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CHACHO JAROSLAVSKY NO MERECÍA ESE AGRAVIO

Molesta porque el radicalismo había colaborado a la formación del quórum, la diputada Elisa Carrió la emprendió contra su ex partido e, incluso, contra César Jarlosvasky, presidente de la bancada ya fallecido. Aquí se pone en  contexto el papel de un hombre que cumplió con la palabra empeñada. 

Por Armando Vidal

Palabras mal pensadas ofendieron por su imprecisión e injusticia la memoria de Chacho Jaroslavsky, presidente de la bancada radical entre 1983 y 1991, fallecido hace ocho años.

Provinieron de Elisa Carrió, radical por raíz paterna y hoy al frente de una nueva experiencia partidaria, la Coalición Cívica, demasiada ladeada hacia la derecha para lo que se esperaba de la mujer que, en 1994, irrumpió desde el anonimato en la escena nacional en la convención constituyente de Santa Fe.

Fue para oponerse al Pacto de Olivos entre peronistas y radicales que había abierto paso a la ley del año anterior que declaró la necesidad de la reforma. Carrió atacó presuntos acuerdos del bloque oficialista en

la era menemista (1989/1999), según lo cuales la aprobación de los presupuestos, sostuvo, era producto del retiro de legisladores radicales del recinto.

Una imputación que no se corresponde con los hechos públicos ni con la relación de fuerzas entre los sectores aludidos toda vez que el justicialismo había ganado las elecciones de 1987, 1989, 1991, 1993 y 1995 que fue cuando ella llegó a la Cámara.

Llamó a eso “la gran Jaroslavsky” y dijo haberlos visto.

Fue una alusión con más rabia que razón a otro capítulo de la historia, el primero en el plano institucional entre políticos que debían acordar una salida de emergencia y que, ampliado con otros componentes, habría de repetirse a comienzos de siglo.

En aquel caso había sido por la entrega anticipada del gobierno de Raúl Alfonsín, el 8 de julio de 1989 cuando debía hacerlo el 10 diciembre junto con la llegada también de los diputados elegidos en esas elecciones del 14 de mayo de ese año.

Colocar en el plano de la inmoralidad el papel del radicalismo en aquel momento tuvo un agravante: la falta de reacción inmediata de los diputados radicales, más allá de que por esas mismas horas –fue el miércoles 10 de noviembre- estuvieran ocupados en una peleada decisión interna que significó el final anticipado del cobista Oscar Aguad como conductor de la bancada.

Carrió hizo esas declaraciones fuera del recinto a poco de iniciada la sesión en la que oficialistas y opositores, entre ellos los radicales, habían logrado quórum para tratar la siempre emblemática ley del Presupuesto del año siguiente y en la que el oficialismo centrará buena parte de la campaña electoral del próximo año en el caso de no lograr su aprobación.

No fue motivo de comentario alguno pero en medio de una desmemoria un tanto colectiva la sesión de un capítulo de final incierto coincidía con el 45º aniversario del momento en que la oposición peronista de entonces se negaba a aprobarle el Presupuesto al gobierno radical de Arturo Illia, derrocado al año siguiente por el golpe del general Juan Carlos Onganía.

Carrio, que compartió sus declaraciones con la ex diputada menemista Patricia Bullrich, hoy su aliada, estaba enojada y le imputó a los colegas de su viejo partido “hacer la Jaroslavsky”

¿ Pero qué fue lo que hizo Jaroslavsky?

Simplemente, cumplir un acuerdo en el que él, que era presidente del bloque ni Juan Carlos Pugliese, que había sido presidente de la Cámara, luego ministro de Economía por unos días y en ese momento ministro del Interior, no habían participado.

Ese acuerdo consistía en reflejar en el recinto en el momento de las votaciones una relación de fuerzas proporcional al resultado electoral de modo de garantizarle al oficialismo la posibilidad de contar con los votos equivalentes que tendría el PJ a partir del 10 de diciembre de ese 1989 cuando ocupasen sus bancas los diputados elegidos.

Demasiado extenso había sido el plazo entre el contundente resultado electoral del 14 de mayo y la meta del 10 de diciembre de ese año, previsto para la asunción de la fórmula triunfante (Menem-Eduardo Duhalde).

Súbitos asaltos a supermercados de fines de mayo, declaraciones altisonantes de Menem y provocaciones de Domingo Cavallo, entonces diputado (“a los radicales hay que hacerles escupir sangre”) y una presión de sectores económicos de la que daban cuenta los medios llevaron a Alfonsín a acordar una salida decorosa.

El encargado de hacerla cumplir en Diputados fue Jaroslavsky, lo cual le costó grandes disgustos por la reticencia de sus correligionarios a levantarse de las bancas para que el peronismo, que comenzaba su viraje ideológico, votase leyes –y no sin pelea por parte del radicalismo- como la de reforma del Estado, que abriría paso a las privatizaciones.

Jaroslavsky tuvo que superar, incluso, un levantamiento en su contra de su propio bloque, disgustos que fue absorbiendo entre silencios, bufidos silenciosos e infinitos cigarrillos cargados de bronca.

Cuentan que poco después caminó varios metros sin sentir que había perdido un zapato, señal que sus trajinadas arterias entraban en un plano de insensibilidad que nunca, ni aún en su lecho de enfermo, afectó su espíritu solidario y comprensivo.

A tal punto que hoy, Lilita, él diría “…es la política”. Y se la bancaría, como se bancó todo en la vida.