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A UN SIGLO DE LA LEY DEL VOTO SECRETO

Con motivo del centenario de la ley que impuso el voto secreto, universal y obligatorio, derivada de un acuerdo entre el conservador democrático Sáenz Peña y el radical Yrigoyen,  antes del golpe de 1930, los reaccionarios recuperaban sus privilegios.

Por Emiliano Vidal

La llamada Ley Sáenz Peña, cuya sanción por el Congreso de la Nación el 10 de febrero está cumpliendo un siglo, abrió paso al gobierno de Hipólito Yrigoyen en 1916, apagando así el fuego de sus rebeldías.

Seis años después, la misma ley, le devolvió a la oligarquía el poder perdido por el voto universal, secreto y obligatorio. La Constitución, entonces, contemplaba un único período presidencial no reelegible.

Fue con el gobierno del segundo presidente elegido libremente: Marcelo Torcuato de Alvear, un radical de pura cepa.

 

Alvear había participado de la Revolución del Parque -1890-, era hijo de Torcuato, el primer intendente roquista porteño de la entonces flamante municipalidad de la ciudad de Buenos Aires (transformada en la Capital Federal tras un conflicto fraticida entre la Nación y los bonaerenses) y nieto del Gral. Carlos María de Alvear.

Después de Alvear, que cumplió sus seis años con elogiada distinción, volvió Yrigoyen que derrotó a los conservadores en 1928.

Con su retorno a la Casa Rosada, la misma oligarquía desairada por Roque Sáenz Peña impulsor en 1910 de los acuerdos con el viejo caudillo, alentó el golpe militar del 6 de septiembre de 1930.

Fue la apertura de la conocida Década Infame, un período de trece años de fraudes electorales, persecución política y negociados escandalosos.

La derecha reaccionaria había emergido antes del derrocamiento de Yrigoyen también estimulada por la consolidación de la Revolución Rusa de la expansión democrática en Europa.

Si bien Alvear había derrotado en las elecciones de 1922 a los conservadores de la Concentración Nacional, rápidamente comenzó a captar a ese sector de cuyo marco social nunca había dejado de pertenecer.

El 23 de septiembre de 1923, el día en que en el Madison Square Garden Luis Firpo tiró fuera del cuadrilátero de un derechazo al campeón al campeón mundial de los pesados Jack Dempsey, comenzaba en la Unión Cívica Radical, el partido gobernante, una disputa que generaría una fractura entre los “personalistas” yrigoyenistas y los ”antipersonalistas” alvearistas.

Unos, populares; los otros, aristócratas y conservadores.

Tras la Primera Guerra Mundial, en la cual la Argentina fue neutral y con un mundo que comenzaba a recuperarse, la economía nacional creció notablemente, marco en el que Yrigoyen llevó adelante la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF).

El crack económico de 1929 comenzó en los Estados Unidos, el gran beneficiado como proveedor principal de los países que habían participado en la guerra.

En la Argentina, el golpe del `30 y los sucesivos gobiernos fraudulentos también alentaron un intervencionismo estatal al estilo norteamericano de la época, aunque limitado a los sectores económicamente más poderosos.

Era la hora de la espada y “del fin del sistema constitucional del siglo XX, que está caduco, porque el Ejército es la última aristocracia y la última posibilidad de organización”, palabras pronunciadas en 1924 por Leopoldo Lugones en Lima con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho.

Aludía a un ejército que tenía mucho más del que Bartolomé Mitre había creado en 1862, funcional al modelo agroexportador y nada del encabezado por Manuel Belgrano y José de San Martín.

En ese contexto, emergió Alvear decidido, en 1935, a levantar la abstención electoral lanzada por Yrigoyen, fallecido dos años antes, para participar de las elecciones de 1937 a pesar del fraude electoral.

Su colaboracionismo con el régimen generó la respuesta de los jóvenes del partido que lanzaron la llamada Fuerza Orientadora Radical de la Juventud Argentina, mejor grabada en la memoria por su sigla: FORJA.

La alvearización radical era para los forjistas como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz la subordinación del radicalismo a la oligarquía. En concreto, una traición a los principios que le habían dado origen.

“Esta posición de Alvear coincidía con el plan británico que exigía la legalidad del radicalismo y su conversión en partido del orden”, decía Jauretche.

Marcelo Torcuato de Alvear falleció el 23 de marzo de 1942, a los treinta años de una ley que en 1946 sería plenamente reivindicada con la llegada del peronismo al gobierno.