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CARLOS SORIA, EMPEÑO QUE LA FURIA SE LLEVÓ

Los años en el Congreso de Carlos Soria son recordados aquí a la luz de su permanente vocación política y obsesión por ser gobernador de su provincia, Río Negro, hasta esa madrugada del 1º de enero cuando una bala en la cabeza le arrebató  los sueños.

Por Armando Vidal

Pobre Gringo, morir de un tiro en la cama, justo cuando debutaba como gobernador después de tanta lucha para conseguirlo. Frontal, brutal a veces y con el olfato del poder siempre orientado en dirección al viento, que para eso era peronista, Carlos Soria murió sin pensarlo.

Si en lo que terminó siendo el final, cuando era comienzo, hubiera aguantado más, ni su mujer de toda la vida, ni los cuatro hijos de ambos, ni el pueblo rionegrino lo hubiesen perdido. Si algo surgió de este trágico griego –dicho más por Sófocles hace 2500 años que por la Atenas actual- es la contrafigura que abraza al caído.

Y brinda su apoyo clave para superar el trance: su enemigo de otros tiempos, el senador Miguel Pichetto.

Voz aguardentosa, mucho más fasos que alcohol, sonrisa cálida, abrazo de compañero, entre mucho choques con las columnas por tener más motor que volante, Soria terminaría demostrando que, al final, había aprendido algo del buen tiempista.

Fue al sortear el obstáculo que significaba su relación con los Kirchner –primero con Cristina, luego con Néstor y finalmente con Cristina-, con lo cual pasó de la derrota en 2003 al triunfo electoral de 2011 por el anhelado cargo.

Por eso, antes de perder la vida en esa madrugada de festejos a las cuatro horas y minutos del primer día de 2012, había perdido la brújula. Una pena.

Al Congreso llegó en el 87 y se ganó un lugar en Diputados al lado del veloz José Luis Manzano, presidente del bloque justicialista de entonces.

Creció, se diferenció, apaleó verbalmente a los radicales, que comenzaban a estar para el cachetazo, y a travesó la era menemista sin lucir como alcahuete pero sin dejar de hacer los deberes.

No fue el verticalista César Arias, ni el eficiente Pichetto en tiempos de diputado sino casi -bueno, no tanto- el siempre callado y enigmático Víctor Sodero Nieva, el ahora titular del Tribunal Supremo de Justicia de Río Negro, al que la conmoción hizo hablar demasiado ese 1º fatal.

El único que ni merece ni ser nombrado en esta evocación es el ex desarrollista (¿desarrollista de qué?) Remo Constanzo, rionegrino, sentado en el banquillo de los acusados por corrupto en el escándalo de la Banelco.

Guste o no a los muchos y duros críticos de Soria, el otrora JP y según él JTP de los setenta, era un peronista de viejo estilo, con toques de modernidad.

Siempre con los pies dentro del plato pero con un ojo en los usos y costumbres de la época.

Podía apretar como cuando le salió al cruce al entonces juez Baltasar Garzón para que no se metiera en la investigación de hechos ocurridos en la Argentina durante la dictadura (peor en verdad le fue al valiente magistrado cuando quiso hacerlo con los hechos atroces de la guerra civil española) pero, al mismo tiempo, ser partidario de la cláusula de conciencia para los periodistas cuando los periodistas, en días de Menem, eran unos santos del periodismo independiente.

Soria, además, fue siempre muy habilidoso para ser el de siempre a la hora de hablar con ellos o, por lo menos, con algunos de ellos, en el Congreso.

También tuvo reacciones incalificables. Un día, a una joven cronista de una revista que negocia sus tapas en el Congreso, la tomó de un modo agresivo del brazo ante una pregunta que consideró una infantilidad y le espetó desconsiderado: “¿Por qué no se lo preguntás a ése que ustedes acaban de premiar?”,  alusión a un diputado socialista.

Fue presidente de la comisión de Asuntos Constitucionales y luego de la bicameral de seguimiento a la causa de la AMIA por el atentado a la mutual, en 1994.

También ocupó su espacio, después, en la bicameral sobre de lavado de dinero. Supo andar bien con Lilita Carrió y Cristina Kirchner cuando otros –o sea el resto de la colectividad parlamentaria- o andaba mal con una, o con la otra o bien con las dos al mismo tiempo.

El Gringo, no, minga de pelear con mujeres.

En ese turno su error fue creer en el juez Juan José Galeano, de vergonzosa tarea en la investigación del atentado, lo cual aparece en relación directa con un proyecto olvidado de Soria, que aprobó la Cámara de Diputados y escondió bajo siete llaves el Senado hasta hacerlo perder su estado parlamentario: la reglamentación de las tareas de las comisiones investigadoras del Congreso.

Su mentor, es el mismo que no tuvo reparos en compartir el pan con un ciudadano ejemplar de Bariloche, el ex asesino nazi, Erich Priebke.

Con la crisis y los incendios –primero, fundamentalmente, con el radical Fernando de la Rúa y luego con el peronista puntano Adolfo Rodriguez Saá-, Soria terminó siendo el titular de la SIDE en el gobierno transitorio de Eduardo Duhalde, quien en el 99 lo había rescatado y llevado de nuevo a Diputados en su condición de bonaerense de origen (había nacido en Bahía Blanca, en 1949).

Si en esa experiencia perdió la sonrisa, en especial por lo que se le atribuye en el trabajo de inteligencia que culminaría con los viles asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, los periodistas del Congreso no se enteraron porque cuando volvió la traía.

Traía también mucha bronca con los periodistas que, todavía, resultaban bien considerados en los sondeos públicos. Decía que tenía copia de los que cobraban de la SIDE. Si la lista existió, debe existir todavía.

Su clásico en la interna rionegrina fue con el senador y antes diputado Pichetto, bonaerense como él (nacido en Banfield) y radicado en Viedma, en el otro lado de la provincia porque el Gringo era hijo adoptivo del Alto Valle.

Mientras pelearon entre ellos, gobernaron los radicales, uno de ellos, Pablo Verani, muy allegado a Soria porque, ambos abogados, en algún momento fueron socios en el estudio.

En sus tiempos de diputado, la familia de Soria no era un tema de conversación a la hora de las charlas sin rumbo porque madre e hijos aparecían en una larga etapa de estrecha relación en la que el padre iba o venía de la provincia sin otra pasión conocida que no fuera la de la política.

No había chimentos ni rumores sobre su conducta privada, igual que pasa con la gran mayoría de los políticos que se asientan por unos días en la semana en la tentadora Buenos Aires.

Como jefe de los espías se le atribuyó un informe sobre los Kirchner que habría sido la razón de tanto enojo con él por parte de Néstor y Cristina.

Por lo que dejó su experiencia como intendente en dos períodos de General Roca, llegar a jefe de la provincia fue un mérito que sin duda le pertenece. La reunión con Cristina previa a su asunción fue un modo de poner las cosas en una nueva línea de partida.

Si su paso por Buenos Aires, incluyendo uno corto por La Plata, tuvo aristas filosas, la gestión como jefe comunal de la pujante General Roca probablemente las haya neutralizado. Iba por la tercera mano, la vencida, la de la gobernación, cuando un balazo de origen desquiciado transformó su sueño en una pesadilla eterna para sus deudos.

¿Podrá compensarlo la política como insinúa este arranque institucional de su querida Río Negro?