A+ A A-

NUESTRA DEMOCRACIA, DISFRAZ CAPITALISTA

Como cansado de una democracia "falaz y descreída", según se caracterizaba en los treinta al régimen de la Década infame, este conocido periodista  desafía a hablar de la democracia con tanta sinceridad que invita a pensar si con una fuerte burguesía nacional sería distinta.

Por Norberto Colominas

¿Puede la democracia definirse como un gobierno de iguales cuando se basa en el capitalismo, un sistema de producción que consagra la desigualdad entre propietarios y no propietarios, y persigue la ganancia, que no es otra cosa que plusvalía acumulada en el tiempo?

Esta contradicción nunca pudo ser resuelta por los iguales/desiguales que defienden esta forma tan contradictoria de las organizaciones de la política y la economía. Presuntamente la democracia busca la igualdad, que se hace con el prójimo, pero el capitalismo busca la ganancia, que se realiza contra el prójimo, toma de plusvalía mediante.

En el mismo sentido, mientras la democracia premia -si acaso- las conductas éticas, el capitalismo sólo reconoce el éxito económico, o dicho de otro, la acumulación de la mayor cantidad posible de plusvalía.

Podríamos continuar hasta el cansancio oponiendo democracia contra capitalismo, votos contra ganancia, venta de la fuerza de trabajo contra plusvalía, virtudes públicas contra vicios privados, pero sería más de lo mismo.

El hecho cierto, evidente, es que el capitalismo necesita el grueso maquillaje de la democracia para disimular su feo rostro. Si no, véanse las crisis como muestra de esta grosera contradicción.

¿Quiénes pierden más con ellas? Los desempleados, los pobres, los marginales.

¿Quiénes ganan más? Los ricos, los poderosos, porque aumentan sus patrimonios.

Esto nunca cambia, es siempre igual desde que el sistema se consolidó en la alta Edad Media.

Se explica entonces por qué los revolucionarios de los siglos XIX y XX optaran por llegar al gobierno vía revolución y no mediante mecanismos democráticos.

 En adelante -pensaban- los oprimidos gobernarían mediante su propia dictadura. Obtendrían así su libertad y fundarían otro sistema de relacionamiento político y económico entre iguales, una democracia real basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. Acabarían con la plusvalía, con la riqueza y, de paso, con las diferencias de clase generadas por la riqueza y por el poder que la ella habilita.

Pero ese sistema fracasó.

Fracasó al convertirse, burocratización mediante, en capitalismo de estado. Entonces era el estado el extractor de plusvalía, que de eso se trata. De quién se hace con la plusvalía y de cómo la utiliza.

A resultas de ello los trabajadores soviéticos no vivían mejor ni eran más libres que sus colegas europeos o americanos. Para entender ese fenómeno tan doloroso debería escribirse la historia del socialismo que no fue.

Pero el fracaso estrepitoso del estalinismo no modifica el hecho de que vivimos en sociedades organizadas por una democracia que no promueve la igualdad, y sometidos a un capitalismo que exacerba las diferencias en la economía y las consagra en la sociedad.

Título: ¿Iguales o desiguales?