A+ A A-

EL ABRAZO DE LA HISTORIA

A los treinta años de la muerte de Juan D. Perón, una mirada sobre el líder peronista y también sobre ese amigo inesperado que le trajeron las revueltas aguas de la política argentina: el radical Ricardo Balbín. Testigo de hechos que aquí se mencionan, el autor deja traslucir su convicción de que cuando no hay diálogo entre las grandes corrientes políticas populares  lo que se hace es despreciar la quizás mejor lección que dejaron esos hombres al final de sus vidas.

Por Armando Vidal

Primero fue el retorno de Juan Domingo Perón el 17 de noviembre de 1972, tras 18 años de exilio. Luego, el salto del líder radical Ricardo Balbín a una tapia en la casa de Gaspar Campos, en Vicente López. Al abrazo de quienes habían sido enemigos lo posibilitaron sus edades —el general, 77; el abogado platense, 68— y, sobre todo, la necesidad de los dos de no volver a dividir a las corrientes populares en beneficio de los bandos militares.

Así quedó consumado el mayor cambio en la ajetreada relación entre oficialistas y opositores. Y no tenía por qué ser fácilmente comprendido en el momento de los hechos. Probablemente hubiera pasado algo semejante de no haber sido secretas las conversaciones entre el presidente conservador Roque Sáenz Peña y el revolucionario radical Hipólito Yrigoyen. De ellas derivaron la sanción de la ley del voto secreto y obligatorio, merced al cual la UCR accedió al gobierno en 1916, cuando concentraba el mayor peso de las corrientes inmigratorias del siglo XIX.

De los acuerdos de Gaspar Campos entre Perón y Balbín quedó grabada una regla central en el sistema democrático: el respeto a la oposición.

En esa casa, transformada hoy en museo, Perón colmó de atenciones al hombre a quien como diputado un oficialismo obsecuente le quitó los fueros en 1950 en una causa judicial inventada para que fuera a parar a la cárcel.

Balbín sabía lo que hacía cuando fue a dialogar con Perón, acompañado por Juan Carlos Pugliese, su consejero, y Enrique Vanoli, su secretario.

No le importó que, por no captar el voto antiperonista, en 1973 perdiera su chance de ser presidente, derrotado por Héctor Cámpora y, tras la renuncia de éste, por el propio Perón.

Meses después, a Balbín tampoco le importó tener que revalidar su liderazgo radical en una interna en la que venció a su ex delfín, Raúl Alfonsín, por entonces un duro crítico de los entendimientos con el peronismo.

Perón murió en el poder y Balbín, en el mismo recinto del que había sido excluido casi un cuarto de siglo antes, despidió sus restos con un discurso no leído, del que cinco palabras quedaron para siempre: "Este viejo adversario, despide al amigo".

Fue esa relación entre Perón y Balbín sobre la que se sustentó, cuando ninguno de los dos ya estaba, el espíritu de aquella Multipartidaria que surgió con los años 80, a la hora de poner de pie a los partidos políticos al avecinarse el fin de la dictadura que había desalojado a la viuda de Perón de la Casa Rosada.

Fue esa relación la que dio sustento al vínculo entre radicales y peronistas desde 1983, cualquiera haya sido la crisis, incluyendo la del incendio del 2001.

Por eso, basados en ese ejemplo que dejaron dos hombres cansados al final de sus vidas, hablaron el lunes en el homenaje a Perón en el Salón Azul exponentes de la oposición como el ex radical Ricardo López Murphy, el socialista Rubén Giustiniani y el propio Alfonsín, quien hoy tiene mucho de su viejo maestro.

Con motivo de memorarse en poco más el centenario del nacimiento de Balbín, ésas y otras voces hablarán de lo mismo. Nadie quiere olvidar la lección que tanto costó aprender.

Volanta, título y bajada: A 30 años de la muerte de Perón / El reencuentro de los dos grandes líderes políticos argentinos/ Aquel abrazo con Balbín que marcó la relación entre peronistas y radicales

Fuente: Clarín, 1/7/04