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URQUIZA, PLEITESÍAS AL ENEMIGO

La frase de un Juan Domingo Perón enardecido "...al enemigo ni justicia" tenía como referencia contraria el día que la formuló en las violentas horas de los cincuenta el antecedente de un siglo antes del caudillo federal entrerriano Justo José de Urquiza cuando se entregó a los unitarios Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento, lo que le costó la vida.  Justificación de José Hernández.

Por Armando Vidal

Un museo abierto bañado por el río Uruguay está allí, allí nomás de Buenos Aires. Comprende una pequeña porción de la provincia de Entre Ríos y otra aún menor de la orilla de enfrente, otro país por decisión de algunos que siguen siendo próceres de este lado.

Ese lugar – que entre otros sitios resaltan Colón (más Paysandú, Uruguay), Liebig, San José y Concepción del Uruguay-, es un bello escenario turístico, con poéticas arboladas, playas serenas, aguas termales, casas de puertas abiertas y gente amable, todo sobre una tierra de tintes rojizos como la sangre que la ha regado.

Es algo más que éso.

Allí está el escenario de un drama en torno de un hombre que signó el destino de un país y que era el hijo de un vasco ruralista y militar radicado en Entre Ríos (Josef, llegado desde Bilbao a los 12 años) que sirviera a España y enfrentase a la Revolución de Mayo, por lo que durante tiempo debió buscar refugio en la Banda Oriental.

Ese hijo, nacido en 1801, fue Justo José de Urquiza, quien llegaría a ser un saladarista exportador favorecido por los bloqueos franceses e ingleses en tiempos de Juan Manuel de Rosas y, por eso mismo partidario, de la libre navegabilidad de los ríos interiores.

Sobre el río Uruguay, estaba Santa Cándida, su gran establecimiento, ubicado al sur de Concepción del Uruguay, tras el llamado Arroyo de la China, viejo nombre de la ahora ciudad donde naciera Pancho Ramírez, el Supremo Entrerriano.

Pero cuando este empresario y comerciante iniciara en 1847 la actividad en Santa Cándida ya era gobernador y antes militar con varias batallas donde había expuesto su propio cuero como seguiría haciéndolo.

* Las mujeres del general

Tuvo varias mujeres que alimentan su fama y que merecen ser consignadas por orden de aparición en su vida, al menos las oficialmente reconocidas.

Comenzó con Encarnación Díaz (madre de su hija Concepción cuando él tenía 19 años), siguió con Segunda Calvento, que era la hermana de un amor de Pancho Ramírez (madre de Teófilo, Diógenes, Waldino y José), luego por Cruz López Jordán, un apellido que quedaría pegado a su destino (madre de Ana, una de sus preferidas), después por Juanita Sambrana (madre de Justo José del Carmen y María Juana), tras ella Tránsito Mercado Pasos (madre de Cándida Margarita y Clodomira del Tránsito), a continuación Cándida Cardozo y Pérez (madre de Medarda), María Romero (madre de Norberta, las tres hijas nacidas en 1846) y, finalmente, Dolores Costa (madre de Dolores Justa del Carmen, Justa, Justo Salvador, José Cayetano, Flora del Carmen, Juan José, Dominga Micaela, Teresa, Cipriano José, Carmelo y Cándida Amelia).

Ocho mujeres, veintitrés hijos reconocidos con igualdad de derechos.

Había asumido la gobernación de Entre Ríos por primera vez en 1842, lo que se repetiría en 1845, 1849, 1853, 1860 y 1868, esta última considerada un grave error político por la conversión que había tenido a favor de Buenos Aires.

A esa altura era un hombre extremadamente rico, un hacendado, dueño de empresas e industrias, entre ellas navieras, con acciones, además, en bancos, ferrocarriles y hasta en empresas periodísticas, señal que era un adelantado.

