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TRASLADO, MILITARES Y DIVORCIO

Los sueños del presidente Raúl Alfonsín por llevar la Capital Federal a la Patagonia pretendieron superar sus propias pesadillas por la combustión militar generada con la rebelión carapintada. Nada quedó de aquello salvo la necesidad de hacerlo cuando estén dadas las circinstancias. EL PEN y el Congreso no pudieron vencer la fuerza de otros hechos y ambos poderes cedieron.

Por Armando Vidal

La estrategia del gobierno radical se basó primero en el factor sorpresa porque el anuncio con un mensaje del presidente Raúl Alfonsín significó un fuerte impacto en la oposición que no esperaba una iniciativa de tal naturaleza y escasa fundamentación.

No quedaban en claro las reales intenciones de ese proyecto anunciado en abril de 1986, en momentos en que crecía la tensión en los cuarteles como consecuencia de las derivaciones de los juicios a los ex comandantes, que habían concluido con duras condenas a fin de año y extendían sus derivaciones hacia quienes habían cometido hechos atroces y aberrantes.

Ambas Cámaras, por ello, habían aprobado a las corridas la llamada ley de Punto final, que no será sería solución sino un problema mayor (ver GRANDES DEBATES/DERECHOS HUMANOS).

En consecuencia, una sorpresa se correspondió con otra: el Senado, donde el peronismo concentraba su fuerza, dilató un año el tratamiento del proyecto de traslado.

Por lo tanto, abril de 1987 no pasaría a la historia por este debate en la Cámara alta sino por el alzamiento carapintada de Semana Santa.

La Cámara de Diputados, en tanto, atravesó todo 1986 con hechos de fuerte repercusión como el debate de la ley de divorcio y las interpelaciones, entre ellas la que arrastrarían de sus cargos a los ministros del Interior Antonio Tróccoli y de Defensa Germán López.

Difíciles sueños los del presidente Alfonsín.