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HOMENAJE A MINGO DE MAIO, UN MILITANTE

La política sin dirigentes de base, es inviable en una democracia representativa e impensada en una democracia participativa. Este es un homenaje a Mingo De Maio, peruca de Barracas, en el mes del militante. Y para él una evocación de Juan D. Perón en el Congreso, a poco de morir.

Por Armando Vidal

De Maio era un vecino de Barracas y Juan Domingo Perón fue para él la encarnación en sus sueños de la política. De Maio murió en silencio a poco de andar el nuevo siglo. Perón se había ido antes, un 1º de julio, de hace 38 años, un día lluvioso en el que De Maio lloró.

Fue uno de los millones de argentinos que lloraron, muchos sin lágrimas, muchos también sin ser peronistas.

Perón conoció a De Maio, lo conoció en una heladería artesanal, anterior a la que ahora está, en la esquina de Olavarría y Montes de Oca. De Maio lo contó un día y el que escribe estas líneas lo publicó en una sección de Clarín que, al margen de sus cometidos parlamentarios, manejaba en silencio, como en el anonimato, llamada Cartas al País, donde la gente escribía para resolver cuestiones o aprender y no para apoyar los pleitos de la gran empresa como suele leerse hoy.

Otros tiempos, que daban lugar a la poesía, como la que expresaba De Maio, con sus prolijas cartas donde contaba historias de barrio que tenían sello nacional y podían disfrutarse en cualquier punto del país.

¿Se imaginan a Perón, acompañado de Evita, con él al volante en un auto negro, a comienzos de los cincuenta, en una especie de aventura de novios al salir de la luego demolida residencia presidencial (igual que como hicieron con la de Rosas en Palermo) para ir a tomar un helado en el corazón elegante de Barracas?

Mingo, con su mamá, estaban allí y él los vio y dijo algo con sus cuatro o cinco añitos y Evita preguntó y tomó nota y un día, en su humilde hogar, recibió de esas manos para él siempre benditas, un equipo de fútbol con la camiseta de Ferro, que valoró como si fuera de River, del cual sería fiel hincha.

Perón murió pasado el mediodía y el que escribe recuerda al diputado Farías de extracción gremial entrar al viejo comedor de la Cámara de Diputados para dar la noticia en medio del siempre impresionable llanto de un hombre, un gremialista, transformado en un chico.

Después pasaron las horas, vino la noche y el joven cronista, en un Congreso desalojado por razones de seguridad, se escabulló para entrar al recinto y ver escondido desde una galería el féretro en soledad del hombre más querido (y probablemente también menos querido) de la Argentina.

El cajón cerrado permaneció allí, frente al estrado, en el mismo lugar que más tarde se colmaría para la ceremonia final, en la que el otrora enemigo radical Ricardo Balbín diría aquello inolvidable de “el viejo adversario, despide al amigo”.

Las lágrimas de emoción no son amargas, son dulces, como dulces eran los recuerdos de Domingo De Maio, secretario general del partido Justicialista de Barracas, hijo de Barracas y del peronismo.

O cuando uno escribe en la evocación… Mingo y Perón, un solo corazón.

Título: De Maio y Perón, un solo corazón

Fuente: surcapitalino.com.ar, julio, 2012