* Llegaba la noche

Ahora, vayamos al final. En el anochecer del 11 de abril de 1870, una montonera dividida en dos grupos, irrumpió al galope y a los gritos en la residencia del general Urquiza, construida a unos 30 kilómetros de Concepción del Uruguay, su palacio, desde el cual ejercía el gobierno de la provincia.

Para ello, unos treinta habían partido desde la estancia de Arroyo Grande del general Ricardo López Jordán, en el departamento de Concordia, bajo el mando del mayor Robustiano Vera y de José Mosqueira, un hacendado de Gualeguaychú, hacia la estancia San Pedro, propiedad de Urquiza.

Allí se sumaron veinte más, entre ellos el coronel cordobés Simón Luengo, a cargo de la conducción de un plan que no se cumplió tal como había sido concebido para poner fin a un gobierno de tres décadas en Entre Ríos.

Hombres que respondían a López Jordán, nacido en Paysandú donde estaba exiliado en ese momento su padre, el general del mismo nombre y ex gobernador entrerriano; hombres que tenían que arrancar a Urquiza de su paraíso y llevarlo ante López Jordán pero terminaron matándolo en una acción cargada de furia.

 Eran urquicistas que habían dejado de serlo por traición de quien se había rendido ante Buenos Aires que, a su vez, lo había hecho con Brasil y cuyos exponentes más calificados eran Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento, aliados, enemigos y aliados en la pendular relación con el jefe entrerriano que tuvieron a su servicio.

Esa sumisión porteña expresada por Mitre y Sarmiento había arrancado con Bernardino Rivadavia y significó la separación de la Banda Oriental pese al triunfo militar contra Brasil que la ocupaba, sellado en Ituzaingó, el 20 de febrero de 1827,  política consagrada plenamente el 3 de febrero de 1852 cuando en Caseros un ejército comandado por el gobernador Urquiza en alianza con Brasil y la participación de más de veinte mil soldados de ese país, derrotó a las fuerzas argentinas para terminar con el gobierno de Rosas, el enemigo acérrimo del expansionismo lusitano.

Además de la desmesura del odio contra Rosas, Mitre y Sarmiento fueron dos fieles a Río de Janeiro y a la política divisionista británica convencidos los dos, que también tenían sus grandes diferencias, de que la Argentina debía reducir sus territorios en beneficio de su gobernabilidad, tal como lo demostraron en sus respectivas presidencias (Mitre, 1862/68 y Sarmiento, 1868/1874), incluyendo el papel de ambos en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865/1870), la vergüenza mayor de la historia argentina y a la cual se sumó torpemente Urquiza.

“Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileros. Estamos prontos. Esos son nuestros enemigos. Oímos todavía los cañones de Paysandú (NdE: ver nota aparte). Estoy seguro del verdadero sentimiento del pueblo de Entre Ríos”, le escribió López Jordán a Urquiza.

Hacía rato que Urquiza no tenía nada que ver con esos mismos entrerrianos desde su deserción en la batalla de Pavón, del 20 de septiembre de 1861, para dejarle el campo libre a Mitre cuando estaba en condiciones de aplastarlo.

Por todo ello, en aquel día de abril de 1870, en plena Semana Santa, Urquiza pagó de golpe sus graves errores.

Urquiza fue la víctima y López Jordán, el autor intelectual del crimen, según la imputación que se exhibe en una lápida en el mismo cuarto donde cayó muerto, formulada por su viuda, Dolores Costa, la última mujer del caudillo y la única con que contrajera matrimonio.

Un tiro en la cara y cinco puñaladas en el pecho, dos de ellas por parte de un colaborador cercano (Nicomedes Coronel, mayordomo de la estancia San Pedro) que formaba parte del contingente atacante, terminaron con el hombre más poderoso del país.

Según López Jordán, el desenlace lo precipitó el propio Urquiza al responder con dos disparos la abrupta aparición de su gente en el Patio de Honor de la esplendorosa casa. Dos de los 23 hijos s de Urquiza, Waldino y Justo José del Carmen, los dos también militares y que estaban en Concordia, fueron asesinados en esas mismas horas, siendo ambos estrechos amigos de López Jordán.

