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ITAIPÚ: HAY UNA UNIÓN TERRESTRE CON URUGUAY

Infatigable luchador por la independencia de las aguas argentinas, que controla Brasil desde la represa de Itaipú, el ex diputado peronista misionero y ex subsecretario de Medio Ambiente de la Nación revela aquí lo que nadie observó: que ahora nuestro país está conectado por tierra con el Uruguay.

Por Héctor H. Dalmau

Juan Domingo Perón fue el primero que habló de Continentalismo. Lo hizo en los tiempos en que nuestro país gracias a sus primeros dos gobiernos (1946/52-1952/55) había alcanzado una hegemonía social y económica, además una fuerte penetración en toda América latina.

Poco antes del derrocamiento de Manuel Antonio Noriega, el ministro de Educación de Panamá me mostró en su casa el libro con el cual había estudiado: el recordado Upa. Y mientras lo hacía, hablaba de las revistas El Gráfico, Billiken, de las pastillas Stany, los caramelos Volpy y de las galletitas Criollitas, según él, insuperables.

Las cosas han cambiado tanto que, por el avance imparable del Brasil, al portugués lo hablan más personas que la suma de las restantes lenguas en esta América surera (castellano, guaraní, inglés, francés, holandés y lenguas de pueblos originarios).

Mucho se dice de los imperialismos que derrocaron a Perón en 1955, pero pocos incluyen al país de formación imperial ubicado encima de la Argentina y de sus aguas.

Brasil colaboró mucho para que la Argentina detuviera su crecimiento. Se detuvo cuando lo echaron a Perón, su conductor, cuando estaba en la plenitud de su capacidad intelectual y física.

Perón era un líder inteligente y determinante, tanto que logró que sus amigos fueran presidentes de Chile, Bolivia, Paraguay e incluso del mismo Brasil. Y todos, diría, al mismo tiempo: el tiempo de Perón.

Hombre, por lo tanto, transformado en blanco para sus enemigos, internos y externos. Obviamenge, los pensadores de las estrategias brasileñas no estaban en la lista de sus admiradores.

Si bien  Mario Travassos, Meira Mattos, Aceredo Da Silveyra, y fundamentalmente Golbery Do Couto e Silva, fueran contemporáneos de Perón, ellos no inventaron nada: prosiguieron las políticas de los Braganzas, desde el mismo Grito de Ipiranga que, se dice, diera Pedro I en 1822, al declarar la Independencia. Y todo lo que hiciera después hasta 1889 su hijo Pedro II . Los dos perfeccionaron y culminaron  la tarea iniciada por los bandeirantes, rechazados por los jesuitas y los guaraníes, en 1641 tras la batalla de Mbororé. También habían sido rechazados con las incursiones de Chagas, casi tres siglos antes.  Y entre 1811 y 1819, estuvieron frenados por la acción de un aborigen nacido, según se cree, en Santo Tomé (Corrientes) o Sao Borja (hoy Brasil, pero, en aquellos tiempos, parte de la tierra de las Misiones). Se llamó –lo llamaron- Andrés Guaçurarí, aquel Comandante Andresito, considerado un bandolero para la historia oficial. Un general improvisado, de un ejército harapiento, “profanador de costumbres, de culturas, y abolengos”, según el sacerdote Julián Zini, el Cura de los Esteros, quien lo reivindica como el salvador de la Mesopotamia norte. Que en efecto fue.

 * La resistencia de Rosas

Salvo el Restaurador de las leyes, Juan Manuel de Rosas y Perón, ningún gobernante argentino se percató de lo desventajoso de ser un país de aguas abajo, sobre todo si arriba hay una nación ancestralmente imperialista, con cinco veces más habitantes, que desde los tiempos del dominio portugués, que no respetó el Tratado de Tordesillas de 1494, se adueñó de las nacientes de los grandes ríos que colectan las aguas que forman el Río de La Plata.

Tanto Rosas como Perón hicieron lo suyo para intentar impedirlo. A ambos los carcomieron los enemigos de adentro.

Rosas por diez años dividió a Brasil al crear, con su apoyo a Bento Gonçalvez, la República Riograndense que abarcaba los tres estados sureños del Brasil limítrofes con la Argentina (Paraná, Santa Catarina y Río Grande Do Sul), y que se estuviera en permanente lucha con los imperiales desde 1835 hasta 1845.

Todo en armonía con la incursión naval anglo-francesa, que motivó la Batalla de la Vuelta de Obligado y la participación de 10 mil soldados del imperio brasileño en la batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, que significó la caída de Rosas.

Por su lado, cien años después, Perón planificó la represa hidroeléctrica de Libertad, con la conformidad de su amigo Alfredo Stroessner, a quien había ungido presidente.

Con la construcción de esa represa, ambos países hubieran podido controlar el río Paraná hasta el pie de los saltos del Guayrá (paraguayo-brasileños). De esa forma la Argentina se hubiera encontrado más protegida..

Esta fue una de las razones por las que los pensadores brasileños apoyaron el derrocamiento de Perón, Juancito Sosa, El indio que cambió la Historia, según el título del libro del estudioso Hipólito Barreiro, médico de joven al servicio del líder exiliado en España. E

l golpe contra Perón en 1955 significó la compartimentación geopolítica de la América del Sur, fundamental para el desarrollo de Brasil en desmedro de la Argentina al someterla a una total dependencia económica, hídrica y militar.

Este es el significado de la instalación de la represa de Itaipú pegada a la frontera con la Argentina y con la cual podría inundar todo el Litoral, el norte de la provincia de Buenos Aires y la mismísima Capital Federal con asiento de los tres poderes de la República. Todo, con la fuerza de un dedo en el teclado de la computadora que abre las compuertas de la represa, ubicada a 226 metros de altura con relación a Buenos Aires, a 1.200 kilómetros en línea recta a nivel cero.

Son 29.000 millones de metros cúbicos (toneladas de aguas-lodos) que penden sobre nuestras cabezas.

Los gobiernos argentinos no han sido capaces siquiera de denunciar el acuerdo por el manejo de los caudales de agua, al servicio de las necesidades del Brasil y a las condenas de inundaciones o sequías de nuestro país.

Denominado “Por Corpus e Itaipú”, el acuerdo fue firmado por los representantes de tres dictaduras militares en 1979.

No hay ningún otro acuerdo sobre el manejo de los caudales de los ríos Iguazú y Uruguay.

En treinta y cuatro años, el secado del Río de La Plata puede verificarse en la isla Martín García, que se ha juntado con la Timoteo Domínguez (Uruguay).

Así nació -sin que los grandes medios porteños dijeran una palabra-  el primer límite seco con la República Oriental del Uruguay. Tampoco los gobiernos argentinos.

Y después hablan de la Patria Grande.