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EL GOLPE DE 1930 QUE FUE MATRIZ DE GOLPES

El golpe militar de 1930 fue un vano intento de volver la Argentina del siglo XIX y al mismo tiempo modelo de otros que habrian de sucederlo. Una mirada por la llamada Década Infame, con un destacado diputado al final que hizo justicia: Rodolfo Decker.

 Por Emiliano Vidal

Además de un mazazo a una incipiente democracia, el golpe militar del 6 de septiembre de 1930 fue un salto al vacío que, por primera vez, puso al país de rodillas mirando al pasado.

El golpe contradijo la propia herencia que quiso reivindicar.

Impulsado por una clase minoritaria y elitista, cuya estructura piramidal tuvo por base a Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento y en el medio a Julio A .Roca y Carlos Pellegrini, exponentes políticos del modelo agroexportador impuesto desde Caseros, lo que sobrevino con Uriburu fue una grosera parodia.

 

Ni respondió a la decisión de una elite de hacer un país, sin ahorrar sangre de gauchos –el brutal sinceramiento de Sarmiento- ni cumplió con la voluntad del valiente Roque Sáenz Peña de hacer la revolución con las urnas, punta de esa pirámide.

José Félix Uriburu fue el precursor de Pedro E. Aramburu en 1955, de Juan Carlos Onganía y de Jorge Rafael Videla en 1976, todos generales de la Nación, clara muestra de lo que significó el Ejército en el siglo XX, con la obvia excepción de Juan Domingo Perón.

Tras la crisis financiera internacional de 1929, razón externa que promovió el golpe al igual que en otros países latinoamericanos, el capítulo permite comprender mejor la lucha de siempre contra los grupos terratenientes, financieros y monopólicos.

Fue la obra de un Ejército, el mismo que 120 años antes surgía de su pueblo para lograr una nación libre y soberana, pero transformado en títere de una elite vacuna con asiento en Buenos Aires, que reducía a la Argentina a mero proveedor de carnes y trigo a Europa, sin poner empeño alguno en el impulso de una industria fuerte y activa.

Hasta el golpe que abría la  Década Infame (1930/1943), como la bautizaría un periodista un tanto olvidado (el tucumano José Luis Torre), el país crecía en medio de grandes contradicciones que provenían de la llamada organización nacional abierto 1880 con la transformación de la ciudad de Buenos Aires en capital de todos los argentinos, tras una guerra fraticida precipitada por el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, rápidamente derrotado.

Ensanchadas las fronteras productivas con la expulsión de los pueblos originarios, el tendido de redes ferroviarias y la construcción del puerto de Buenos Aires, comenzaron las oleadas inmigratorias con sueños e ideas en boga en la vieja Europa.

Eran los hijos de la nueva tierra que se transformarían en militantes fundacionales de los grandes partidos criollos, comenzando por el radicalismo de Leandro N. Alem, nieto de españoles.

Con su sobrino, hijo de su hermana Marcelina, Hipólito Yrigoyen, llegarían los intentos revolucionarios contra el poder oligárquico en reclamo de la participación popular en los destinos de la patria común. 

Un hombre perteneciente a esa clase conservadora, Roque Sáenz Peña, comprendió que la exclusión era inviable con el modelo de una nación moderna y así como él había sido elegido por consenso entre poderosos pugnó para que su sucesor surgiera de las urnas.

Era el momento de elecciones, no revoluciones. Así fue que impulsó un pacto con Yrigoyen (octubre de 1910), cabeza de las rebeliones, lo cual significó el primer paso para la sanción dos años después de la ley del voto secreto y obligatorio que llevaría su nombre. (Nº 8.871).

“En la República el pueblo no vota; he aquí todo el mal. Donde el pueblo vota, la autoridad es indiscutida y las rebeliones y conmociones son desconocidas”, decía Sáenz Peña, quien moriría en 1914.. El sistema electoral arrancó en 1916 con la consagración del propio Yrigoyen como presidente hasta 1922, siendo sucedido por el radical antipersonalista Marcelo T. de Alvear y a quien continuaría el mismo Yrigoyen a partir de 1928.

Pero su mandato fue quebrado dos años después por el golpe de Uriburu, aplaudido y cantado por Leopoldo Lugones. La hora de la espada que atravesó el corazón de la democracia había comenzado.

Uriburu designó al frente del Ministerio de Economía, a un miembro de la comisión directiva de la Sociedad Rural, el civil José Pérez, vinculado a los grandes grupos monopólicos.

La vieja oligarquía, que nuca había perdido el poder, recuperaba el gobierno, poder de las decisiones políticas. La Justicia también tomó el color negro de las botas cuando la Corte Suprema convalidó la primera dictadura militar de la historia.

Esta causal, diecisiete años después, haría rodar las cabezas por medio del juicio político en el Congreso a cuatro de sus cinco miembros. Autor del proyecto: Rodolfo Decker, un joven diputado que en 1946 presidía la bancada peronista y que hoy sigue litigando como un abogado más por el Palacio de Talcahuano.

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