* Abandono y muerte

Ese fue el final del vencedor de Caseros, el gran jefe federal que enfrentara a Rosas y a quien en vano reclamaron auxilio pueblos del interior condenados a la miseria por la política portuaria y desintegradora de los gobiernos porteños de Mitre y Sarmiento. Chacho Peñaloza, riojano, asesinado vilmente en 1863 y Felipe Varela, catamarqueño, su lugarteniente, fallecido enfermo en 1870, a quienes Urquiza dio la espalda aliado a Buenos Aires, ilustran ese capítulo del abandono, lo mismo que el martirio de Paysandú.

Además, pleitesías de quien en Entre Ríos sentía estar edificando un país diferente con la participación de grandes corrientes inmigratorias que su gobierno alentaba; pleitesías como las brindadas en su propia casa cuando promovió y recibió con todo relumbrar y pétalos de rosas rojas –el color federal- en el camino de la entrada principal la visita del presidente Sarmiento, el 3 de febrero de 1870, para conmemorar ambos la batalla de Caseros de dieciocho años antes.

Fue la última gota.

“Urquiza, era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el Jefe Traidor del Gran Partido Federal y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del Jefe Traidor" escribió José Hernández, que frente a lo que se avecinaba se alistó en las tropas de López Jordán para enfrentar a los porteños y que en 1872 diera a luz su célebre obra Martín Fierro.

Ya antes había escrito pero en sentido preventivo y pensando en los unitarios como magnicidas: “¡En guardia General Urquiza! El puñal está levantado, el plan de asesinaros preconcebido…!”. (1863, José Hernández, Vida del Chacho).

Camino al cementerio de Concepción del Uruguay, las tropas de López Jordan con su jefe al frente detuvieron el cortejo y, tras una instancia que presumía lo peor, le abrieron paso al conductor de tantas batallas en las que estuvieron juntos como en Caseros, Cepeda y Pavón.

El 14 de abril de 1870, López Jordan asumió la gobernación elegido por voluntad de la misma Legislatura que en 1868 lo había hecho con Urquiza, frustrada entonces su intención de ser presidente de los argentinos, elección que recayó en Sarmiento, incluso contra la voluntad de Mitre que hubiera preferido a Rufino de Elizalde, paradigma del cipayo a disposición de Rio y Londres y su súbito personal como antes lo había sido de Rosas.

Sarmiento dispuso entonces la intervención de la provincia de Entre Ríos, por propia determinación personal y al margen de la obligación de hacerlo por medio de una ley votada en el Congreso de la Nación, con lo cual desató otra guerra civil.

Al tiempo los Remington comprados por Sarmiento al agente local Carlos Kirschbaum pudieron más que las lanzas muchas veces conformadas con tijeras y cuchillos.

No se trataba, por supuesto, de ahorrar sangre de gauchos.

Fuentes: Palacio San José, Museo y Monumento Nacional Justo José de Urquiza, Manuel Macchi, director del Museo; Urquiza, el saladerista, Manuel Macchi; Muerte del General Justo José de Urquiza, Testimonios de un pasado trágico, Ana M. Barreto; Urquiza íntimo, su familia, su casa, Ana María Barreto Constantín; El Palacio San José, casa del general Urquiza, Luis Ángel Cerrudo; Muerte de Urquiza, un crimen impone en el Palacio San José, Ana María Barreto Constantín; De Mitre a Roca, política, sociedad y economía (1860-1904), Benjamín García Holgado; Historia argentina, una mirada crítica, 1806-2006, Teresa Eggers-Brass; Crónicas del país de los ríos muertos, Héctor H. Dalmau; Del patriciado a la oligarquía, 1862-1904, Jorge Abelardo Ramos; Geopolítica de la Cuenca del Plata, el Uruguay como problema, Alberto Methol Ferré, con prólogo de Arturo Jauretche; Felipe Varela, Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, y Buenos Aires, sus hombres y su política (1860-1890), Carlos D´Amico.