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DEL CIELO DECLAMADO AL INFIERNO PROFUNDO

Las pretensiones de pertenencia a un mundo ajeno a las crisis del capitalismo se esfumaron en España que enfrenta una situación delicada, con los conservadores en el gobierno y los socialistas por el piso. ¿Quién emergerá de este previsto fracaso?

Por Norberto Colominas

Como desprendida de una canción de Joan Manuel Serrat, España pasó de los glamorosos años 90, con récords históricos de la construcción, el endeudamiento y el turismo, y un desempleo menor al 10 por ciento, a tener una enorme deuda pública y privada, un déficit de miedo, un fuerte retroceso de su economía y una crisis social que se agrava semana a semana.

España es uno de los 27 miembros de la Unión Europea y uno de los 17 países que conforman la eurozona. Hasta 2008 era la quinta economía del área detrás de Alemania, Francia, Inglaterra e Italia.

Ahora no se sabe qué puesto ocupará cuando la crisis ponga las cosas negro sobre blanco.

Por el momento el PBI recula, las deudas no se pagan (se refinancian y por lo tanto aumentan) y el desempleo ya superó el 23 por ciento de la población.

Más de 5, 3 millones de españoles no tienen empleo, y la mitad de ellos hace un año o más que no trabaja.

Decenas de miles de personas perdieron sus casas y/o sus vehículos al no poder afrontar las cuotas. El precio del metro cuadrado se desplomó. Ya no se venden propiedades porque no hay compradores. El crédito se esfumó.

En cuestión de meses mucha gente perdió al mismo tiempo su trabajo, su casa y su auto. Los bancos y su colateral, la industria de la construcción, son en España el equivalente del bloque agro-financiero en la Argentina. Hicieron su agosto durante 20 años. Aún recogen las migajas del festín, pero el costo de esa ganancia privada fue enorme para la sociedad española, que tardará otros 20 años en reponerse.

El crecimiento artificial basado en el ladrillo y el endeudamiento externo muestra sus límites y sus miserias.

Dos gobiernos del socialista Rodríguez Zapatero fueron actores pasivos del drama que preparaban bancos y constructoras.

Recién asumido, el neoliberal Mariano Rajoy no puede hacer otra cosa que echarle la culpa a su predecesor, profundizar el ajuste y rogar que sea cierto aquello de que Dios aprieta pero no ahorca.

Además aparecieron los “indignados”, una expresión política de la crisis, que son portadores de un fuerte reclamo moral, aunque no de una plataforma política, al menos hasta ahora.

La mayoría de la sociedad castigó a Zapatero y puso en su lugar a Rajoy.

¿A quién votará dentro de cuatro años si la situación empeora?

Si algo enseña la crisis de España es que los países no pueden tener una moneda más fuerte de la que se corresponde con su nivel de desarrollo, que no hay atajos mágicos para el crecimiento y que el Estado (cualquiera sea el color político del gobierno de turno) debe sostener el empleo, el salario y el consumo de las mayorías, es decir el mercado interno, del que vive el 90 por ciento de la gente, ya sea como trabajador, como profesional o como empresario.

Enseña también que siempre hay que apostar a la tecnología propia y a su correlato, la sustitución de importaciones, porque protegen el empleo y ahorran divisas.

Y recuerda, por si alguien lo hubiera olvidado, que la industria nacional es la gran proveedora de puestos de trabajo y la única autopista que conduce al desarrollo.