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EVITA PUDO MÁS QUE AQUELLOS ENTERRADORES

Hace 55 años se consumaba el llamado Operativo Traslado que fue llevar a Italia el cadáver embalsamado de Evita para darle sepultura en un cementerio con un nombre supuesto.  Aquí se cuenta la historia  del lado de los victimarios, víctimas de su propia obra.

Por Emiliano Vidal

La antesala del regreso a la Argentina de Juan Perón en 1972, tras diecisiete años de exilio, fue el intento de endulzar al viejo líder para conseguir su apoyo a la candidatura del entonces dictador Alejandro Lanusse, el último jefe de facto de la llamara Revolución Argentina (1966/1973).

Para ello, le hizo entregar el cuerpo embalsamado y mancillado de Evita, enterrado en Roma en una operación secreta con directa intervención de la Iglesia. Fue el 3 de septiembre de 1971, en la Quinta 17 de Octubre, en Puerta de Hierro, Madrid.

El papel de encomendero lo hizo el entonces embajador en España, un brigadier retirado y antiperonista llamado Jorge Rojas Silveyra.

El cuerpo de Eva había sido robado del primer piso de la sede la CGT en la noche del 23 de noviembre de 1955 ante los ojos de quien fue su último guardián y protector, el doctor Pedro Ara, responsable de su momificación.

La orden provino de las altas cúpulas de la Revolución Libertadora, cuyo máximo responsable era el dictador Pedro Aramburu.

La operación estuvo a cargo del jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, el coronel Carlos Eugenio Moori Koening, con la participación de los capitanes Lupano, Alemán y Gotten.

La pasión necrofílica y el odio visceral de Moori Koening obligaron a Aramburu a disponer su reemplazo por otro coronel, Héctor Cabanillas.

La locura, el miedo y la obsesión de que los peronistas seguían cada paso de los atormentados custodios del cuerpo llevaron incluso, a que el mayor Antonio Arandía, en una noche de insomnio y pastillas, matara a balazos a su mujer embarazada.

A fines de 1956, el Operativo Traslado estaba en marcha.

La tarea: sacar el cuerpo de Eva del país y brindarle “cristina sepultura”.

El plan, encarado por el mismo Lanusse que también estaría en la otra punta de esta misma historia, consistía en enterrar el cuerpo en un cementerio de Italia.

Para ello, Lanusse contó con la ayuda de su confesor, el capellán Francisco Roger, perteneciente a la comunidad religiosa Compañía de San Pablo, que a su vez contaba con el aval del padre Giovanni Penco y del entonces papa Pío XII.

Tras dieciséis años de estar enterrado bajo el nombre de María Maggi de Magistris, en plena régimen del en ese momento un canoso Lanusse, los mismos que martirizaron el cuerpo de Evita, lo robaron y escondieron, se lo devolvieron a Perón en el lugar en que el líder depuesto en 1955 consumía el exilio.

Así se consumó el "Operativo Devolución" que encararon el propio Cabanillas y el subolficial Manuel Sorolla.

La aparición del cadáver de Evita venía acompañada del llamado Gran Acuerdo Nacional (GAN), cuya cabeza era, obviamente, el propio Lanusse, quien desde las primeras semanas de julio de 1971 motorizaba su intención de pactar con fuerzas políticas –básicamente peronistas y radicales- con la promesa de convocar a elecciones en las que participaría el peronismo.

Lanusse se ilusionaba con ser el candidato de todos.

Un espejismo que la realidad desbarató a poco de andar sobre esas arenas calientes de los inicios de los años setenta.

La desaparición del cadáver también había sido un punto de presión antes de que Lanusse entrara en escena en este último acto. Fue cuando trescientas mujeres se movilizaron hacia la Plaza de Mayo donde permanecieron hasta ser recibidas por el efímero dictador Roberto Levingston, antecesor de Lanusse, quien sin querer ofició de difusor de la lucha por la aparición de los restos de Eva.

La audiencia con Levingston -sucesor de apuro en 1970 del jefe inicial de la Revolución Argentina, el general Juan Carlos Onganía-, se realizó en medio de un enrarecido clima en los cuarteles tras la muerte de Aramburu, en 1970, luego de ser secuestrado por Montoneros el 29 de mayo del año anterior.

Aramburu, antes de ser sentenciado por sus captores, había admitido su responsabilidad en la profanación del cadáver pero no del lugar donde había sido enterrado, lugar que al parecer ignoraba.

Levingston, un hombre de Inteligencia que había sido designado embajador ante los Estados Unidos y que de pronto –merced al propio Lanusse- aparecía sentado en el principal sillón de la Casa Rosada se había sacado una foto con esas mujeres que llevaban un cartel con la leyenda “¿Dónde estas?”.

La foto de ese encuentro salió publicada en la mayoría de los diarios y en revistas de la época.

Perón recibió el cuerpo pero, después, denunció la maniobra negociadora de Lanusse hasta llevarlo a éste a perder el control de la pelea y de sus nervios debido al duro impacto que habían producido en esferas castrenses las declaraciones del jefe desterrado.

Fue en tales circunstancias que Lanusse, en su discurso en la cena de camaradería de las tres armas, del 7 de julio de 1972, dijo enfurecido que a Perón “no le daba el cuero para venir”.

La Marina, después, hizo lo suyo: la masacre de Trelew, el 22 de agosto, para impedir la salida electoral que ya estaba en marcha.

Perón volvió el 17 de noviembre de ese mismo año para ponerse al frente de un proceso que lo llevaría finalmente a su tercera presidencia en cuyo ejercicio moriría el 1º de julio de 1974.

 Los restos de Evita descansan en un lugar un tanto extraño para ella llamado La Recoleta.