A+ A A-

DERROTA QUE HONRÓ A JUAN CARLOS PUGLIESE

A veinte años de la derrota del radical Juan Carlos Pugliese en manos del entonces menemista Eduardo Duhalde por la gobernación de Buenos Aires, el autor recuerda aquí a una figura sin igual que no debe caer en la desmemoria argentina.

Por Armando Vidal 

En su viejo Volkswagen 1500, pagando la nafta de su bolsillo, anduvo de pueblo en pueblo en campaña, hace veinte años, Juan Carlos Pugliese, radical, que enfrentaba en nombre de su partido al justicialista Eduardo Duhalde, quien bajo el amparo y promoción del entonces presidente Carlos Menem le ganaría cómodamente la elección a gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Así Duhalde dejaría su cargo de titular de la Cámara del Senado desde la cual venía convidando la política de profunda transformación digitada por el súbito e inesperado neoliberal riojano, del mismo modo que seguiría haciendolo el sector, que luego de esa victoria tomaría el nombre de duhaldismo, en particular en todo lo concerniente a las privatizaciones de las empresas públicas.

Diez años después, el incendiario mutó su papel en aprendiz de bombero en un circunstancial paso por la primera magistratura, de la que se iría rápidamente, aunque no en helicóptero, luego de lograr que un pingüino llegado del sur se hiciera cargo de lo que lo que estaba encaminado hacia una hecatombe y que, guste o no, incluyendo a los medios porteños opositores, no ocurrió. 

Volvamos a Pugliese, a quien en duros entreveros en la Cámara de Diputados a comienzos del gobierno de Raúl Alfonsín, los propios legisladores peronistas le confirieron el título de “maestro”.

“Ni en Tandil me votaron” declararía después de aquella lapidaria derrota del 9 de septiembre de 1991 el ex presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, cargo que había honrado sin distinción partidaria en nombre de cada uno de los colegas que por unanimidad lo habían elegido año por año entre 1983 y 1989, cuando con su gobierno en clara barranca abajo, aceptó ser el reemplazante de Juan Vital Sourrouille, el ministro que había sucedido al enemigo del FMI, el radical de Dock Sud, Bernardo Grispun.

Así Pugliese dejó atrás, su condición del mejor legislador en ejercicio del máximo cargo de Diputados. Fue su mérito y arte pero no su ejemplo para quienes lo sucedieron en el cargo.

Pugliese no era alfonsinista –había compartido con Alfonsín buena parte de su gestión anterior como diputado, en 1963. quejándose con buen talante que el abogado de Chascomús “se la pasaba en la Biblioteca del Congreso- sino que provenía de las filas de la corriente interna Línea Nacional, que tuvo por referente a Ricardo Balbín, de quien Pugliese fue su principal consejero en la comprensión del peronismo y por lo tanto en la superación del sesgo antiperonista de buena parte del partido de don Hipólito Yrigoyen.

El propio Balbín así lo demostraría con hechos concretos.

Quienes quisieron a ese hombre, no disimulan su emoción al evocarlo.

Una corta visita de quien esto escribe a Tandil, el pueblo de ese político que fue dos veces ministro de Economía– la primera en el gobierno de Arturo Illia- y que en la Capital Federal vivía en un departamento de dos ambientes cercano al Congreso, fue también una búsqueda de su recuerdo entre la gente, comenzando por el estupendo comité ubicado enfrente del Hotel de la calle Bartolomé Mitre al 500.

Según la experiencia recogida, a Pugliese lo tienen más presente por su paso por el ministerio de los números que por la casa de las leyes y las palabras. Y las nuevas generaciones no lo conocen demasiado, responsabilidad en primer lugar de los radicales en Tandil, que son mayoría y controlan por lo tanto la Intendencia, con su bello edificio abierto e iluminado por las noches para los sorprendidos turistas.

No faltó entre los consultados quien, un veterano ligado al fútbol que no era radical, se pusiera de pie, con la sola mención de lo que significaba para él el nombre de Juan Carlos Pugliese.

Falta en Tandil un libro que le rinda homenaje pero no una avenida que lleve su nombre que el cronista descubrió en su intento por llegar al cementerio La Pradera donde están los restos de Pugleise, al que finalmente accedió en la mañana de un domingo.

Estaba abierto pero sin ningún empleado a quien pudiera consultarse para saber dónde estaba su sepultura –allí también descansa el recordado peronista y vicegobernador de la provincia Luis Macaya- , todas identificadas sólo con una placa sobre el césped, numerosas e iguales en un enorme predio compartido con árboles y jardines.

Nadie sabía dar una referencia para ubicar la de Pugliese por parte de la gente que estaba allí llevando flores a sus seres queridos, que se tomaban a la entrada a diez pesos el ramo de una mesa que contenía una caja en la cual se depositaba el dinero.

Después de una recorrida de más de una hora mirando al piso, el cronista escribió unas líneas en un papel y dejó el ramo en el picaporte de la oficina de administración de la entrada con el pedido de que fueran llevadas a destino. Confiaba que al día siguiente un buen trabajador cumpliría con el reconocimiento a un digno político honrado hasta con la derrota que sufrió de hace veinte años.