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LOS NEGOCIOS MANDAN EN BUENOS AIRES

Construir torres sin tomar en cuenta la infraestructura sanitaria decimonónica en Buenos Aires, con poder para violar todo respeto al medio ambiente, demuestra que lo único que importa son los negocios de pocos para males de muchos. Aquí se cuentan algunos casos que la gran prensa elude considerar como la condena sobre el barrio de La Boca y el contraste con Puerto Madero.

Por Armando Vidal

No hay tendencia que indique lo contrario: Buenos Aires, ciertamente la capital de sí misma, es una ciudad de negocios, gobierne quien gobierne. Primero, los negocios y después lo que corresponde a sus gobernantes, gente comprensiva de negocios ajenos.

Hay un abanico grande de negocios. Los más chicos vinculados a los entretenimientos y placeres. Nombres extraños como Cromagnon y Spartacus ahorran explicaciones. Otro, en la especialidad, más grande, tiene como el caso del Casino flotante, una participación interjurisdiccional en el que no hay diferencias entre el gobierno de la Nación y el porteño, pese a lo que pese y pese a Ricardo Monner Sans, que cuestiona y pleitea.

 

La constitución porteña prohibe el juego pero como el casino se halla en  aguas que son federales, el gobierno de la ciudad no puede hacer nada como si el acceso no le perteneciera. Negocios son negocios.

Alcanza también con observar el desmesurado crecimiento de ese escenario cercano a la ruleta porteña, Puerto Madero, cuyos edificios rompieron sin miramientos la altura límite inicialmente determinada, situación que pone a la Legislatura que lo aprueba y consiente en el mismo nivel del bochornoso Concejo Deliberante del pasado.

Los negocios no respetan nada, tampoco a la vida.

Y como la pretensión es extender los negocios inmobiliarios hacia el sur, el emblemático barrio de La Boca viene purgando desde hace años el castigo del abandono y la marginalidad promovida para abaratar los terrenos y terminar con su historia.

Primero le sacaron el puerto, el único de aguas profundas en la costa porteña, que persistió hasta hace cuarenta años, pese a que el mitrismo, cien años antes, había impuesto la construcción del puerto en el centro bajo y  barroso por propuesta de Eduardo Madero –enfrente de donde hoy está el edificio de La Nación- en desmedro de la idea puntillosamente desarrolada de Luis Huergo en favor de construirlo en La Boca del Riachuelo.

Arrasar con La Boca –el barrio de un club famoso en el mundo, que tuvo por presidentes a muchos hombres de negocios, alguno muy conocido- demandó que para depreciar sus valores lo único que promovieron las autoridades de turno fue la marginalidad y el abandono.

Los negocios atacan a La Boca por todos los costados.

Por la costa hacia el sur se avecina Puerto Madero sin siquiera una moderada versión pro operari como podría encarar un utópico capitalismo inmobiliario humanizado, para corresponderse con los conventillos del barrio de Quiquela Martín, el supuesto hijo oculto de Marcelo T. de Alvear, aquel bebé dejado envuelto en una fina manta en la ex Casa de los Niños Expósitos, luego Casa Cuna, según lenguas boquenses dignas de crédito.

La Boca es la presa que yace indefensa. Si hasta le restaron los comuneros que en número le correspondía junto con su hermana Barracas cuando por decisión del gobierno de Mauricio Macri se redujo ese espacio de participación vecinal en toda la ciudad.

Nada, a La Boca, nada. El Club Boca, mira y calla.

Por ahora luce bien la obra en su límite oeste realizada sobre la Av. Patricios que en algún tiempo se transformará en una virtual autopista cuando se construya el puente que le resolverá un problema serio de tránsito a Avellaneda pero sumará un problema más a Buenos Aires. Encima, pilotes sobre el Riachuelo, como la Autopista que cercenó el paso de barcos grandes por el Riachuelo.

No se acaban ahí los problemas de ese lugar por cuyas aguas navegó don Pedro de Mendoza porque en la Av. Almte. Brown está en suspenso la construcción de nueve torres en los terrenos de Casa Amarilla para familias de bajos recursos y frente al Parque Lezama, donde estaba la ya desaparecida estación de servicio Shell –un enorme predio hoy tapiado- también está en suspenso la construcción IRSA -de triste fama- de otras tantas torres para gente de altos recursos.

La primera es una obra a cargo del gobierno de la ciudad, para negocios de naturaleza política cuando lo que correspondería, que es lo que sostienen las instituciones más representativas de La Boca, es construir en el casco del barrio siguiendo el espíritu comunitario de los conventillos, o sea con edificios de no más de tres pisos sin ascensor y destinadas a gente de La Boca y no a punteros de las villas a la vera del Riachuelo como se teme.

No sólo esas entidades  afirman que respetar la estructura tradicional del barrio es lo mejor sino que lo hacen tomando en cuenta la existencia de propiedades del propio estado autónomo que están allí abandonados por el propio gobierno y, además, lo hacen considerando un estudio basado en un relevamiento hecho casa por casa por parte de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Morón, un trabajo que demuestra que la arquitectura está al servicio de la gente y no al servicio de los negocios. Y que también fue elevado a la Legislatura.

Inútil fue la lucha para que esta causa tuviera trascendencia porque los medios –y Clarín no podrá desmentirlo- nunca prestaron atención a esa resistencia de la gente de La Boca a negocios de naturaleza perversa que cualquiera sea el  gobierno de la ciudad no habrá de cambiar porque no es la política ni la economía lo que manda en Buenos Aires. Son los negocios, desde Bartolomé Mitre a Mauricio Macri.

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