que las revoluciones mexicana, cubana y nicaragüense, más que el intento socialista de Salvador Allende, y más que el peronismo, el varguismo y el aprismo, no obstante el respeto que esos movimientos merecen.

Decir que una revolución de alcance continental --que incluyó líderes de todos los países latinoamericanos- fue solamente un cambio de reglas comerciales es, por lo menos, un inesperado desliz intelectual. Porque puestos a cuestionar la representatividad de los movimientos revolucionarios de cualquier época, ninguno quedaría en pie.

¿A quiénes representaban Rómulo y Remo, fundadores simbólicos de un imperio que duró 700 años? ¿Y a quien el Espartaco que promovió el primer alboroto al mando de 20 gladiadores? ¿A quién representaban el joven abogado George Washington, el primer Ho Chi Min, que andaba descalzo; el Mao de los primeros kilómetros de la Larga Marcha o Fidel a bordo del Granma? ¿En qué concepto de clase social mal aprendido ancla esa descalificación de la Revolución de Mayo? Mal podía haber clases sociales en una ciudad que en 1810 tenía menos de 40 mil habitantes.

Si entonces no había ni siquiera un país, y a gatas una ciudad, ¿cómo hablar de “clases” en el sentido contemporáneo del término? En ese momento sólo había intereses que, con el tiempo, sí serían articuladores de clases. España al margen, esos intereses diferentes eran internos a la revolución.

Ya estaba claro que Saavedra (terrateniente, encomendero, dueño de minas de plata en Potosí) no representaba los mismos ideales que Moreno, Belgrano o Castelli, intelectuales revolucionarios. Y sin embargo los cuatro integraron la Primera Junta, al lado de comerciantes nada revolucionarios como Matheu y Larrea, y al Deán Funes, que se habrá santiguado una docena de veces al leer el Plan de Operaciones.

Como también estaba claro que no caminarían por la misma vereda política Rivadavia, antecesor de Mitre, y Dorrego, predecesor de Rosas, a quien San Martín le dejara su sable al marcharse al exilio.

Unos hicieron una revolución; los otros una chirinada. El error es confundirlos. Si los ideales de la revoluciones latinoamericanas de principios del XIX, que fueron americanistas, antiliberales, territorialmente integradoras y socialmente inclusivas, se diluyeron en el tiempo, eso no le quita ni un ápice de gloria a quienes las iniciaron.

Aunque la lista es muy larga, a modo de ejemplo citaremos sólo a dos grandes hombres: el venezolano Francisco de Miranda, padre político de Simón Bolívar y primer articulador de la Logia Lautaro, y el extraordinario Bernardo de Monteagudo, redactor de las conclusiones de la asamblea del Año 13 y de las actas de la Declaración de la Independencia en 1816; que fuera primera espada política de San Martín, y, después de Guayaquil, miembro del estado mayor de Bolívar hasta el día en que cayó asesinado por reaccionarios en Lima (los saavadristas peruanos...), como antes había caído Moreno, envenenado durante un viaje a Londres.

La paradoja sobre la que JPF debería reflexionar es que mientras el contrarrevolucionario Bernardino Rivadavia le dio su nombre a la principal avenida de Buenos Aires, el de Bernardo de Montegudo, un revolucionario cabal, apenas sobrevive en una calle perdida de Parque de los Patricios. Y esa sí que es una cuestión de clase.

Volanta y título: Respuesta a Juan Pablo Feinman /¿Revolución o chirinada?

Nota: Este artículo remitido por el autor a Página 12 no fue publicado.