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LA RAZÓN DE LA VIDA DEL GENERAL SAN MARTIN

En el 160º aniversario de la muerte de don José de San Martín, vale recordar al Libertador desde la entraña misma de su vida: una indígena guaraní como madre y Diego de Alvear, el primero del linaje en América y el último al entrar en la historia. El gran secreto guardado, escamoteado en la historia oficial de Mitre y el Instituto Sanmartiniano. Igual que Perón, hijo de Juana Sosa, una tehuelche bonaerense.

Por Hugo Chumbita

En la década de 1930, los autores del revisionismo nacionalista impugnaban la “política de la historia” de la escuela liberal y hacían hincapié en los gestos de San Martín hacia Rosas, mostrando sus coincidencias en la defensa de la soberanía.

Cuestionaron la “historiografía mitrista” pero su hispanismo les impedía reparar en la verdadera identidad de San Martín. Ricardo Rojas, desde su romántico americanismo,

hizo una apología del Libertador que contemporizaba con la versión liberal.

No obstante, subrayó las coincidencias de Bolívar y San Martín por sobre los argumentos que “pretendieron separarlos en la gloria”. En cuanto al tributo del sable al Restaurador, entendía que la cláusula testamentaria no abría juicio sobre la política interna del tirano, “la verdadera y única razón de aquel legado es la que San Martín menciona: Rosas ha defendido la integridad nacional”.

Rojas y otros intelectuales de los tiempos de Yrigoyen conjugaron una síntesis del nacionalismo y el liberalismo, que estaba también sin duda en la cabeza de San Martín y los revolucionarios del siglo anterior.

Pero en Europa y en países como la Argentina, la irrupción del fascismo y el militarismo dividieron aguas, y aquellas apelaciones ideológicas, manipuladas por actores en discordia, tendieron a divorciarse. A lo largo de la primea mitad del siglo XX, el culto a San Martín fue imponiéndose a la par del aumento de la influencia castrense y eclesiástico en los asuntos públicos.

El Instituto Sanmartiniano, fundado en 1934 como entidad civil por José Pacífico Otero y oficializado en agosto de 1944 por un decreto del gobierno de facto, jugó un papel inminente en ese sentido.

El Consejo Superior del Instituto, además de un número de vocales civiles, debía componerse de cinco jefes superiores del Ejército, cinco de la Armada y dos obispos. Si misión era propender al conocimiento del Libertador, fomentar la investigación y rectificar públicamente “todo error que se ponga de manifiesto en publicaciones, obras, conferencias, etc., con respecto a la verdad histórica sobre la vida del prócer (1).

Cuál es la verdad histórica era un problema que no podía resolver este ni ningún otro decreto. Sin embargo, desde entonces el Instituto ejerció a menudo la función “censora” que le encomendaron.

En una operación cultural de vasto alcance, plazas, avenidas, monumentos, homenajes, retratos, libros y Tedeums dedicados a San Martín desplazaron la anterior preeminencia de Mitre y Rivadavia en la nomenclatura urbana y en la cultura escolar y oficial argentina, a la par de su recuperación por la Iglesia Católica.

Esto en realidad había comenzado cuando se decidió instalar el sepulcro en la Catedral y no –según su voluntad testamentaria- en el cementerio de Buenos Aires, tal como lo reclamó en su momento Adolfo Saldías.

A pesar de que en la actuación pública observó siempre las tradiciones del ritual religioso, hemos visto por sus expresiones privadas que era, en palabras de Enrique de Gandía, un volteriano escéptico (2).

La celebración del centenario en 1950, el “Año del Libertador”, fue en cierto modo un hito culminante de la tendencia que señalamos y la propaganda oficialista la aprovechó, aunque conviene advertir que la situación política y la de la corporación militar en aquel momento, cuando el peronismo alentaba la consigna de “la unión pueblo-ejército”, eran sensiblemente distintas respecto al período precedente y a lo que vino después.

Aquel gobierno apelaba a la historia patria para fundamentar un proyecto nacional.

Al entronizar a San Martín como héroe máximo, asignaba a la emancipación una primacía y una vigencia diferentes a la de la interpretación liberal, cuyas entidades más representativas fueron marginadas de la escena pública (3).

Cabe acotar aquí que Perón, como San Martín, era de ascendencia mestiza y fue un hijo legitimado tardíamente, lo cual debió ocultarse para sortear las reglas no escritas que le hubieran impedido ingresar a la a la carrera militar. Un siglo después de la emancipación, los prejuicios subsistían.

En privado, Perón se manifestaba orgulloso de llevar sangre india, y recordaba el caso de presidentes como Justo José de Urquiza, Victorio de la Plaza e Hipólito Yrigoyen, que también tenían ese origen, aunque “mejor no zamarrear las ramas de otros árboles genealógicos ilustres, porque todavía subsiste mucha paquetería hipócrita.

Recién en 1954 su gobierno reformó el Código Civil para equiparar los derechos de los hijos extramatrimoniales y, defendiendo el sentido de esa legislación, él sostenía que “no hay hijos ilegítimos, sino padres ilegítimos” (4)

Llamadas:

1.- (25 en el original). Decreto 22.131/44 firmado por el presidente provisional Edelmiro J. Farrel, art. 2.

2.- (26). E. de Gandía, “La vida secreta de San Martín”, 1968.

3.- (27) Ley Nacional 13.661 de 1949. Sobre la marginación de la Institución Mitre, ver Olga E. Fernández Latour, La ofrende de Gérard al Libertador San Martín, 2000, p.XIV y ss.

4.- (28). Manifestaciones de Perón (1958): Enrique Oliva, artículo en La Nación, 30 de julio de 2000. Ver Hipólito Barreiro, Juancito Sosa. El indio que cambió la historia. Buenos Aires, Tehuelche, 2000, y H. Chumbita, Hijos del país. San Martín, Yrigoyen y Perón, 2004.

(*) Abogado, profesor de derecho, historiador y autor de varios libros. Entre ellos El enigma peronista (1989), Los carapintada. Historia de un mal entendido argentino (1990). Última frontera (1999). Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina (2000).

 Fuente: Hugo Chumbita. El secreto de Yapeyú. El origen mestizo de San Martín (2005, Planeta/Booket) pags. 181 y ss.