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HASTA DENTRO DE DOS AÑOS

El fracaso de la oposición e incluso del papel que jugaron los medios que la apoyaron en contra del Gobierno traslada para dentro de dos años la valoración en las urnas de lo que vaya hacer ese sector a partir del resultado del 23 de octubre. Algunas experiencias del pasado pueden ser de utilidad para entender mejor la tarea en el Congreso de la Nación, en especial en Diputados.

Por Armando Vidal

Si para algo responde bien el Congreso es para que funcione la oposición, simplemente porque ese es su lugar, su único lugar en el comando de la República. Y son tantas las posibilidades que ofrece que si no existiera una oposición, ese mismo poder la promueve, la crea, la inventa. De una sola banca puede nacer una oposición que, igual que todo lo natural, reclamará tiempo para crecer.

La oposición es inherente a la acción de los políticos, es propia y específica, surge en toda puja por espacios de poder, dentro y fuera, de las expresiones políticas. Los fuertes liderazgos no la impiden, las disimulan hacia adentro mientras confrontan afuera.

Una experiencia de creación de una oposición ajena por completo a las autoridades del propio partido fue la renovación peronista en el Congreso que, primero, creó en la Cámara de Diputados un discurso para enfrentar la soberbia alfonsinista –palabras de la época- y, después, dio la lucha interna, con la participación fundamental de una parte peronista del Senado.

Fue un movimiento del interior hacia Buenos Aires.

Así nació la renovación que incluyó en su propio seno al enemigo que la aniquilaría: el pintoresco e imprevisible gobernador riojano Carlos Menem, hoy senador nacional. Y lo hizo cuando la renovación le había ganado a la ortodoxia (herministas y burócratas sindicales) las elecciones a diputados nacionales en la provincia de Buenos Aires, en 1985, y dos años después al alfonsinismo en las elecciones a gobernador que sentarían a Antonio Cafiero en el sillón de Dardo Rocha.

Fue allí que Menem entró en la historia -o antihistoria, según se prefiera- en la primera e irrepetible gran interna que hubo, la del el 9 de julio de 1988, cuando derrotó a Cafiero en la pelea por la candidatura del PJ a presidente de la Nación en las elecciones del año siguiente.

Tras ello, en 1989 y mientras los derrotados se encolumnaban, desde el propio peronismo nació en Diputados otra oposición interna por medio del llamado Grupo de los 8, que tuvo por referente mayor al sindicalista Germán Abdala y, tras la muerte de éste, a Chacho Alvarez, quien sería el creador de la tercera vertiente, fuera de la UCR y el PJ. Y así fue hasta que errores propios lo llevaron, diez años después, a un callejón sin salida: la alianza de su sector con el radicalismo de Fernando de la Rúa.

 Entre 1983 y 1989, los medios siguieron este partido como árbitros interesados en el triunfo de quienes mejor les convenían a sus intereses pero con el gobierno de Menem algunos ejercieron el arte de decir lo menos posible en lo concerniente al despanzurramiento del Estado, sin que ello impidiera ocultar la noticia, aunque aliviada en tapa, como fue el escándalo del diputrucho de 1992.

* Medios y etapas

Entre 1999 y 2009 hay tres etapas. En la primera, que culmina con la asunción de Néstor Kirchner al gobierno, en 2003, los medios también quedaron envueltos en la crisis económica y fueron rescatados por el Congreso inmediatamente después del derrumbe de fines de 2001. La segunda fue de moderada coexistencia con Kirchner y la tercera se abrió con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien a poco de andar en 2008 enredó su gestión en un duro e inoportuno conflicto con el campo, en el que los medios, en especial Clarín, jugaron fuerte contra la Casa Rosada, plantando sin querer la semilla de la ley de medios. La anunció Cristina en la Asamblea Legislativa del 1º marzo de 2009, quien luego perdió las elecciones parlamentarias de ese año pero que igualmente impulsó y logró la sanción de la ley.

Ahora, las primarias del 14 de agosto de 2011 anticiparon el categórico resultado a favor que se descartaba para el 23 de octubre, motivo por el cual todo se trasladó en materia de consolidación de los sectores opositores a la elección de dentro de dos años, en coincidencia con el bicentenario de la Asamblea del año XIII, cuando vuelvan a renovarse las bancas en el Congreso.

Como la oposición no funcionó como tal a partir del 2009 sino como un armado coyuntural, sin liderazgos aglutinantes y ninguna otra cohesión que la de los propios medios que la estimulaban contra el gobierno, el final anticipado fue el castigo electoral.

En esa vertiginosa carrera de un capítulo clave el radical Ricardo Alfonsín confundió en la campaña electoral a Francisco de Narvaez con un aliado, Pino Solanas se equivocó de estación, Lilita Carrió se quedó en Patio Bullrich y el duhaldismo se esfumó. Socialistas y peronistas puntanos salvaron la ropa con olor a humo.

Ahora llegarán muchas caras extrañas al Congreso, la gran mayoría con el brazo enyesado para levantarlo cuando diga el Gobierno. Aparte de los méritos que legítimamente le corresponden a la gestión de Cristina Kirchner, esa también fue la obra de una oposición que hace dos años, igual que el vicepresidente Julio Cleto Cobos, creyó que todo terminaba cuando en realidad estaba comenzando.