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DE AQUELLA LUCECITA A LA PAZ DE HOY CON CHILE

Este relato es de un periodista que formó parte del reducido grupo que cubrió en Chile las visitas del cardenal Antonio Samoré en la Navidad y fin de año de 1978 cuando la guerra era inminente. El autor es quien le formuló una pregunta que diría todo: “¿Monseñor, no hay una lucecita de esperanza?” . Las palabras vencieron a los tanques.

Por José Ignacio López

Fue una Navidad diferente para todos aquella en la que el Papa polaco no vaciló y tampoco el cardenal de hablar cadencioso al que le confió una tarea que parecía imposible.

Había truenos de guerra allá en el Sur de ese continente al que Wojtyla no conocía aún pero al que después visitaría una y otra vez, jalones de su estilo global de ejercer el ministerio de Pedro.

 

Samoré fue así el precursor del Papa peregrino. Juan Pablo II nos regaló con aquel gesto un anticipo de lo que habría de ser su largo pontificado.

¿Cómo no sentirnos en deuda con él de por vida si nos salvó de una tragedia?

Con Fiorello Cavalli, el inolvidable jesuita que, sin haber pisado hasta entonces nuestro suelo, nos conocía como si aquí viviera; con el joven sacerdote Faustino Sainz Muñoz, incipiente diplomático —hoy nuncio en Gran Bretaña— elegido porque el español era su lengua madre, partió el cardenal Samoré de Roma aquella tarde de Navidad que por una vez el purpurado no pudo celebrar en el monasterio carmelita de Vetralla, donde hoy descansan sus restos.

“El Papa me ha encargado una tarea; esta vez no podré acompañarlas”, rescató de su memoria una de las monjas de clausura que me acompañó un luminoso sábado del último octubre en la visita a la tumba de Samoré registrada para La guerra que no fue, el documental que realicé con Tranquilo Producciones, de Eliseo Alvarez, y la invalorable participación, entre otros, de Camila O’Donnell, Laura Vera, Julia Rodríguez y Pablo García.

Fue aquella la Navidad más tensa y angustiosa que se haya vivido de un lado y otro de los Andes. Los centuriones de las dictaduras conducían al desvarío. “Casus belli” gustaban decir.

Junto a un puñado de periodistas, entre ellos Armando Vidal, de Clarín, lo vi llegar; y luego ir y venir de un lado y otro de los Andes.

Fui testigo de su entrega generosa a favor de la paz. También de la ansiada tregua que consiguió en menos de dos semanas, el 8 de enero: “Entre Navidad y Reyes” creo que titulé alguno de los comentarios escritos entonces para la agencia Noticias Argentinas.

Testigo también de la ardua y compleja mediación a la que el purpurado entregó su vida —y no es esa una mera expresión—, como lo confirman diplomáticos y juristas argentinos y chilenos que frecuentaron la Casina de Pio IV, en los jardines vaticanos.

Después, en diciembre de 1980, llegó la propuesta del Pontífice, rápida y favorablemente aceptada por Chile y tardía y virtualmente rechazada aquí, sometida a los vaivenes, disputas y mezquindades del poder militar, que procuré registrar con veracidad en notas escritas para NA, primero, y DyN y el semanario El Economista, después.

“Sí, m’hijo, una lucecita siempre hay”, me había dicho Samoré en la Nunciatura en Santiago cuando comenzaba a bregar por la paz y poco y nada podía decir mientras se afanaba porque las dictaduras se comprometieran formalmente a renunciar al uso de la fuerza como condición para que el Papa aceptara la mediación.

Empeño que alentaron Videla y Pinochet, según lo registran las memorias de tantos otros protagonistas juristas, diplomáticos y militares.

Quizás fue aquella lucecita de Samoré, ya desde el Cielo, la que me concedió la posibilidad de ser también testigo privilegiado de la definitiva paz que sólo alumbró con la democracia, cuando el presidente Raúl Alfonsín cumplió con su compromiso de sellar la paz definitiva con Chile sobre la base de la propuesta papal y convocó a la inédita e histórica consulta popular en la que más del 80 por ciento de los ciudadanos argentinos votó por el “sí”.

Aquella lucecita que encendió el empeño de Samoré y enriquecieron la fina inteligencia y la capacidad persuasiva del cardenal Agostino Casaroli; la audacia pastoral y la firme decisión de Juan Pablo II, que no conoció desmayos ni reparó en desvelos, se mantuvo viva por más de cuatro años.

El Pontífice polaco no cejó ni cuando el atentado de mayo de 1981 lo puso al borde de la muerte y la paciencia del cardenal Samoré se vio colmada por un incidente que terminó con detenidos militares de un lado y otro de los Andes, y sólo un virtual ultimátum de la diplomacia vaticana logró encauzar. La mediación papal mantenida con celo y esfuerzos por los diplomáticos y juristas de una y otra delegación, fue rescatada por la decisión política del presidente Alfonsín.

Un lustro después de aquella Navidad cercana a la tragedia de la guerra, a mediados de diciembre de 1983, el Presidente envió al embajador Hugo Gobbi a reavivar las gestiones y así, el 23 de enero de 1984, en presencia del cardenal Casaroli, los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle pusieron en marcha las negociaciones que derivarían en el Tratado de Paz y Amistad.

Vueltas de la historia, Hugo Gobbi hijo fue hasta hace pocos días el ministro de la embajada argentina ante la Santa Sede y, como tal, junto al embajador Juan Pablo Cafiero, testigo de la ceremonia presidida por Benedicto XVI en la que las presidentas Cristina Fernández de Kirchner y Michelle Bachelet celebraron los 25 años de la firma de la paz.

 ¿No es acaso esta una ocasión inmejorable para hacer memoria para construir? ¿No es otro momento propicio para huir de esta dinámica destructiva, de este verdadero festival de mezquindades de una dirigencia de todo tipo y color, oficialismo y oposición, que parece ganada por la amnesia y actúa como si la implosión de otra Navidad, la de 2001, no hubiera existido?

Ojalá la conmemoración en Roma de esa obra de paz que fue la única mediación de la Santa Sede en el siglo XX, el hacer memoria de aquella instancia inolvidable de construcción colectiva y participada de la paz, como fue ese domingo 25 de noviembre de 1984, nos ayude a recuperar ese sentido de la política, el de la construcción.

 ¡Hagamos memoria para construir!

Copete original: A 25 años de la firma del tratado que puso fin al diferendo limítrofe por el canal Beagle, el conductor del documental La guerra que no fue y testigo privilegiado de aquellos días, recupera el proceso paso a paso.

Fuente: Revista Ciudad Nueva, www.ciudadnueva.org.ar